A-calima

Despertar de aquella manera era prácticamente inmejorable. Nunca me habría imaginado que compartir la cama para algo que no fuera sexo pudiera ser tan agradable, y no me quedaba más remedio que admitir que me gustaba.

No podría decir que fuera totalmente inocente de aquella situación porque lo cierto es que, durante algún momento de la noche, le había arrinconado en una esquinita de la gigantesca cama y no le había dejado mucha elección o libertad de movimiento, pero también es cierto que yo no había sido la que le había pasado el brazo por encima de mi torso para que me abrazara por la espalda, eso había sido cosa suya y me encargaría de recordárselo cuando abriera el ojo y pusiera el grito en el cielo. De momento, mi intención era estar quieta disfrutando del contacto afrodisíaco de Marneus. La única pega que podía poner a nuestra postura es que no le veía la cara.

Desgraciadamente, aquello duró poco. No pasaron más de cinco minutos cuando él también se despertó, la respiración sobre mi nuca le delataba. Noté la ausencia del peso de su cabeza sobre la almohada y después cómo su mano desaparecía para reaparecer apartándome el pelo de la cara. ¿Estaría comprobando si dormía? Por si las moscas, me quedé imperturbable. Después de haberle pegado un par de bocados por despertarme, igual su buen juicio le indicaba que lo mejor era no molestarme. Estar un ratito más así sería el paraíso.

Sin pedirme permiso, comenzó a juguetear con mi pelo, dejando por el camino algunos roces involuntarios sobre la piel de mi brazo que conseguían erizarme cada poro.

Marneus.— Sé que estás despierta.

Acali.— No es verdad, no lo estoy.

Marneus.— No lo estás, pero incluso así me contestas.

Acali.— Por educación nada más, pero en realidad estoy en plena fase REM.

Marneus.— No me puedes engañar. ¿Sabías que tu temperatura corporal aumenta notablemente cuando estás activa y que desciende cuando duermes?

Acali.— ¿Tú qué eres? ¿Mitad dios, mitad termómetro?

Marneus.— Más o menos. Todos nosotros somos muy sensibles a los cambios de temperatura. Cada raza tiene sus virtudes y esa es una de las nuestras.

Acali.— Pues no me gusta. ¿Podrías desactivarla el tiempo que estés conmigo?

Marneus.— No, me resulta muy útil para conocer tu estado de ánimo y saber cuándo me intentas hacer trampas como ahora.

Acali.— Entre los lectores de auras y los de ánimos, no hay quien tenga de esa intimidad que tanto te gusta. ¿Qué cualidad tendrán las hembras Tierra?

Marneus.— Sólo ellas lo saben, son una raza muy hermética, pero si nos levantamos, a lo mejor lo descubrimos hoy.

Acali.— Un ratito más. Estoy demasiado a gusto como para moverme ahora mismo.

Marneus.— Sólo diez minutos.

Acali.— Me vale.

Me giré para tenerle de frente. Estaba guapísimo con el pelo revuelto de recién levantado. Le sonreí y me pegué un poco más a él. Estaba sorprendentemente relajado teniendo en cuenta nuestra proximidad, así pues, decidí estirar la goma un poco más; cerré los ojos y deposité un pequeño beso sobre su nuez. En respuesta, Marneus apartó el pelo de mi cara dejando todo mi rostro al descubierto. No sabía cómo leer aquel gesto, antes de conocerle nunca me lo habían hecho y tampoco se lo había visto hacer a nadie, pero era tan sumamente placentero que lo interpreté como una buena señal y una invitación para que continuara.

Al mismo tiempo que mi mano se deslizaba por debajo de su camiseta, y las yemas de mis dedos acariciaban la suave dermis de su espalda, me aventuré a subir poco a poco por su tráquea, rozando con mis labios de manera sutil su piel hasta llegar a la barbilla. El casi inapreciable gemido que se le escapó desde el fondo de la garganta, me animó a continuar. No había duda, disfrutaba de lo que le estaba haciendo tanto como yo, y eso me encantaba. Le acaricié con la nariz y después le dediqué un suave mordisquito en el pequeño hoyuelo que se marcaba en el centro de su mentón. A esas alturas, al darme cuenta de que nuestras bocas estaban tan próximas que se mezclaban nuestros alientos y aun así continuaba sin detenerme, mi temperatura corporal debía de estar rozando su punto de ebullición, y ahora sabía que él se estaba dando cuenta de ese detalle. Abrí los ojos para poder mirar así los suyos azules que a su vez, me observaban a mí con un tinte de excitación, curiosidad y… ¿miedo?

Marneus.— Se… será mejor que nos levantemos ya.

Sí, era miedo. Pero ¿por qué lo tenía?

Acali.— Si insistes…

Marneus.— Puedes quedarte un poco más si quieres mientras me aseo, pero después no podrás tirarte dos horas en la ducha.

Acali.— Si la compartes conmigo, me levanto ahora mismo.

Mi compañero se dio la vuelta y se incorporó sobre sus pies en el tiempo que dura un pestañeo.

Marneus.— Eso será mejor que tampoco lo hagamos. Ve desperezándote, hay que ponerse en marcha antes de que lo hagan ellas.

Y sin más, se metió en el baño.

Suspiré, pegué una patada a la sábana para quitármela de encima y me estiré en la cama poniendo los brazos en cruz para ver si el aire templado de la habitación conseguía enfriarme un poco. Algo complicado de conseguir ya que no había sido la temperatura ambiental la que me había dejado en aquel estado. El calor iba de dentro hacia fuera y airearme no era la mejor opción para lograr que se aplacara, sino la que estaba encerrada en el baño haciendo los dioses saben qué.

Dándome por vencida, me levanté de la cama y caminé hacia la puerta del balcón de la estancia. La brisa marina y el fresco matinal quizás me ayudaran a sosegarme y sobre todo a no pensar que a lo mejor Marneus estaba terminando él solo con el trabajo que yo había empezado. Tener esa imagen rondándome por la cabeza no ayudaba a volver a la normalidad, así que estaba dispuesta a probar cualquier cosa.

Pero algo pasaba y no estaba muy segura de lo que se trataba. Mis seis sentidos se pusieron en alerta máxima en milésimas de segundo, haciendo que diera un salto hacia atrás hasta caer sobre mis pies en el otro extremo de la habitación para ponerme a salvo. Nunca había visto ni oído hablar de algo así, pero podía oler el peligro. Como un autómata corrí hacia la mesilla de noche para coger mis sai y ponerme en guardia. No podía tratarse de un mal entendido, venían a por mí, únicamente a por mí. Seguramente me habrían detectado cuando volvíamos de la colonia de Tierra y no habían tardado en organizar un ataque.

Grité el nombre de mi compañero con la esperanza de que él pusiera fin a tan vil incursión. Jamás habría pensado que las criaturas de Agua fueran tan ruines para atacar mientras dormía, los tenía por seres con más honor.

Marneus salió del cuarto de baño apresuradamente únicamente con una toalla envolviendo sus caderas. La alarma de su mirada inquiría más que sus palabras, así pues, en respuesta de sus pesquisas señalé con la punta de uno de mis sai hacia la cristalera de la ventana.

Acali.— Nos atacan.

Instintivamente cogió su mortífera espada, caminó agazapado hacia el punto que había indicado y se asomó hacia el exterior.

Marneus.— ¿Dónde?

Acali.— Ahí.

Marneus.— No veo ni siento nada.

Acali.— Claro que no, son conciudadanos tuyos. Han debido de venir de Point Reyes.

Marneus.— ¿Cómo? ¿Dónde están?

Acali.— No lo sé, no los he visto a ellos directamente por culpa de ese denso vapor que han creado.

La expresión de Marneus pasó de la concentración a la de exasperación y de ahí a la relajación absoluta, y no entendía por qué.

Marneus.— ¿Todo esto es por el «denso vapor»?

Acali.— Sí. Habla con ellos y diles que todo está bien, que no estoy aquí para hacer daño a nadie.

Marneus apretó los labios para evitar que se le escapara una sonrisa, pero no sólo no lo consiguió, sino que finalmente soltó una risilla que me dieron ganas de patearle el trasero. Era fácil estar tranquilo cuando no es tu vida la que corre peligro.

Marneus.— Sólo es niebla, Acali. Estás a salvo.

Le miré frunciendo el ceño. ¿Niebla? No tenía ni remota idea de lo que era eso. Lo único que sabía es que el aire de ahí fuera se había cargado de agua en suspensión y eso no podía ser bueno.

Acali.— Entonces, ¿no nos están atacando?

Marneus.— No, para nada. Hay niebla porque la corriente de aire cálido del Pacífico se enfría rápidamente al tocar la brisa fría que se encuentra en este lado del continente.

Acali.— Seguro que vosotros sois los culpables de esa brisa fría.

Marneus.— Me has dado un susto de muerte, pelirroja.

Acali.— ¡Pues anda que el que me he dado yo!

Marneus.— No tienes por qué, es inofensiva.

Acali.— Inofensiva para ti.

Marneus agarró el pomo de la puerta del balcón y la abrió un par de centímetros. Después estiró el brazo hacia mí para ofrecerme su mano.

Marneus.— Déjame que te lo muestre.

Acali.— No pienso salir ahí ni loca.

Marneus.— ¿Eso quiere decir que piensas quedarte apalancada en el hotel hasta que termine la misión?

Acali.— Hasta que terminemos la misión, no. Únicamente hasta que se vaya la niebla.

Marneus.— Esta zona de Estados Unidos es muy propensa a este fenómeno, no podemos esperar cada día a que se disipe la bruma para ponernos a trabajar.

Acali.— Habla por ti, yo sí que puedo.

Marneus.— Sabes que podría obligarte si quisiera, ¿no?

Además de hacerme sentir como una tonta por haberlo puesto en guardia por nada, ahora encima se ponía chulito. Aún con mis sai en las manos me crucé de brazos, cambié el peso de pie y le miré de forma desafiante.

Acali.— Me gustaría ver cómo lo intentas.

Marneus.— Como quieras.

Giró la mano que me había ofrecido dejando la palma hacia arriba. En cuestión de milésimas de segundo, de ella comenzó a brotar una niebla incluso más espesa que la que nos acosaba desde la calle, invadiendo cada rincón poco a poco. El muy maldito… Si me quedaba callada y me mantenía en mis trece, pronto el interior de la habitación estaría peor que el exterior, lo que no me hacía ni pizca de gracia.

Acali.— ¡Está bien! Saldré, pero para ya de hacer eso.

Marneus.— Buena decisión.

Tal y como había aparecido, la bruma desapareció sin dejar rastro. Aunque jamás lo admitiría en voz alta, admiraba la versatilidad que tenía su elemento. El día anterior le había visto crear un puente de hielo, en el centro comercial había sido capaz de retener en el techo miles de litros de agua para que no me molestaran, deshidratación, golpes helados, niebla, ¿qué sería lo siguiente?

Marneus.— ¿Vamos?

Agitó la mano para hacer que centrara la atención en ella. Sabía lo que tenía que hacer, mover un pie y luego el otro, pero mi cuerpo se negaba a hacer caso a mi cabeza. Estaba bien saber que me funcionaba un poco el instinto de supervivencia, aunque en este caso podría haberse vuelto a dormir.

Al ver mi falta de reacción, Marneus dio los cuatro pasos que nos separaban, hizo que soltara los sai, me agarró la mano y me arrastró hacia la puerta del balcón. Una vez allí, sonrió y dio una gran zancada hacia fuera tensando nuestros brazos.

Marneus.— No pasará nada. No tengas miedo.

Pegó un tironcito de mí hasta que terminamos el uno frente al otro. Hubiera podido poner más resistencia, pero si estaba decidido a sacarme a aquella condenación blanca, mi resistencia poco o nada iba a conseguir. Me encogí de hombros intentando cubrir mis orejas y me agarré fuerte a su brazo. Él era capaz de hacer desaparecer la bruma, ergo era mejor tenerle cerca.

Marneus.— Acalima, si no abres los ojos, poco vas a ver.

Bueno, se me olvidaba decir que mis párpados superiores se habían soldado a los inferiores. Por eso de variar, le hice caso. Primero abrí uno, y al ver que no se derretía o se me caía, abrí el otro y esperé a que pasara algo, aunque no sabía el qué.

Marneus.— ¿Cómo te sientes?

Acali.— ¿Ya? ¿Esto es todo?

Marneus.— Deberías aprender a confiar en mí.

Lo solté y tras dedicarle una mueca, comencé a estudiar las reacciones de mi cuerpo. Estaba rodeada por micropartículas de un elemento que era la antítesis del mío, y salvo que notaba cómo me iba humedeciendo poco a poco, no me sentía muy diferente. No sé lo que esperaba, pero no era eso. El agua corriente, el río, el lago, la lluvia… Sabía que mi piel era inmune, pero aquello era distinto, porque lo estaba respirando introduciéndolo así en mi organismo.

Quería saber más de aquello, la curiosidad me mataba, así que chasqueé los dedos provocando una llama de unos veinte centímetros que hizo que la bruma se disipara a su alrededor. Después, bajo la atenta mirada de Marneus, cerré el puño para extinguir la pequeña pira y la bruma reapareció. Si era tan fácil de eliminar, no debía de ser muy peligrosa.

Acali.— Yo también sé hacer truquitos de magia.

Marneus.— Ya lo veo. ¿Sabes? Desde que era pequeño, la niebla es el fenómeno meteorológico que más me gusta.

Acali.— ¿De verdad?

Marneus.— ¿Tan raro te parece?

Acali.— De ti no me sorprende, eres un poco raro ya de por sí. ¿Por qué te gusta tanto? ¿No te pone un poco nervioso no ver bien?

Marneus.— Precisamente por eso, aunque justamente por lo contrario.

Acali.— Eso no tiene lógica.

Marneus.— Es cierto que no veo bien, pero los demás a mí tampoco. Eso me aporta intimidad.

Acali.— Ah, ya. La famosa intimidad.

Marneus.— A ti también debería gustarte. Después de todo, la niebla es en parte parecida a ti.

Creo que mi cara de escepticismo le hizo explicarse sin añadir nada más.

Marneus.— Cuando me dijiste por primera vez tu nombre completo, me pareció un poco irónico que a una criatura de Fuego le hubieran regalado un nombre que tiene que ver más con mi elemento que con el suyo.

Acali.— ¿Qué quieres decir?

Marneus.— La calima es un fenómeno meteorológico que se puede generar por muchas causas: cenizas en el aire, arena en suspensión… pero entre esas causas hay una que se produce por partículas de vapor de agua colmadas de sales de las aguas marinas, lo que es muy parecido a esto, aunque imagino que te lo pondrían por la ceniza en suspensión. Tú te llamas A-calima. Por cierto, ¿por qué pusieron la «A» delante?

Acali.— Porque mi madre pensó que ya que era defectuosa, necesitaba un nombre defectuoso.

Pero lo que no sabía hasta ese instante es que en el momento de nacer ya me odiara tanto como para asociar mi nombre de alguna manera con nuestro mayor enemigo. No me sorprendía, pero dolía un poco igualmente. Por eso yo era la única de mi especie con ese nombre, ni siquiera me consideraba una de los suyos. Qué estúpida.

Lo dejé allí y me volví a meter a la habitación. Si era cierto que mi temperatura corporal cambiaba según mi estado de ánimo, era mejor que no lo tocara si no quería achicharrarlo.

Marneus.— Acali, oye…

Afortunadamente en ese instante su teléfono comenzó a emitir un pitidito muy desagradable que hizo que se quedara parado observándolo a escaso medio metro de mí sin llegar a tocarme.

Marneus.— Se mueven. Vamos, hay que darse prisa.

Pues al final, ni dos horas, ni cinco minutos; no me dio tiempo a ducharme. Y si me vestí fue únicamente porque él también tenía que hacerlo, de haber estado vestido, me habría tocado salir con mi improvisado pijama.

Comenzamos una carrera a contrarreloj para alcanzar al coche que Marneus había marcado la tarde anterior, pero nos relajamos cuando por fin la baliza que seguíamos se detuvo en un punto de Santa Rosa. El rubio tenía razón, como siempre. Esa ciudad debía de ser el punto de abastecimiento del hormiguero.

Cuando entramos en la ciudad, no había lugar para las prisas, todo estaba lleno de semáforos, de humanos y de señales que hacían el avance mucho más lento al igual que pasó en cada ciudad que habíamos visitado, lo que me llevaba a la conclusión de que las normas de tráfico que me iba explicando Marneus por el camino eran una mierda. Convertían la diversión de conducir en algo tedioso y aburrido.

Acali.— Para aquí.

Marneus.— No lo veo.

Acali.— Pues deberían estar.

Marneus.— ¿Estás segura? No es un coche que pase desapercibido precisamente.

Acali.— Sí. Según esto, el coche tendría que estar ahí.

Señalé un edifico cuadrado de ladrillos con numerosas ventanas en la fachada.

Marneus.— A no ser que tenga un aparcamiento subterráneo, es complicado que hayan entrado por esa puerta.

Acali.— Eso o el cacharrito que les pusiste ayer está roto. O puede que se hayan dado cuenta de la trampa, lo hayan quitado y arrojado al interior del bloque por una de las ventanas.

Marneus.— Te encanta dar alternativas, ¿verdad?

Acali.— Hay que estar lista para todo.

Marneus.— Apelemos al sentido común. Lo más probable es que haya un parking.

Acali.— Y ¿a qué esperas para buscar la entrada?

Efectivamente. Marneus encontró una entrada con una cuesta hacia abajo en la calle paralela a la que nos encontrábamos.

Cuando íbamos a girar para meternos dentro, el coche que estábamos buscando salió justo girando la otra esquina del edificio. Sin decir nada, abortamos lo de introducirnos en el aparcamiento y perseguimos a las amazonas a una distancia más que prudencial, de hecho, ni siquiera las veíamos, el rastreador de Marneus estaba haciendo ese trabajo.

Nos sacaron del área urbana para redirigirnos hacia el noroeste. Jamás habíamos ido por ese camino, pero juraría por el paisaje que nos llevaban de nuevo hacia su madriguera. Íbamos directos hacia la falla otra vez, sólo que ahora más hacia el norte, a Salmon Creek.

A los pocos metros de entrar en el pueblo, giraron por un camino de tierra en dirección este y continuaron por él durante tres kilómetros. Después, el movimiento del cursor rojo se detuvo. Habían llegado a dónde fuera que se dirigieran, y nosotros lo hicimos dos minutos más tarde.

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