«Tomar prestado»

De todos los sitios que se me habían pasado por la cabeza a los que una amazona podría ir, un lugar como aquel no tenía cabida. Creo que la parte más sucia de mi mente se esperaba una mazmorra donde torturaban a los varones humanos a su antojo. Otra parte más sádica, se esperaba un centro de entrenamiento sanguinario con humanos empalados por rocas por doquier, pero no, lo que teníamos enfrente no era nada que se pareciera a esas dos cosas. Se trataba de una explanada cercada por una valla de cuatro metros de altura, en cuyas puntas nos saludaba un alambre enrollado con aristas afiladas como cuchillos y dentro de ella, se encontraban tres carpas blancas pegadas a la grieta y justo delante de ellas, un aparcamiento con cien vehículos aproximadamente.

Marneus.— Tenemos que entrar ahí.

Acali.— Creo que debemos seguir con las buenas costumbres e ir a la entrada.

Marneus.— Sí, a mí tampoco me convence tener que saltar la valla esta.

Acali.— No podemos negar que hay cosas que los humanos saben hacer bien.

Continuamos por el camino de arena un poco más hasta encontrar la entrada de la alambrada. Aunque la mantenían cerrada, la barra metálica blanca y roja que lo hacía, no era tan amenazante como el resto del cerramiento, de hecho, encontrar una puerta como aquella después de observar tanta seguridad resultaba un poco paradójico. Cuatro metros de altura de valla para al final sólo tener que agacharnos un poco era absurdo. Aunque para ser honesta, fuera quien fuera el que había ideado la brillante estrategia, no se había quedado ahí: justo delante de la barra, había una especie de garita con dos humanos armados. Ellos debían de ser los encargados de cubrir los metros de valla que le faltaban a esa parte.

Marneus condujo hasta detener el coche delante de la entrada y automáticamente uno de los cancerberos caminó con parsimonia hasta su ventanilla e indicó que la bajara.

Vigilante.— Buenos días, caballero. ¿Podría mostrarme su identificación?

Mientras mi compañero echaba mano a su cartera, buscando no sé el qué porque la identificación que nos pedía el humano parásito no existía, me puse a estudiar lo que nos rodeaba. En la alambrada, junto a la garita, colgaba un cartel con toda la pinta de oficial en el que rezaba la siguiente inscripción: «Departament of the interior U.S. Geological Survey: San Andreas Fault». A eso lo llamaba yo meterse en faena e implicarse. ¿Qué les quedaría por estudiar a las amazonas de algo de lo que ya sabían todo?

Marneus.— La he debido de dejar en el hotel.

Vigilante.— Para entrar tendrá que volver a por ella.

Marneus.— ¿No podría hacer una excepción hoy? Mañana la traeré para que pueda verla.

Vigilante.— No me permiten hacer excepciones. Si vuelven con la identificación no habrá problemas en dejarles pasar.

Marneus.— Venimos desde San Francisco. No es que esté demasiado lejos de aquí, pero entre ir y volver se nos echará la tarde encima.

Vigilante.— Será mejor que vuelvan mañana entonces. Lo lamento.

Marneus subió la ventanilla e hizo girar el coche de forma brusca para alejarse de allí y no se detuvo hasta llegar al pueblo.

Marneus.— Voy a llamar a Maree. Tal vez él podría conseguirnos una.

Acali.— ¿Quién es Maree?

Marneus.— Un embajador. Es el mismo compañero que nos consiguió el Maserati y los teléfonos. Él sabe que estamos aquí.

Acali.— ¿Y por qué no entramos directamente al recinto? Sólo son dos humanos, no nos costará deshacernos de ellos.

Marneus.— Porque no queremos llamar la atención, ¿recuerdas? Si desaparecen pondríamos en alerta a todo el mundo incluido a las hembras Tierra que están dentro.

Acali.— Es cierto, ¿y si robamos una?

Marneus.— Eres una cleptómana.

Acali.— De acuerdo, pues en vez de robarla, la tomamos prestada y ya se la haremos llegar cuando sea a su portador, ¿qué te parece?

Marneus.— Decir «tomar prestada» es lo mismo que decir robar pero maquillado, y lo sabes.

Acali.— Está bien. En el hipotético caso de que Maree nos lo pueda conseguir, podría tardar días y a no ser que te apetezca que nos tomemos unos días sabáticos, de lo que yo estaría encantada, no creo que quieras esperar tanto.

Marneus.— Tienes razón.

Acali.— Como siempre.

Marneus.— ¿Qué propones?

Acali.— Esperamos a que salga alguien del perímetro, lo seguimos y cuando pare, se la quitamos. Para aliviar un poco tu moral, me presento voluntaria para hacerlo.

Marneus.— No, lo haré yo.

Acali.— ¿Me quieres dejar que haga algo? Será coser y cantar. Además, no tengo intención de incinerar a nadie, si es eso lo que te preocupa.

Marneus.— Está bien…

Volvimos sobre nuestros pasos hasta poder hacer contacto visual con la alambrada y esperamos impacientes a que alguien saliera del recinto. Parecía que aquel sitio hubiera engullido a todo ser que hubiera entrado porque estuvimos aguardando durante tantas horas que me quedé dormida hasta que por fin escuché el ronroneo del motor del coche al arrancar.

Acali.— ¿Ya?

Marneus.— Lo de vigilar no es lo tuyo, ¿verdad?

Acali.— Prefiero la acción. Además, se me ha acabado la batería del teléfono y a ti parece que te ha comido la lengua el gato.

Marneus.— Si quieres podemos hablar de lo que ha pasado esta mañana.

Acali.— ¿De que te da miedo que te acaricie?

Marneus.— No, de que te metieras en la habitación con cara mustia. ¿Dije algo que te ofendiera?

Acali.— Prefiero hablar de lo otro. ¿Sabes?, estás muy sexi cuando te pones en plan esquivo.

Marneus.— No tengo miedo a que me toques Acalima. Es sólo que no debes ser tú quien lo haga. Ahora, ¿podemos hablar de lo que yo he sugerido?

Acali.— No me convence nada esa respuesta, así que no.

Marneus.— Que no te convenza no quiere decir que no sea lo que ocurre en realidad. No voy a dar una respuesta falsa únicamente para verificar tus estrafalarias ideas y que te quedes satisfecha.

Acali.— En eso estamos de acuerdo. No tienes que mentir para que me quede a gusto, pero es que lo que me has dicho es una falacia que no te la crees ni tú. Y con respecto a lo de estrafalarias, mis ideas de eso no tienen ni un poco. Tomo nota, lo analizo, después monto el puzle y saco conclusiones.

Marneus.— Pues tus conclusiones están equivocadas.

Acali.— ¿Qué sabrás tú de mis conclusiones si ni siquiera te las he dicho?

Marneus.— No hace falta. Puedo oír cómo suenan los engranajes de tu cabecita y todas llegan al mismo fin.

Acali.— A ver si vas a ser tú el de las ideas raras.

Marneus.— Lo dudo.

Acali.— ¿Estaba errada cuando he pensado que te habían entrado las prisas por ponerte a trabajar esta mañana?

Marneus.— Sí.

Acali.— ¿Entonces ha sido porque te estabas haciendo pis?

Marneus.— Sí, quiero decir, no.

Acali.— Lo entiendo, cuando la naturaleza llama…

Marneus.— Quiero decir que no estabas en un error. Quería empezar a trabajar cuanto antes.

Acali.— Marneus, te he pillado, no lo niegues. Ibas a decir que estaba equivocada a cualquier cosa que dijera.

Marneus.— Es que no esperaba tanta sensatez.

Acali.— Gracias.

Marneus.— Ahora que ya lo sabes, ¿podemos hablar de ti?

Acali.— ¡Anda, mira! Está parando en la tienda esa. Una auténtica lástima que se quede pendiente la conversación.

Marneus.— Podemos esperar a que salga.

Acali.— No, no, qué va. Ahora es a mí a la que le han entrado las prisas.

No le di tiempo para que me intentara convencer. Según detuvo el coche junto al que habíamos estado siguiendo, abrí la puerta, salté hacia fuera dejando a Marneus con la palabra en la boca y me dirigí hacia el hombre que se acababa de meter en el pequeño ultramarinos.

Había llegado la hora de sacar a la luz mis dotes de seducción, los que últimamente parecían un poco oxidados. Ojalá me hubiera puesto una ropa más adecuada para la causa, aunque dudaba mucho que existiera alguien que luciera la sencilla camiseta que llevaba puesta mejor que yo, pero no hubiera estado mal ponerme algo que me favoreciera más. Me estiré, levanté la barbilla, me peiné la melena con los dedos echando una mirada pícara hacia el ocupante que se había quedado en el coche y entré en la tienda.

El comercio era pequeño, así que no me costó localizar al individuo que iba a desvalijar entretenido en la sección de prensa. Caminé hacia él de manera distraída mientras fingía examinar los organizados estantes de la tiendecita. Mi víctima estaba inmersa en la lectura de Science Aaas lo que me lo ponía más difícil para llamar su atención, pero los retos siempre me habían gustado.

Esperé impaciente muy cerca de él a que terminara de hojearla y que llegara mi oportunidad para tener un encuentro casual. Los humanos eran tan lentos leyendo que me sorprendía que gastaran tanta energía y tiempo haciéndolo, era un poco desesperante. Finalmente, sin apartar la vista de la revista, se giró provocando que su cesta de la compra chocara con mi brazo.

Acali.— ¡Ay!

M. Wedder.— Lo sient…

Lo inspeccioné de arriba abajo rápidamente mientras el pobre me observaba embobado con los ojos cargados con una mezcla de susto y deseo. Llevaba una tarjeta enganchada al bolsillo de la camisa con el mismo imagotipo que había visto en el cartel de la alambrada, y justo debajo de este, un nombre.

Acali.— ¿Michael? ¿Michael Wedder?

M. Wedder.— Sí…

Acali.— ¡No me puedo creer que seas tú! ¡Michael Wedder! ¿Te acuerdas de mí? Soy Sandy Olsson.

M. Wedder.— Eeeee…

Acali.— Del instituto de…

M. Wedder.— Florida.

Acali.— ¡Sí! Del instituto de Florida. ¡Qué alegría! Jamás pensé que volvería a verte. Ha debido de ser el destino, ¿no te parece?

M. Wedder.— Eeeee…

Acali.— Oh… No me recuerdas.

M. Wedder.— Lo siento. Me cuesta creer que haya olvidado a una mujer como tú.

Le dediqué una sonrisa revienta braguetas mientras rodeaba su brazo y hacía que avanzara por el pasillo de la prensa hacia el de snacks.

Acali.— En realidad no me extraña, yo iba dos cursos por detrás de ti. Durante esos años, ¿qué chico de último curso se fijaría en una niña?

M. Wedder.— Supongo que tienes razón.

Acali.— El quarterback siempre se fija en la jefa de las animadoras.

M. Wedder.— ¿El quarterback? Creo que me has confundido.

Vaya, me pasé de lista.

Acali.— Eso nunca. Tú eras el quarterback de la ciencia. Nunca podría confundirte. Puede que tú no te fijaras en mí, pero yo por aquella época no podía dejar de hacerlo en ti. Qué tiempos aquellos…

M. Wedder.— ¿En… en… en serio?

Pobre, casi me daba hasta lástima. Me sentía tan culpable que giré la cabeza para evitar mirarle a los ojos, o puede que fuera para ocultarle la sonrisa perversa que pugnaba por escaparse de mis labios. Disimulando, estiré el brazo y cogí una caja en la que ponía Krispy Kreme Doughnuts y la eché a su cesta.

Acali.— ¿Bromeas? Claro que lo digo en serio. Llegué de Australia buscando a un amor de verano que tuve ese año y tras llevarme la decepción más grande de mi vida, allí estabas tú, tan inteligente, tan guapo, tan increíblemente sexi. Era inevitable que me fijara en ti.

A mi nuevo amigo Michael Wedder le asaltaron los colores y se le escurrió una risilla nerviosa con mirada a sus pies incluida.

Acali.— ¿No me crees?

M. Wedder.— Bueno, que una mujer como tú me diga esas cosas no me suele ocurrir a menudo.

Acali.— Eres muy modesto.

M. Wedder.— ¿Llegamos a hablar alguna vez?

Acali.— Sí, claro. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer mismo. En realidad, fue el día que te vi por primera vez. Estaba en las gradas muy deprimida porque el chico por el que convencí a mi madre para ir a Florida, estaba más interesado en coches y en bailar sincronizadamente con los amigos que en mí, y además, no encajaba con mi nuevo grupo de compañeras: The Pink Ladies. Imagina mi desasosiego cuando se presentó ante mí aquel panorama.

Michael Wedder frunció un poco el ceño mientras seguía mi relato con atención. Tal vez me estaba pasando un poco de la raya, pero en lugar de callarme, agarré unos vasos de café envasado y los eché a la cesta antes de continuar con mi historia con una tímida sonrisa.

Acali.— Y entonces llegaste tú, te acercaste a mí, me diste un pañuelo y me preguntaste qué me pasaba. Por aquel entonces no resultaba nada llamativa…

Si se tragaba esa bola es que era completamente estúpido. ¿Yo, no resultar llamativa?

Acali.— Así que agradecí mucho el gesto. Fuiste mi héroe.

M. Wedder.— ¿Y me contaste los problemas que tenías con tu novio? Quizás te podría haber ayudado.

Acali.— Me da mucha vergüenza admitirlo, pero me impresionaste tanto que lo que me salió fue más bien un balbuceo sin sentido. Creo que por esa reacción tan tonta nunca más te volviste a fijar en mí. ¿Recuerdas lo de las gradas?

M. Wedder.— Ahora que me lo cuentas así, me suena un poco. Pero por aquel entonces no eras pelirroja, ¿verdad? Eras rubia con melenita, ¿no?

Tomar prestada la identidad de Sandy Olsson era una cosa, pero adoptar también su peinado era ir demasiado lejos, además, ¿yo, rubia? Por los dioses… Eso era una broma de mal gusto.

Acali.— Sí, sí que era pelirroja.

M. Wedder.— Discúlpame. En el último año de instituto tomaba pastillas de cafeína para estudiar y hay algunas cosas que tengo un poco borrosas. Ojalá no hubiera estado tan preocupado por mis notas y me hubiera fijado en ti.

Acali.— ¡Ojalá! De haber sido así, me hubiera costado menos dejar plantado en el coche a Marneus Zuko.

Me volví hacia las estanterías y cogí dos botellas de agua mineral que, antes de meter en su cesta, agité feliz a los lados de mi rostro.

Acali.— Creo que hubiéramos hecho una bonita pareja, ¿no crees?

Aprovechando la oportunidad que me daba mi comentario, apoyé las manos sobre su pecho y tomé prestada la tarjetita que me había ayudado a conocer anteriormente su nombre. Desgraciadamente para él, en sus ojos brilló un destello de esperanza ante mi seductor gesto. Estaba prácticamente convencida de que si miraba hacia abajo también vería cómo brillaba otra cosa, pero como mi intención no era ser cruel, deshice el contacto, volví a rodear su brazo y lo conduje hacia la caja ayudándolo a poner la cesta de la compra sobre el mostrador donde el dependiente estaba preparado con la caja registradora. Mientras este hacía su trabajo e iba pasando los artículos y metiéndolos en una bolsa de papel, continué charlando un poco más con mi viejo compañero de instituto.

Acali.— Sigues tan atractivo como siempre, Michael Wedder.

El dependiente miró a mi interlocutor, después dirigió hacia mí su estudio y a continuación nuevamente a él. Cualquiera diría que había algo que no le encajaba.

M. Wedder.— A lo mejor… te gustaría quedar un día a tomar un café o un té. No sé, si quieres o no tienes mucho que hacer… A lo mejor te gustaría que nos pusiéramos al día, o a lo mejor, no sé… algo.

Acali.— Me encantaría, ¿te vendría bien mañana? Sólo estoy de paso por California, tengo que hacer unas cuantas cosas y volveré a Australia.

Cajero.— Son dieciséis con cincuenta y tres dólares.

M. Wedder.— ¿De verdad te gustaría quedar conmigo?

Acali.— Por supuesto que sí. Podremos hablar del instituto, del baile de fin de curso y ponernos al día.

M. Wedder.— Sería fantástico.

Acali.— Y si hay química, a lo mejor te apetecería hacer algo más que hablar.

Cajero.— Señor, son dieciséis dólares con cincuenta y tres.

Michael se había quedado mudo y paralizado mirándome con la cartera abierta en la mano. De dentro, pude observar que guardaba más tarjetas con su nombre, así que aproveché su catatonia transitoria para palpar la cartera y sustraerlas mientras me inclinaba sobre su oído para dejarle claro mis intenciones, aunque no había que ser muy inteligente para saber con certeza que sabía a la perfección a lo que me refería.

Acali.— Porque ahora sí te has fijado en mí, ¿no? Nos lo vamos a pasar de maravilla mañana.

Cajero.— Señor, oiga, ¿va a pagar esto o no?

Acali.— Será mejor que pagues, Michael Wedder.

M. Wedder.— ¡Ah, sí! Disculpe.

Muy obediente, sacó un billete de veinte dólares de la cartera y pagó al empleado del ultramarinos. Tras esto, acarreé la bolsa y le sonreí.

Acali.— Mañana a las diez en punto frente al ayuntamiento de Santa Rosa. No me falles, Michael Wedder.

Después de ver cómo asentía de manera compulsiva y me decía adiós con la mano y la boca abierta, salí de la tienda y me dirigí hacia el coche azul y hacia la cara de impaciencia de mi compañero.

Marneus.— Estaba pensando que te habías perdido ahí dentro.

Acali.— Cuánta impaciencia.

Dejé la bolsa en los asientos traseros del coche y me acomodé en el mío.

Marneus.— ¿Ya has vuelto a robar comida?

Acali.— Técnicamente hablando, no.

Marneus.— Ah, claro, «técnicamente».

Acali.— Qué no. A nuestro nuevo amigo le apetecía invitarnos a comer algo, ¿a que es todo un detalle por su parte? Ha pagado todo esto de forma legal. Y ahora, a lo que nos interesa. Mira, nos ha prestado todas estas tarjetas para que elijamos.

Del bolsillo del pantalón saqué las cuatro tarjetas que le había quitado con la confianza de que él supiera cuál era la que necesitábamos.

Marneus.— Le has desplumado del todo, ¿no?

Acali.— Estaba indecisa.

Marneus.— El permiso de conducir, American Express, Biblioteca de Tampa… Acalima…

Acali.— ¡Elije de una vez!

Marneus.— Es esta.

Maldita sea, tenía que ser precisamente la que llevaba en la pechera. Al final, había metido mano en su cartera para nada.

El ojizarco sacó la mano por la ventanilla, y dejó caer las que no nos servían junto a la puerta del piloto del coche de Michael Wedder y se puso en marcha.

Acali.— ¿No volvemos a la instalación de la USGS?

Marneus.— No, sería sospechoso. Esta tarde tenemos que ir a hacer unas compras que nos ayuden a solucionar el pequeño problema de la foto de la identificación, pero mañana tendremos que llegar antes de que lo haga el tal Michael.

Acali.— Bah, no te preocupes por eso. Michael Wedder tiene una cita mañana a las diez en Santa Rosa a la que no faltará.

Marneus.— ¿Y tú cómo sabes…? ¿Cómo has conseguido la identificación?

Acali.— Bueno… Digamos que mi afición al cine ha servido para algo más que para el entretenimiento. ¿Has visto alguna vez Grease, Marneus? Qué gran película, pequeño T-Birds.

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