Concilio

llegó.

Llegó ese día en el que la ciencia del ser humano no encontraba una explicación racional a lo que estaba ocurriendo.

El planeta Tierra, ese gran orbe azulado con pinceladas verdes y marrones, parecía estar llegando a su fin. Los desastres naturales se sucedían sin cesar. Las grandes catástrofes estaban consiguiendo hundir economías, diezmar a la población, hacer cundir el pánico a todo aquel que tenía la mala fortuna de estar viviendo en estos tiempos aciagos sin poder hacer nada por evitarlo, porque la naturaleza en su estado más salvaje y violento es incontrolable.

No sólo el cinturón de fuego había aumentado su actividad: la Falla de San Andrés prácticamente se había resquebrajado por completo, el Valle de Rift se había dividido convirtiendo África en dos continentes y dejando aparecer el principio de un nuevo océano, el Himalaya estaba emergiendo a la misma velocidad en la que lo hizo en el cretácico, y así, innumerables casos más…

Era como si en una tranquila balsa de agua cubierta por trozos de poliespán, alguien sin aviso, hubiera tirado una enorme piedra consiguiendo perturbar todo el orden natural con una ira sin precedentes ni control, dejando tras de sí una estela de caos y destrucción.

Pero como todo en esta vida, tiene una explicación. Sólo hay que buscar en el lugar oportuno o en los seres correctos. ¿Y si todo en lo que creemos fuera una mentira? ¿Y si todo lo que creemos saber formara parte de un plan para esconder un gran secreto?

Ígnea.— No creo que esto sea necesario.

Allen.— Sobre todo porque lo que está ocurriendo en cierto modo te beneficia a ti, ¿no es así?

Ígnea se carcajeó sin dedicar ni un simple vistazo al dios Agua, mientras sus homólogos de Aire y Tierra los observaban sin sorpresa, aquella actitud por parte de la reina no era algo nuevo.

La enemistad entre los elementos era algo que se había extendido durante generaciones a lo largo de los tiempos. La coexistencia de los cuatro era una necesidad para que la vida pudiera existir y el mundo no se derrumbara por todos sus flancos. Una obligada tolerancia que era posible gracias al escaso contacto que había entre ellos y al meticuloso control que se regía cuando estos encuentros se producían. Pero este antagonismo era más acuciado aun entre Agua y Fuego. Dos culturas con valores y formas de vida completamente opuestas.

Ígnea.— No voy a discutir contigo sobre eso. Esta vez la responsabilidad de lo que está pasando no es mía. Pero si te vas a sentir mejor escupiendo falsas acusaciones, adelante, esta mañana no me he limpiado los oídos.

Allen.— Tan maleducada como de costumbre. Debes de estar disfrutando mucho con esto.

Ígnea.— No tanto como imaginas. Estaría mejor si no me hicierais perder el tiempo con reuniones absurdas.

Allen.— ¿Absurdas? ¿Cómo te atreves a decir algo así, insensata?

Aelo se cubrió los ojos con una mano. No llevaban ni dos minutos en el concilio y ya había empezado el lanzamiento de puñales dialécticos. El dios Aire era sin lugar a duda, el único que por su naturaleza podía hacer las funciones de moderador, ya que su elemento convivía en armonía con todos ellos. Así pues, conocedor de este detalle, decidió ejercer como tal y sosegar los ánimos antes de que las afrentas llegaran a monopolizar toda la conversación. Infortunadamente, raras veces lo conseguía, pero tenía la fe de lograrlo, al fin y al cabo lo que estaba ocurriendo era de extrema gravedad. 

Aelo.— Estas discusiones no van a solucionar el problema que tenemos encima. Hemos estado posponiendo este encuentro durante demasiado tiempo y no puede esperar más. Será mejor que comencemos con lo que nos interesa sin más tardanza y en paz. Dejad vuestras diferencias a un lado.

Ígnea.— Tienes razón, querido. Veamos de una vez qué está haciendo la frígida de Atai con el mundo.

La diosa Tierra se envaró y se puso en alerta dejando pasar por alto el insulto de Ígnea. Sus ojos verdes refulgían como el brillo de las esmeraldas, resaltados aún más si cabe por esa piel achocolatada que era signo de su raza.

Atai.— Si todo este circo es por nosotras, en verdad estamos perdiendo el tiempo. No hemos hecho nada.

Allen.— Si eso es cierto, ¿cómo explicas lo que está sucediendo en el Edén? Los humanos están muriendo a causa de los terremotos y sus consecuencias ¿Tienes idea de las catástrofes que has causado desde el último cambio de guardia?

Atai.— Conozco las calamidades que han pasado en los últimos diecinueve años, pero me insultas al insinuar que soy yo quien las provoca. No sé qué está pasando, pero yo no he mandado realizarlas. Señala con tu dedo acusador hacia otra parte.

Aelo.— Entonces, si estás al tanto de las circunstancias, supongo que tendrás alguna hipótesis que argumente lo que ocurre.

Atai.— Por supuesto, Aelo. Creo que es un cambio de ciclo.

Allen.— ¡Un cambio de ciclo! Eso es absurdo.

Aelo.— Escuchémosla, Allen.

Atai.— Hace mucho que gobiernas, rey Agua. la naturaleza está hablando sin que nadie la incite. Es el final de vuestro tiempo. Está llegando el nuestro.

Allen.— Si ha durado tanto tiempo es porque vuestros elementos no dejan sitio para la vida. Los ancestros de Ígnea no dejaron lugar ni para las bacterias, y los tuyos acabaron con casi todas las especies que existían.

Atai.— Quizás ha llegado el momento de repoblar el Edén con otros seres que soporten las variaciones que atañen el cambio de ciclo. Una nueva evolución. Los humanos están acabando con todos los recursos, no es ningún disparate que la naturaleza acabe con ellos como ha hecho con otros seres que han vivido antes.

Ígnea.— ¿Sabéis? Me pregunto qué haría Atai sin los humanos. Tendría que volver a dejarse follar por los lagartos. Permitamos que esto siga su curso. Me gustaría ver en qué monstruitos se convierten sus siguientes generaciones. De esta forma no tendrás que volver a preocuparte de que seduzca a tu campeón, Atai. Lo tendrás para ti solita.

La risa de la diosa Fuego retumbó en la enorme sala abovedada imaginando dicha escena.

Atai.— Puede que Allen tolere tus desplantes, pero yo no lo voy a hacer, reina de las putas. Todo tu elemento es débil y rastrero, pero tú eres la peor de todos.

Ígnea.— Vamos, basta, basta, hermana. Siempre terminas recurriendo a los insultos. Yo sólo pongo los pensamientos de todos los que estamos aquí en voz alta. Sólo son observaciones.

Atai.— Llamarte puta no es un insulto, es un hecho.

Ígnea.— No le hagáis caso, queridos. Aún sigue molesta por el incidente.

Atai.— ¿Incidente? ¡Asaltaste mis fronteras a hurtadillas para estropear a mi portador de semen!

Ígnea.— Bla, bla, bla… Tu resquemor se debe a que yo no tuve que obligarle a que me tomara. Lo hizo sin pedírselo, con sumo gusto y lo disfrutó muchísimo. Claro que conociéndonos a ambas, nadie podría culparle. Bien es cierto que los pobres machos humanos no son muy listos, pero nada se les puede reprochar sobre su buen gusto. Sin ir más lejos, a vosotras os ocurre lo mismo: vuestro don no es precisamente la inteligencia, pero elegís bien a vuestros sementales. Tanta mezcla genética es lo que tiene, al final heredáis sin querer sus deficiencias y virtudes, lo malo, es que de estas últimas tienen poquitas.

Atai.— ¿Cómo te atreves? ¡Insolente!

Atai se levantó de su trono de piedra completamente enfurecida. Se trataba de un ser que podría intimidar a cualquiera con sus dos metros de estatura, su porte regio y su torso desnudo cubierto únicamente por collares de oro que iban desde el cuello hasta sus pechos con una esmeralda en el medio.

La raza de las nacidas bajo el elemento de Tierra eran auténticas amazonas. Guerreras feroces y violentas que no daban margen para cometer errores ni a las de su propia especie. Criaturas sanguinarias a las que no les temblaba la mano para hacer cumplir sus leyes. Carentes de sonrisa y empatía. Mujeres frías y sin escrúpulos que no dudaban en usar la fuerza para conseguir un fin.

Sin embargo, y a pesar de conocer a la perfección cuales podían ser las consecuencias de sus alusiones y mofas, Ígnea no se inmutó ante el arrebato colérico de la diosa Tierra. Justo al contrario de lo que podía dictar el sentido común de cualquier ser viviente, se acomodó aún más en su trono con un ronroneo felino, observándola con una ancha sonrisa, realmente divertida.

Aelo.— Cálmate, Atai. No merece la pena enfadarse por algo que pasó hace más de veintiocho años.

Ígnea.— Déjala, Aelo. Me gustaría ver qué es lo que pretende hacerme.

Atai.— ¡Quita esa sonrisa de suficiencia, reina de las putas! Algún día pagarás por lo que hiciste. Te recuerdo que sólo nos separa una frontera.

Ígnea.— Una frontera que no puedes traspasar.

Allen.— Siéntate y tratemos lo que nos atañe en este concilio. Aunque intente ocultarlo, hasta nuestros oídos ha llegado que Ígnea ya obtuvo el castigo que merecía por su insulto.

Ígnea fulminó a Allen con la mirada. No le gustaba que nadie le recordara cuál fue el infortunado resultado de su escarceo sexual con el campeón humano de Atai, o de su «portador de semen», como las hembras Tierra les llamaban dentro de su mundo.

Atai.— No voy a tratar nada de esto con vosotros. Todas las acusaciones son falsas, pero no me sorprende, nada bueno se puede esperar de unos seres tan simples como vosotros. El fin del gobierno del hombre está cerca, es mejor que vayas mentalizándote, Allen. Tu tiempo está expirando.

Ígnea.— No puedo decir que eso me parezca mal.

Atai.— Y cuando yo reine, extinguiré tus llamas para siempre.

Ígnea.— ¡Oh, vaya! Ya lo ha estropeado. Hay que saber cuándo cerrar la boca, Atai. Y tú más que nadie deberías dominar ese arte. Ya me entiendes: en boca cerrada no entran pollas.

Los ojos de la diosa Tierra fulguraron mientras golpeaba con su cayado las losas de mármol blanco que cubrían el suelo del Gran Salón de los Elementos. El enfado se hizo notar en las paredes y en el techo abovedado de la sala, el cual, tras el temblor que ocasionó el golpe, dejó escapar un fino polvo blanco.

Ígnea.— ¡Uff, qué miedo!

Atai se dio la vuelta y se encaminó hacia la Puerta Elemental que se abrió convirtiéndose en una pared de humo para dejarle paso hacia su reino. Mientras Ígnea se despedía de ella con un sugerente movimiento de dedos y lanzando un beso al aire a modo de burla. 

Allen.— ¿Todo este espectáculo era necesario, Ígnea?

Ígnea.— No me juzgues, Allen. Al contrario de lo que me pasa con vosotros, los tempanitos, no tengo nada en contra de su raza, pero esa mujer saca lo mejor que llevo dentro, ¿qué quieres que haga? no lo puedo evitar.

Aelo.— Las circunstancias no son las mejores para incrementar nuestras divisiones. No estamos ejerciendo correctamente nuestra función y hay que buscar soluciones en vez de generar nuevas tensiones.

Ígnea.— ¿Ejerciendo correctamente nuestra función? Aaaah… Todo ese rollo del equilibrio.

Allen.— No desdeñes tus obligaciones. Quien te ha puesto en ese trono, te puede quitar.

Ígnea.— Si yo fuera tú, estaría más preocupado por dónde sientas tu culo. Al fin y al cabo, tú eres el que ostenta el poder ahora y sin embargo, todo está… ¿fuera de control?

Aelo alzó los brazos poniendo fin al cada vez más intenso intercambio de peroratas.

Aelo.— Allen tiene razón, Ígnea. Todo está descompensándose y no podemos quedarnos parados esperando a ver qué ocurre. Hay que hacer algo al respecto.

Ígnea.— Está bien. Yo sugiero cruzar esa puerta con un ejército y derrocar a la frígida. Está claro que es la responsable de tanto movimiento de tierra. Como dicen los humanos: muerto el perro se acabó la rabia.

Aelo.— La guerra no es una posible respuesta. El equilibrio depende de todos nosotros.

Ígnea.— Siempre tan ecuánime, Aelo. Debe de ser agotador ser tan bueno.

Allen.— Deberíamos enviar a alguien a investigar qué está pasando realmente en el Edén. 

Ígnea.— Para eso ya están los emisarios, para controlar que todos sigan las normas. Es innecesario enviar más de los nuestros a aburrirse arriba.

Allen.— No hablo de cónsules. Hablo de la guardia, alguien que pueda entrar y salir sin pases. Alguien que sólo observe y nos diga lo que está pasando. No podemos seguir haciendo suposiciones hasta que sea demasiado tarde. 

Aelo.— No es mala idea. ¿Qué opinas, Ígnea? 

La diosa Fuego se dio la vuelta en su asiento dándoles la espalda y sacudió la mano en respuesta vaga para demostrar que le daba lo mismo lo que hicieran.

Allen.— Mis hijos podrían subir y decirnos…

Ígnea se levantó de golpe y avanzó hacia el dios Agua con la indignación pintada en su rostro. Sus ojos echaban chispas doradas por una ira apenas contenida.

Ígnea.—  Si crees que voy a consentir que los dos principitos suban para que hagan y deshagan a su voluntad, es que te has debido de volver loco durante los maravillosos años en los que no nos hemos visto. No lo voy a permitir. 

Allen.— Mis hijos conocen todo lo que se debe saber del Edén: sus costumbres, sus idiomas, su historia… Están preparados para estar allí.

Ígnea.— ¡He dicho que no!

La voz grave y profunda de la diosa retumbó en toda la sala y tras esto, se dio la vuelta siguiendo los pasos que anteriormente dio la reina Tierra hacia la Puerta Elemental, pero la voz de Aelo hizo que se detuviera a mitad de camino. 

Aelo.— No te marches, Ígnea. Seguro que podemos llegar a un punto intermedio. Algo habrá que nos agrade a los tres.

La diosa, visiblemente más apaciguada, se volvió y caminó hacia Aelo hasta sentarse en su regazo. Acarició el mentón del dios y fue bajando por el torso con un dedo. Después, apartó la transparente gasa roja que la cubría y comenzó a acariciarse el muslo de manera sugerente.

Ígnea.— Si queréis que acepte que suba la guardia, tendrán que ser de los míos. Mis hombres también están instruidos para estar allí sin llamar la atención y para algunas otras cosas más… placenteras. No creas que tu gente es la única que está preparada, Allen.

Ígnea se inclinó sobre Aelo y acarició sus labios con la punta de su lengua. Como si ese beso se tratara de un hechizo, el dios Aire asintió dando su conformidad.

Ígnea.— Oh… Buen chico.

Allen.— No.

Allen se levantó de su trono. Era la primera vez que se veía obligado a hacerlo en una asamblea desde que heredó el mando. Encerró el brazo de Ígnea y de un tirón la puso de pie dejando fuera de su alcance a Aelo.

Allen.— Viendo cómo te las gastas, no pienso dejar un asunto tan delicado en tus manos; saldríamos todos calcinados. Todas estas artimañas y engaños… No permitas que te embauque, Aelo.

Ígnea.— Auch… Aguafiestas. No hace falta que te pongas violento.

Aelo.— Allen tiene razón en parte, querida. Debemos equilibrar poderes. Propongo que cada uno de nosotros envíe a dos de los suyos. Bien sabemos que entre nuestras filas, todos tenemos miembros bien preparados para esta labor. Además, cuantos más sean, más fácil y rápido será descubrir qué es lo que está pasando y antes podremos poner solución. ¿Qué os parece?

Ígnea.— Absurdo, pero si no queda otro remedio…

Con un tirón poco amistoso se soltó de la presa que había creado Allen.

Allen.— Que así sea pues.

Aelo.— ¿Lo veis? No es tan difícil ponerse de acuerdo si todos ponemos un poco de nuestra parte. Cuando queréis ambos podéis ser muy razonables. 

Allen.— Tenéis tres días para preparar todo, al cuarto, en el lugar de siempre.

Ígnea.— ¿Y cuál es el lugar de siempre si puede saberse? ¿Gran Canaria?

Allen.— Sí, lleva siendo el mismo sitio millones de años, deberías saberlo.

Ígnea chasqueó la lenga mientras se dejaba caer con elegancia felina sobre su trono y nuevamente volvía a prestar toda la atención a su perfecta manicura.

Ígnea.— Ya, puede que ese sea el problema. Esa isla lleva apagada demasiado tiempo como para que mi raza la pueda considerar neutral, además, es aburrido repetir tanto.

Aelo.— En ese punto del Edén convergen los cuatro elementos equitativamente.

Allen.— Me es completamente indiferente dónde reunirnos. Elige tú el lugar y acabemos de una vez con esto.

Ígnea.— Perfecto. Se reunirán en el desierto del Mojave.

Aelo.— ¿En un desierto? Pero ahí no hay rastro de…

Allen.— Muy bien, en el centro del desierto del Mojave será.

Ígnea.— Estupendo. ¿Me puedo marchar ya o tenéis alguna otra majadería que tratar?

Allen.— No hay nada más. Elige bien a quién mandas o…

Ígnea.— No empecemos con las amenazas otra vez. Estoy cansada de tanto parloteo, ¡me agotáis! No sufras, Allen. Para que no puedas decir que tú siempre aportas más y mejor que los demás, yo también mandaré a dos de mis hijos para que cuiden de tus mochuelos si se meten en líos.

Allen.— Despreocúpate de mis hijos, sólo procura que los tuyos den la talla.

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