Agua

Los cuatro estaban preparados para cenar, pero nadie se decidía a degustar ninguno de los manjares que estaban servidos perfectamente dispuestos en el centro de la mesa. Silenciosos y preocupados por lo que el cabeza de familia había ido a tratar, la cena familiar podía esperar. La tensión se podía mascar teniendo la boca vacía, no hacía falta picar nada de la mesa para sentir el estómago pesado.

Thyia.— No estéis preocupados. Llegará en cualquier momento. 

Erie.— Deberíamos haberle acompañado esta vez. No nos podemos fiar de esas dos reinas. Los concilios nunca acaban como esperamos.

Thyia.— Si él lo ha dispuesto de esta manera será porque lo ha creído conveniente, hijo mío. Sus buenos motivos tendrá. Además, aunque estas reuniones no les gusten a nadie, son necesarias y jamás han terminado de forma violenta.

Erie y Marneus se miraron de manera conspiratoria. Aún no se explicaban cómo habían podido eludir que su madre se enterara de lo que pasaba en las Asambleas Elementales. Era como si se hubiera implantado un decreto ley de silencio. Primero se lo ocultaron sus padres, los anteriores reyes, y después la familia que ella misma había creado, manteniéndola de esta manera en la más completa y absoluta ignorancia. Pero lo cierto era que cada asamblea terminaba como la tormenta que anunciaba el fin de los tiempos. 

Desde que eran pequeños habían escuchado la historia de cómo tuvieron que reconstruir la Gran Sala tras una fuerte discusión entre los cuatro reyes anteriores. Lo que hubiera tenido que ser una pacífica charla sobre la ubicación del nuevo punto de entrada al Edén, se convirtió en una batalla entre elementos que hizo que se tambalearan los precarios cimientos del mundo de los humanos. Por fortuna para ellos, aquella famosa disputa tan sólo tuvo como consecuencia una Sala Ancestral con la necesidad de una restauración.

Marneus.— Mamá tiene razón, no hay motivos para estar preocupados.

Thyia.— Comed, a vuestro padre no le gustaría ver que el desasosiego os quita el hambre.

Tay.— Espero que no le haya ocurrido nada.

Erie.— ¿Al rey Agua? Puedes estar tranquila, Ebváenné. Ninguno de los que están en ese concilio le puede hacer sombra.

La boca de Erie decía una cosa, pero su expresión y la postura de su cuerpo decían otra bien distinta. De haber podido, se habría levantado de aquella mesa y se habría ido en su busca, pero su actitud real cumplía al cien por cien con la innombrable ley del silencio.

Por fin Thyia decidió tomar cartas en el asunto. Tomó la cuchara y empezó a servir a cada uno de los comensales sin esperar a que lo hiciera el servicio que estaba a sus espaldas aguardando a recibir la orden. 

Tay.— Marneus, hoy he pasado la tarde con Nana. 

Marneus.— Qué envidia me das. La he echado terriblemente de menos esta semana, pero lo del puerto no podía esperar.

Tay.— Lo sé. ¡Estaba muy ilusionada! ¿Sabes que por fin su cuerpo ha empezado a colorearse?

Marneus soltó sobre la mesa el tenedor que sostenía y la miró con una amplia sonrisa dibujada en el rostro. Había empezado a preocuparse. A él hacía casi diez años que la piel de su pecho había comenzado a teñirse con los tribales azulados que le indicaban que estaba preparado para emparejarse con la mujer a la que estaba destinado. Que Nana aún no hubiera experimentado ningún cambio, era algo que le atormentaba cada día más. Por fin podía respirar tranquilo.

Los seres que habían nacido bajo el elemento de Agua, únicamente tenían una pareja en su vida, y no era por voluntad propia. Entre todas las mujeres, solamente había una con la que podían estar, una mujer que la providencia había creado mágicamente para ellos. La única que tenía el cuerpo preparado para llevar su progenie en el vientre. La única a la que estaban «programados» para amar. Sólo una.

El que tuviera el infortunio de perderla, jamás volvería a emparejarse. Le tocaría vivir en soledad, sin llenar la casa de risas, con el corazón vacío de amor. Afortunadamente era raro que la muerte tocara a sus puertas antes de la vejez, pero algún triste caso se había dado y había dejado a la pareja desprovista del amor romántico para siempre.

Tal vez, a primera vista, podría parecer complicado. ¿Qué ocurriría si no llegaban nunca a cruzarse con su alma gemela?, ¿estarían condenados esos dos espíritus a permanecer en la soledad para siempre? Sin embargo, la realidad era mucho más simple que las preguntas que puedan surgir. Si el sino había creado a esos dos seres para estar juntos, el sino se ocupaba de que se encontraran. Era sencillamente magia.  

Normalmente, desde muy temprana edad sabían con quién iban a compartir toda su vida adulta, e iban fertilizando ese cariño durante años hasta que sus cuerpos les gritaban que estaban preparados mediante unos dibujos azules que teñían su piel desde el pecho hacia las extremidades. Estos tribales se hacían más y más grandes cada día que pasaba sin que se unieran con la mujer o el hombre al que estaban destinados, y desaparecían una vez que habían consumado su amor.

Además de estos hechos, ayudaba que el emparejamiento sucediera siempre entre hermanos. Aunque suene incestuosa dicha afirmación, la sangre y la genética nada tienen que ver en este caso. Las mujeres Agua sólo podían dar a luz a una pareja de gemelos idénticos, y tras el parto, estas perdían el útero imposibilitando el nacimiento de ninguna otra criatura. Así bien, la que era la mujer destinada a uno de los hermanos, sería la hermana de la mujer predestinada al otro consanguíneo. O lo que es lo mismo, las parejas se formaban entre gemelos. Así, cuando uno de ellos encontraba a su media naranja, el que aún no la había hallado, ponía su diana en la hermana de la misma. Era una estrategia que nunca fallaba.

Marneus.— Me hace muy feliz escuchar eso. Mañana por la mañana iré a verla sin tardanza.

Thyia.— ¡Enhorabuena, hijo mío! 

Erie.— Por fin la espera ha terminado. Me alegro mucho por vosotros.

Thyia.— Cuéntanos, Tay. ¿Cuándo ha sido?

Tay.— Lo descubrió el segundo día de ir a visitar a mis abuelos. Me lo ha enseñado. Es un puntito muy chiquitín, pero está ahí, justo en el centro de su pecho. Se encuentra tan emocionada… Está deseando contártelo, Marneus.

La sonrisa del príncipe se ensanchó aún más.

Marneus.— Apuesto a que sí. Seguro que ya tiene en su cabeza programado todo el rito y estará deseando ponerme al tanto.

Tay.— ¿Y tú no? 

Marneus.— Yo de lo que más ganas tengo es de traerla a casa.

Thyia.— Todos la tenemos. Podríamos celebrar una fiesta privada para conmemorarlo, o tal vez, darle la sorpresa con el propio compromiso aquí en el palacio, estoy convencida de que le agradará.

Los ojos de Tay mostraron una mezcla de arrepentimiento y pena a la vez, captando la atención del resto de los comensales.

Erie.— ¿Te encuentras bien, Tay? ¿Qué es lo que te apena?

Tay.— Soy una desconsiderada. Me imagino que le hubiera gustado que te enteraras por sus propios labios, pero es que estoy tan contenta que no he podido resistirme a contártelo. Si le damos una sorpresa de esa índole, descubrirá que se me ha escapado un secreto otra vez.

Erie.— Si lo que te inquieta es eso, despreocúpate. Guardaremos el secreto. Te tocará poner la mayor cara de sorpresa que hayas puesto en tu vida, hermano.

Marneus.— No te preocupes, mi boca está sellada. Creo que podré disimular el tiempo suficiente mis emociones para encubrir el desliz.

Tay.— Muchas gracias, Marneus. Eres muy considerado.

Erie.— Deberías pensar en una fecha.

Allen.— ¿Una fecha para qué?

Thyia se levantó de su silla como un resorte y fue a abrazar a su marido.

Thyia.— Tenemos grandes noticias, esposo. Pero las mejores acaban de entrar por la puerta.

Allen.— Siempre es un placer volver a casa sabiendo que voy a tener este recibimiento. No os levantéis, hijos, y contadme cuáles son las buenas nuevas.

Erie.— La piel de Nana ha empezado a teñirse.

Tay.— ¡Erie! Creía que iba a ser un secreto hasta que mi hermana lo contara.

Erie.— Lo que es un secreto es que ella sepa que lo sabemos.

Allen.— ¿Es cierto, Marneus?

Marneus.— Eso parece. Todavía no la he visto.

Allen.— Asumo la culpa. No debí encomendarte que te ocuparas del puerto. Mis más sinceras felicitaciones, hijo mío. Dame un abrazo.

Marneus se levantó y abrazó a su padre henchido de felicidad. Esa ocasión y la del nacimiento de los dos vástagos, eran los sucesos más importantes que le podían pasar a un hombre de su raza. Incluso en su caso, tenían más importancia que la de la coronación. Pero eso era algo de lo que Marneus no quería oír ni hablar.

Allen.— Cierto entonces que tenemos motivos para festejar.

Thyia.— En cuanto Nana te cuente su pequeña confidencia, nos pondremos a preparar todo. Un príncipe se tiene que unir por todo lo alto, igual que lo hizo tu hermano. 

Tay.— Estoy segura de que mañana será el gran día. Estaba tan ilusionada que no creo que tarde más de un segundo en confesarlo.

Allen.— Quizás debería aguardar un poco en contarlo. Las noticias que traigo yo no son tan complacientes.

Thyia.— ¿Qué ha sucedido?

Allen.— Nada de lo que debamos preocuparnos, esposa. Pero sí algo que nos robará tiempo.

Erie.— ¿De qué se trata?

Allen.— Ya hablaremos después de la cena. Disfrutemos de este momento y de las alegrías que han arrastrado las aguas.

Y eso hicieron. No podría suceder nada en el mundo que empañara esa ocasión, aunque sólo fuera por ese instante.

Tras la cena, el dios Agua acompañó a su mujer a la alcoba con la promesa de volver enseguida. Tenía que regresar con sus hijos para explicarles con sumo detalle cómo había ido el concilio y el acuerdo al que habían llegado.

Erie y Marneus le esperaban en el gran balcón que daba a lo más alto del acantilado. Desde allí se podía contemplar en toda su magnificencia el Fiordo Azul.

Allen.— Erie, Marneus.

Erie.— Has tardado.

Allen.— Disculpad, vuestra madre ha pensado que lo que fuera que os tuviera que decir podría esperar hasta mañana y me ha costado convencerla.

Marneus.— Pero no es así, ¿verdad?

Allen.— Podría haber esperado hasta mañana, sí, pero viendo los nuevos y felices acontecimientos que se aproximan, he creído más conveniente hablar con vosotros lo antes posible.

Erie.— ¿Qué ha ocurrido?

Allen.— Antes de que os lo cuente, quiero que me perdonéis por lo que os voy a pedir. Erie, sé que Tay y tú estáis intentando aumentar la familia y Marneus, en realidad no tenía ni idea de que tu unión estaba tan próxima como para que te supusiera un problema cumplir con la obligación que os tengo que imponer, pero el Edén bien merece el sacrificio. Para vosotros no es una sorpresa lo que viene pasando desde hace cerca de veinte años y sabéis lo que he ido a tratar en la reunión.

Erie.— ¿Por fin Atai ha confesado? 

Allen.— No, por supuesto. Creo que incluso ha sido todo lo contrario. Niega que su raza tenga algo que ver con el problema y habla de un cambio de ciclo natural.

Marneus.— Eso es una locura.

Allen.— Sea como fuere no lo va a reivindicar. No dará su brazo a torcer.

Erie.— Y Aire y Fuego, ¿qué han opinado al respecto?

Allen.— Ígnea quiere guerra y Aelo que seamos prudentes.

Erie.— Por una vez estoy de acuerdo con esa hembra.

Marneus.— ¿Y al final qué habéis resuelto?

Allen.— Prudencia. 

Erie.— ¿Dónde entramos nosotros en semejante decisión?

Allen.— Como he dicho, no me es fácil pediros esto, pero necesito que vayáis al Edén a investigar. No descarto un enfrentamiento, pero antes tenemos que estar seguros. 

Erie.— ¿De verdad hacen falta más pruebas? El Edén se está resquebrajando y el resto nada tenemos que ver con ello. ¡Entremos en batalla, destronemos a Atai y coloquemos en su lugar a alguien adecuado al frente de ese elemento!

Allen.— Erie, si algún día llegas a convertirte en rey, tomarás tú las decisiones. Hasta entonces es a mí a quien le toca velar por el bienestar de nuestra especie. Se ha de hacer como digo y en eso no hay discusión. No os he juntado aquí para pediros opinión, si lo he hecho es para informaros de lo que vamos, de lo que vais, a hacer. 

Erie se giró volviendo la vista al fiordo. Sus manos sujetaban tan fuerte el pasamanos de la balaustrada, que amenazaron con convertirla en polvo de mármol. 

Su enfado y frustración eran evidentes. Le hubiera gustado decir mil cosas. Dar unos cuantos buenos motivos para demostrar que la solución que habían encontrado para la hecatombe que estaba a sus puertas, no era la adecuada. Pero como bien se había encargado de recalcar su padre, no tenía ni voz ni voto en aquel asunto. Lo único que podía hacer era escuchar, callar y hacer lo que se le ordenase como buen soldado que era.

Allen.— Comprendo tu enfado, Erie. Créeme cuando te digo que si confiara en alguien más para hacer este trabajo, no os lo pediría. No hay nadie que desee más verte convertido en padre, que tu madre y yo. Y lo mismo te digo a ti, Marneus. La espera a que Nana estuviera preparada parece que ha durado una eternidad, y lamento que llegue justo en este momento.

Marneus.— No hay nada que lamentar. Llevamos diez años esperando, no importa que aguardemos un poco más. Cuéntanos qué debemos hacer y así lo haremos.

Allen.— Está bien. Iréis al Edén y averiguareis cuáles son las causas de este desequilibrio. No quiero que entréis en batallas abiertas, sed discretos y no llaméis la atención. Los humanos no tienen por qué saber nada. Ha llevado siglos hacerles creer en su ciencia como para destruirlo todo en unas pocas semanas. Necesito que seáis mis ojos y mis oídos. 

Erie.— ¿Únicamente eso?

Allen.— Sí, sólo hay un inconveniente. No estaréis solos. Ígnea y Aelo han acordado mandar también a dos de sus hombres a esta misión.

Erie.— ¿No se fían de nosotros?

Allen.— Ni nosotros de ellos. Sobre esto no hemos acordado nada, por eso mismo, cuando lleguéis al punto de encuentro exigiréis, con la excusa que sea, dividir vuestras fuerzas. No quiero que dos seres de Fuego vayan vagando libremente por allí. Son como niños, no tienen control sobre sus actos y si averiguaran algo, no nos llegaría la información. Todo este esfuerzo sería inútil.

Marneus.— ¿Y de Aire? ¿De ellos sí nos podemos fiar?

Allen.— Aelo no me preocupa. Contará lo que descubran sus hombres. Además, aunque son seres nobles, son fácilmente manipulables. A una criatura de Fuego no le costaría más de dos gestos obtener lo que desee de ellos y eso tampoco nos conviene. No creo que sea necesario advertiros que debéis cuidaros las espaldas. Manteneos informados y tened cuidado. ¿Está todo claro? ¿Erie?

Erie.— Sí.

Allen.— Me alegro. Tenéis tres días para trazar una ruta estudiando los acontecimientos. No desdeñéis la importancia de esta labor, recordad que el Edén es muy extenso.

Marneus.— Pero las puertas nos trasladarán…

Allen.— Evitad crear portales tanto como sea posible, ya conocéis la explosión energética que hacerlo provoca.

Marneus.— Lo sabemos, pero seríamos prudentes. Los abriríamos en lugares en los que los daños colaterales sean mínimos.

Allen.— Confío en que lo seríais, pero por mucha precaución que tengáis al abrir la primera puerta, es imposible que conozcáis lo que se encontraría al otro lado. Pensad en lo que sucedería si os posarais al lado de una edificación, quedaría reducida a escombros, o de un humano que pasara por allí por casualidad, no quedaría de él ni huesos sobre los que rezar para guiarles al otro mundo. Los primeros dioses de los cuatro elementos, crearos los portales de las Sedes por una buena razón, cruzando por ellos no hay destrucción, tenedlo en cuenta. Además, recordad que no hay que llamar la atención, crear un portal y cruzar por él, daría lugar a que los humanos se hicieran muchas preguntas. 

Marneus.— Entendido.

Allen.— Aclarado este punto, ya sabéis lo que tenéis que hacer ahora: buscad medios de transporte, vestuario, dispositivos para estar en contacto, mapas, y todo lo que creáis necesario para estar allí.

Antes de que la hora del despertar asomara en el cielo, Marneus ya se encontraba frente a la casa de su futura esposa. Estaba de pie, bajo el balcón que había sido testigo de largas conversaciones intempestivas y de promesas de un futuro, esperando que la dulce cara de Nana apareciera por él. Dicha escena no se hizo de rogar durante mucho tiempo, su pueblo no tardaba en desperezar y Nana no era menos.

Marneus.— Nana.

Nana.— ¿Marneus? ¿Qué haces ahí abajo?

Marneus.— He venido a verte. Te añoraba.

La sonrisa de Nana apareció sin más. Era imposible ocultar la dicha después de estar una semana sin verse.

Nana.— Ahora mismo bajo. No te vayas.

Marneus.— No lo pensaba hacer. Baja ya de una vez.

Su melena dorada desapareció tras la cortina y un minuto después retornó por el umbral de la puerta principal. Envuelta en ese elegante camisón parecía una criatura etérea. Su grácil caminar y la suave brisa marina que siempre fluía en aquel fiordo, hacía que el liviano tejido se inflara y se ondulara con elegancia dando la impresión de que flotaba, otorgándola esa presencia inefable que le había encandilado desde que tenía uso de razón, apariencia que a nadie le había pasado desapercibido y que todo el mundo encumbraba. Sólo con verla se podía intuir la clase de reina que llegaría a ser y él estaba deseando comprobarlo.

Con una sonrisa dibujada en su rostro, Nana caminó hasta detenerse a medio metro de él. Le hubiera gustado abrazarle, pero tendría que esperar unos cuantos días más hasta que se unieran para toda la vida.

Marneus.— Estás más bella que nunca.

La piel pálida de Nana se ruborizó otorgándole un aspecto dulce y aniñado.

Nana.— Muchas gracias por el cumplido, Marneus. Hoy has madrugado mucho, ¿te ha liberado tu padre de las obligaciones en el puerto?

Marneus.— Lo ha hecho, pero me temo que ha sido para arrojarme a algo más esclavo.

Nana.— Bueno, ten paciencia. Terminarán llegando los días de descanso, pero hasta que lo hagan, quizás pueda darte algo para que la espera sea más llevadera; tengo una cosa que contarte.

Marneus.— ¿Ahora?

Era cierto que esperaba que no tardara en decírselo, pero no creía que fuera a ser tan pronto. Había ido allí únicamente para verla, así pues, su sorpresa fue mayúscula cuando se dio cuenta de que no tendría que esperar más, que al fin los largos años de espera habían llegado a su dichoso final.

Nana le cogió una de sus poderosas manos y le arrastró hacia una pequeña arboleda que daba a la pared sur de su casa. 

Marneus.— ¿A qué viene tanto misterio? ¿De quién nos escondemos?

Nana.— De mi padre.

Marneus.— No creo que tu padre ponga objeciones a que hablemos a estas alturas, dulce Nana.

Nana.— No, por supuesto que no. Es sólo que no quiero ojos vigilándonos ahora mismo. Tengo que enseñarte algo y si mi padre ve que lo hago me encerrará en mi alcoba y no podré salir nunca más.

Marneus.— Me estás asustando.

Cuando había recorrido una distancia mayor de lo estrictamente necesario, Nana descendió el ritmo de la caminata hasta terminar dando un lento paseo dedicándole breves miradas furtivas a su acompañante. Deteniéndose por completo, giró el cuerpo para quedarse frente a él y le agarró la mano dubitativa.

Marneus.— ¿Se puede saber qué pasa, Nana?

Nana.— ¿Estás preocupado?

Marneus.— Más bien inquieto. Hace rato que la vista de tu padre no nos alcanzaría.

Nana.— Es cierto, pero quería que este momento fuera sólo nuestro, ¿estás preparado?

La sonrisa de la mujer creció exponencialmente según fue bajando el escote de su camisón para mostrarle un profundo canalillo.

Marneus.— Nana, no hace falta que hagamos esto antes de tiempo. No me importa esperar a que estés preparada.

Nana.— Mira bien, Marneus.

La mirada de Marneus descendió hasta la parte de piel que acababa de exponer su futura compañera, pero apartó los ojos con rapidez.

Marneus.— Tus senos son preciosos.

Nana.— ¡Será posible! ¡Aquí!

Nana señaló un punto minúsculo entre sus pechos. Un ínfimo lunar azul.

Marneus.— ¿Es lo que creo que es?

Nana.— ¡Sí! Estoy lista, Marneus. Estoy preparada para ti.

Marneus.— No sabes lo mucho que me alegra saberlo.

Nana.— ¿De verdad? No pareces muy contento.

Marneus.— Claro que lo estoy.

Nana.— Pues nadie lo diría. A no ser… ¡Tay te lo ha contado! Cuando pille a ese bichillo fisgón y chismoso… me las va a pagar.

Marneus rio en voz alta.

Marneus.— No sé cómo pensaba tu gemela que no te ibas a dar cuenta.

Nana.— Confirmadas mis sospechas. ¿Ya lo sabías y has sido tan bribón de dejar que me medio desnudara para enseñártelo?

Marneus.— Eso no es cierto. Sabía que serías feliz de contármelo tú misma, no imaginaba que me lo fueras a mostrar, pero no puedo negar que me ha gustado.

Nana.— Qué granuja.

Marneus.— Sólo quiero tu felicidad, Nana mía. Tay me había dicho que era pequeño, pero no esperaba que lo fuera tanto.

Nana.— Sólo tiene unos días, pero no quiero darle tiempo a que se extienda mucho más.

Marneus.— No lo haremos, aunque quizás deberíamos darle un poco más de tiempo. No me gustaría que tu padre piense que es sólo una pelusilla.

Nana.— Qué cosas tienes.

Marneus.— En realidad me tengo que ir unas semanas. En cuanto vuelva, regresaré a por ti y nos uniremos.

Nana.— ¿Te tienes que ir?

Marneus.— Sí, pero no tardaré. Lo prometo.

Nana.— ¿Dónde? ¿Puedo ir contigo?

Marneus.— Es mejor que no lo sepas, Nana, tampoco tiene mayor importancia. Nos veremos pronto.

Nana.— Qué desdicha que te alejes de mí precisamente ahora. Había esperado que pudiéramos contárselo a nuestras familias y comenzáramos a hacer los preparativos en breve. Una unión como la nuestra no es fácil ni rápida de organizar. 

Marneus.— Nada me gustaría más que complacerte, la unión es algo que todos nosotros esperamos con ansia, y yo, no soy diferente al resto en esto, pero llevo aguardando diez años y no me importa seguir haciéndolo unas pocas semanas más. No nos queda más remedio que aguantar.

Nana.— Eres tan paciente, Marneus. Esa es una de las cualidades que más admiro de ti. Yo ahora mismo no veo el momento de ponerme a preparar todo. Tengo tantas ganas de unirme a ti que hablarme de unas semanas es lo mismo que pedirme que aguarde una eternidad.

Marneus.— Mi dulce Nana, no tenía ni idea de que fueras tan impulsiva.

Nana.— Y no lo soy, pero llevas tanto tiempo esperándome que… Sé que te estoy haciendo sufrir y eso me duele más que si me hicieran el daño a mí.

Marneus le sonrió con ternura. Era conmovedor que se preocupara tanto por su bienestar.

Marneus.— No desesperes y no te preocupes por mí, seguro que antes de que te des cuenta estaré aquí de nuevo a tu lado. Venga, te acompañaré a tu casa. ¿Me invitas a desayunar?

Nana.— Por supuesto.

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