Fuego

Me senté sobre mi petate marrón y fui apretando los cordones para cerrarlo. No sabía muy bien, o más bien nada, de lo que iba a necesitar en el mundo humano, así que comencé a echar un poco de todo lo que se me ocurrió hasta que noté que las costuras estaban comenzando a ceder. Ojalá me hubiera dado por estudiar alguna vez lo que había allí arriba, pero la verdad es que nunca imaginé que me llegara a hacer falta saberlo. ¿Qué nos importaban a nosotros esos insignificantes parásitos? A mí desde luego nada de nada. Lo único que había necesitado saber hasta ahora era que son peores que los bebés. Necesitaban vigilancia constantemente y tenían una dependencia total y absoluta de los cuatro elementos.

Desde que había nacido, según cuentan el peor día de la vida de mi madre, me habían educado para enfrentarme a otras cosas, a tres vicisitudes que se pueden resumir en tres sencillas palabras: Agua, Tierra y Aire. 

La primera parte del amaestramiento consistía en aprender a subsistir con la mínima presencia de estos elementos, lo que quiere decir: Tierra, sí, pero yerma. Aire, también, pero viciado. Agua… Bueno, aquí tenemos un líquido rojo que según cuentan es parecido. La segunda y última parte era más sencilla: aprender a enfrentarte y a defenderte de los seres que custodian el elemento en cuestión.

Para ser franca, la lucha tampoco era lo mío. El resto de mis hermanos son con diferencia mucho más fuertes que yo, y más atractivos, y más poderosos, y más altos, y más de todo. Pero no toda la culpa era mía, digamos que dentro de mi cuerpo se esconde un batiburrillo genético que me hace ser como soy. No puedo asumir la responsabilidad de lo que mi madre haga o deje de hacer en la cama. Si no deseaba que hubiera nacido así, no debería haberse acostado con un humano. Si tantas ganas tenía, al menos podría haber usado un anticonceptivo.

Por este motivo soy diferente al resto de mis paisanos. Mi cabello no es de ese rojo intenso tan bonito, es naranja. Mis ojos, en vez de lucir dorados como el oro, son más bien como el cobre, o dicho de otra manera menos poética, naranjas. Lo sé, en el tema de los colores no soy muy original.

Todos estos pequeños detalles: ser la desteñida, la débil, la hija del humano parásito, la rara, y algunas otras cosas más que me dejo en el tintero porque la lista es muy larga, han hecho que me discriminen un poco. Por suerte para mí, al ser una de las hijas de la reina, esta exclusión no me afectaba más allá de los muros de palacio. Pero todo hay que decirlo, aunque no me discriminaran, entre todos mis hermanos y hermanas, yo no era la preferida de la población precisamente.

A pesar de todo esto, no estaba triste. Lo que veía era que tantas diferencias me hacían única en mi especie. Viéndome en conjunto no estaba mal, aunque un poco monocromática, seguía siendo una sublime flama. Tampoco podía ser de otra forma, soy medio Fuego, la buena autoestima es lo nuestro.

Mi hermano se había pasado renegando tres días seguidos. No tenía ningunas ganas de cumplir lo que nuestra madre nos había encargado. Al contrario de lo que le pasaba a la mía, la vida de Lasair era idílica. El favorito, el bien mirado, al que no le costaba más que una sonrisa para llenar su cama cada noche, el ojito derecho de mamá. La lista de sus virtudes era tan larga como la mía de defectos. Era lógico que no se quisiera mover de allí. Así que, ya que él era un ejemplo a seguir, imité su gesto y puse mala cara cuando nos informaron que nos habían elegido para ir al Edén a poner orden, aunque en realidad de lo que me dieron ganas fue de ronronear. Me tocaba descubrir lo que eran unas vacaciones y el colmo de la buena suerte fue que lo hiciera acompañada por Lasair. De todos mis hermanos era con el único con el que me llevaba verdaderamente bien. Creo que estar al lado de la malograda de la familia le hacía elevar el ego y sentirse bien, y yo, me aprovechaba de ello.

Lasair.— Acali, ¿estás preparada ya?

Agarré mis sai [1] y tras hacerlos girar como hélices en mis manos, los metí en las fundas que llevaba en mis caderas.

Acali.— Ahora sí. Cuando quieras nos podemos ir.

Lasair.— Entonces nunca.

Acali.— No seas cascarrabias, Lasair. Tenemos que hacerlo, no merece la pena que le des tantas vueltas. Piensa que vamos a salir a dar un paseo.

Lasair.— Un paseo por el infierno.

Acali.— Pero un paseo al fin y al cabo. Estaremos de vuelta antes de que nos demos cuenta.

Lasair.— Me alegra ver que eres tan optimista.

Acali—. Pues arrímate a mí a ver si se te pega algo.

Lasair.— Eso no será necesario. Tengo la impresión de que nos vamos a cansar de vernos las caras el uno al otro durante estos días.

Acali.— Con la cara tan bonita que tengo, no creo que eso ocurra.

Lasair.— Coge tu petate y acabemos con esto de una vez. Madre ha dicho que antes de partir vayamos a verla para recibir instrucciones.

Acali.— De acuerdo, vámonos.

No tenía ni idea de qué nos querría decir que no nos hubiera dicho ya, pero apostaba a que no pretendía darnos un beso en la frente y desearnos buen viaje. Mi señora no era mucho de sensiblerías y el resto de nosotros tampoco, dicho sea de paso. No es que nos costara mostrar sentimientos, o que no fuéramos capaces de sentirlos, dentro de nosotros, cabían las emociones tales como la pena o la tristeza, pero directamente aprendíamos a reprimirlas; con la alta mortandad infantil que existía, uno terminaba por no coger cariño a nadie desde que éramos tiernos infantes.

Caminamos juntos por el sendero arcilloso que llevaba desde la zona de las nítades [2] de la guardia real, hasta las estancias reales. Aquella zona de palacio era bien distinta de la que solíamos estar nosotros, todo era lujo y fastuosidad hasta rebasar el límite de lo ostentoso.

Los grandes salones y salas estaban decorados con arcos polilobulados y sus paredes labradas con intrincados diseños que representaban al fuego en toda su amplitud. Las ventanas que daban al exterior tenían forma de herradura y estaban parcialmente cubiertas por unas finas cortinas de un color azafranado que hacían suaves ondas cuando la brisa caliente entraba a través de ellas. El suelo estaba cubierto de un mármol rojo con grandes vetas blancas que creaban un impresionante impacto visual. Apenas había muebles, toda la decoración que se requería eran bellas fuentes de fuego desperdigadas por aquí y por allá. El conjunto resultaba ardiente y erótico, como todo en nuestro elemento.

A pesar de ser sus hijos, y su guardia real, no es que pisáramos allí a diario. Hacíamos algo parecido a los turnos, unos turnos que estaban a expensas del capricho de la reina, de lo mucho o poco que le apeteciera vernos la cara. Sobra decir que yo era la que menos había recorrido esas estancias. 

Después de caminar un rato, por fin llegamos a la sala del trono. No era muy diferente al estilo del resto del palacio, sólo que en este caso, al fondo, se podía ver un asiento de mármol negro con un respaldo decorado de dimensiones ingentes. Mi madre estaba sentada en él. Una de sus piernas colgaba de uno de los reposabrazos y su cabeza caía de manera sensual hacia atrás. La abertura de su falda de gasa estaba completamente expuesta, y de rodillas frente a ella, estaba uno de sus sirvientes, uno de los de mejor ver, haciéndola derretirse de placer.

Esperamos pacientemente frente a ellos a que terminaran. En primer lugar, porque es descortés interrumpir una cosa así. Y en segundo lugar, porque mi madre no nos prestaría atención, y en el remoto caso de que lo hiciera, a ninguno de los dos nos gustaría escuchar lo que pudiera escapar de su boca tras una interrupción semejante. De todos modos, conociendo a Cerene, el fámulo que estaba acuclillado haciendo el trabajito, no tardaría mucho tiempo en llegar. Era bueno, realmente bueno.

Como había predicho, enseguida la respiración de mi madre se empezó a acelerar. Apenas se podía apreciar. El dominio que tenía sobre sí misma era admirable, pero habíamos presenciado tantas veces escenas como aquella, que resultaba relativamente sencillo adivinar cuándo llegaba al orgasmo. 

Al terminar, simplemente colocó la pierna en el lugar correcto y le acarició la coronilla.

Ígnea.— Buen chico. Ahora prepara lo que te he pedido.

Cerene.— Mi reina.

Ígnea.— Estaba aburrida de esperaros. Se ve que no tenéis ninguna prisa por partir.

Lasair.— Teníamos que preparar los últimos detalles.

Mi madre sacudió la mano con desdén. 

Ígnea.— No pongas excusas, Lasair. Sé que no quieres ir, pero eso me da lo mismo. Quien se ha ocupado de los últimos detalles que mencionas, he sido yo. Estoy rodeada de inútiles. Cerene os traerá ahora un dispositivo que se llama teléfono. Con él podréis poneros en contacto si fuera estrictamente necesario sin tener que usar los portales. Es un medio más rápido, además, podréis consultar lo que necesitéis y sacar información del entorno. También os traerá las llaves de un coche. Tú ya has hecho alguna simulación, Lasair. Aplica lo que sabes, si os estrelláis os tocará agenciaros otro. Sed lo suficientemente listos para desaparecer antes de que llegue la gente que tienen allí para mantener el orden público. No es que os resultara complicado deshaceros de ellos, pero pueden llegar a ser un incordio. Sabéis lo que vais a hacer allí. Observad, escuchad y no dudéis en defender nuestra casa si fuera necesario.

Dicho esto, se levantó y se marchó con ese paso felino que la caracterizaba por la misma puerta lateral por la que había desaparecido Cerene. 

Nos miramos el uno al otro sin saber qué hacer, ¿nos íbamos o nos quedábamos a esperar a que viniera el siervo con lo que nos había dicho la reina? Siempre recibíamos la información a medias e hiciéramos lo que hiciéramos siempre estaba mal hecho, no había forma de atinar. Así que por mutuo acuerdo silencioso, aguardamos durante unos minutos antes de volver a hablar.

Lasair.— Creo que deberíamos irnos al portal. Igual ese poca cosa nos está esperando allí.

Acali.— Yo también pienso que está tardando demasiado. No lo entiendo, se queja de que estamos perdiendo el tiempo, pero no ayuda a que lo optimicemos.

Lasair.— Es cierto, a mí también me dejan helado estos detalles. ¿Tanto cuesta decir las cosas en una sola vez? 

Nos dimos la vuelta y nos encaminamos a la pequeña sala en la que se encontraba la enorme entrada del portal. Allí, el ambiente estaba enrarecido. Era como si el aire fuera menos denso y costara menos esfuerzo respirar. La temperatura era más templada y la tierra asomaba por el marco de la puerta de manera extraña y de color pardo. 

Todos sabíamos dónde estaba esa habitación y para qué servía, pero realmente muy pocos habíamos estado allí. De una forma difícil de explicar, me sentía excitada y temerosa ante la expectativa de cruzar aquel umbral hacia lo desconocido. Era una de las pocas elegidas que había tenido ese privilegio.

Tal y como habíamos predicho, Cerene estaba allí, sentado sobre una máquina de un color rojo brillante y resplandeciente con un pequeño caballo rampante en la parte delantera. Me imaginé que sería el coche del que nos habían hablado, más que nada porque tenía cuatro ruedas y no pensaba que el teléfono las necesitara.

Lasair.— Tendrías que haber mandado a alguien a que nos dijera que estarías aquí si eres tan holgazán de no ser capaz de ir a buscarnos tú mismo.

Cerene.— Lo siento mucho, alteza. La reina me ha dado la orden de…

Lasair.— Me dan igual tus órdenes. Soluciones hay para no contravenir ambas cosas.

Cerene.— Lo lamento. No volverá a ocurrir.

Lasair.— Eso espero, por tu bien. Ahora explícanos, si es que sabes hacerlo.

Cerene.— Esto es el coche que os ha conseguido Nina. Dentro encontrareis una caja con los teléfonos y una hoja con las instrucciones de uso.

Acali.— Vaya, qué minuciosa es Nina. ¿Estará en el Edén para recibirnos?

Cerene.— No. Ella como embajadora tiene mucho trabajo allí. Además, ni siquiera está cerca de la zona por la que entrareis. 

Acali.— Es una lástima, nos hubiera ayudado mucho tener a alguien que nos pudiera orientar cuando lleguemos allí.

Cerene.— La reina ha metido las coordenadas del lugar donde os tiene que dejar el portal. Podéis partir cuando deseéis. 

Lasair.— Entonces no perdamos más tiempo.

Mi hermano levantó una tapa que estaba en la parte delantera del coche y extendió el brazo para que le diera el petate que llevaba colgado en el hombro. Lo introdujo y repitió la operación con el suyo propio. Tras esto, bordeó el coche, abrió otra puerta en el lateral y entró al interior del vehículo. 

Lasair.— Anda, desteñida, pasa por la otra puerta y cierra. Nos vamos.

Cuando estuve dentro, oí el rugido grave del motor al arrancar y observé entre maravillada y acongojada cómo el sirviente de mi madre abría el portal de doble hoja. 

Lo que nos esperaba dentro era difícil de describir. No tenía forma, era una mezcla de polvo en suspensión, vapor de agua, gases y chispas revoloteando por aquí y por allá; como una nebulosa de vacío que te acercaba a la nada. Una amalgama burda de los cuatro elementos. No se veía suelo, ni cielo, ni horizonte, tan sólo un infinito intangible. Allí no había nada más que el caldo de cultivo con el que se creó el mundo primitivo.

Lasair aceleró de golpe hacia aquello como si necesitáramos un gran impulso para llegar hasta donde teníamos que hacerlo. Sentí un vértigo enorme sólo de pensar que nos estábamos precipitando al vacío. Me gustaría decir que me quedé prendada con cada detalle de ese trance, pero la verdad es que cerré los ojos con fuerza y no fui capaz de volver a abrirlos hasta que el piloto de esa patera me dio un golpe en el hombro.

Lasair.— ¡Por los cuatro dioses! Han debido de mandarte a esta misión para deshacerse de ti. Abre los ojos de una puta vez.

Y lo hice, sólo para encontrarme con un desierto de tierra árida y algunos rastrojos. Por lo menos hacía calor.

[1] Es un arma de origen japonés. Su forma básica es la de una daga sin filo pero con una aguda punta y con dos largas protecciones laterales también puntiagudas unidas a la empuñadura.
[2] Complejo dentro del recinto real compuesto por geodomes de madera donde habitan las clases altas del ejército de Fuego.

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