Edén

Acali.— ¿Esto es el Edén?

Lasair.— Eso parece.

Acali.— Pues menuda mierda. Me imaginaba que el mundo de los mimados sería más bonito. Aquí no hay más que polvo.

Lasair.— Este mundo es muy basto, seguramente hay zonas diferentes. Salgamos, Aire nos está esperando.

A nuestra izquierda, entre la nube de polvo que se había levantado a causa de nuestra llegada, se vislumbraba otro coche parado de color blanco, y a su lado, dos sonrientes hombres que nos miraban con los ojos llenos de curiosidad, seguramente una parecida a la mía. Eran inconfundibles, dos individuos clásicos de su raza: pelo plateado, ojos grises casi traslúcidos, complexión delgada, con una altura ligeramente inferior a la de mi raza, pero un par de centímetros superior a la mía, rondarían el metro setenta y cinco. Rasgos angulosos, y su ropa se componía de unos pantalones holgados y unas camisetas ajustadas de tirantes con capucha. Yo creo que deberían hacerse mirar el vestuario.

Bóreas.— ¡Saludos! Llevamos un rato esperándoos. Nos alegramos mucho de que por fin hayáis llegado. 

Mi hermano y yo nos miramos y sonreímos. Nos habían contado que los especímenes de Aire siempre parecían contentos, pero no habíamos alcanzado a comprender hasta qué punto eso era cierto. No sé por qué siempre pensamos que sería un mito.

Bóreas.— Yo soy Bóreas y mi compañero es Enlil. Estamos felices de conoceros, y deseando trabajar en un proyecto común.

Vale, aquello era demasiado. Me reí.

Lasair.— Esta es mi hermana, Acali, y yo soy Lasair. Estamos aquí por obligación y deseamos acabar cuanto antes con esto para regresar a casa.

Bóreas.— Supongo que cualquier motivo es bueno y válido para hacer lo que nos han pedido. 

Lasair.— Y Agua no ayuda. Llega tarde. 

Enlil.— Están llegando, ¿no los sientes?

Observé cómo aquel extraño personaje cerraba los ojos e inspiraba con fuerza como si intentara detectarlos con el olfato cual perrillo. Si no estuviera a mi lado Lasair, yo también lo hubiera probado, pero su ceño fruncido me detuvo. Ya era la rarita, no quería darle más excusas para mofarse. El otro individuo señaló un punto con el dedo índice. Sólo se distinguía una pequeña nube de polvo en la lejanía pero con el paso de algunos minutos, la forma de un vehículo azulado más alto que los nuestros, comenzó a acercarse a toda velocidad hasta detenerse justo enfrente de nosotros. Lasair desenfundó sus sai y se cruzó de brazos sin hacer esfuerzo alguno por ocultar las armas. Yo, sin embargo, me apoyé en la tapa roja que mantenía encerrado nuestro equipaje, y esperé revisando las puntas de mi cabello a que bajaran de una vez. La paciencia no era una característica de los míos precisamente.

Enlil.— ¡Bienvenidos!

Lasair.— Creíamos que os habíais perdido.

Erie.— Lo hemos estado gracias a las coordenadas que tu reina se ha encargado de enviarnos a última hora con la ubicación de la reunión. Por suerte, el tufo a chamusquina nos ha traído hasta vosotros sin mayor dificultad.

Lasair.— Debéis de tener el portal estropeado o quizás no sepáis meter unos datos tan simples como unas coordenadas.

Bóreas.— La espera no ha sido larga, lo importante es que estamos todos aquí.

Lasair.— Lo mejor será dividir el terreno a investigar para que nos podamos poner manos a la obra lo antes posible. 

No quería hacerlo, pero no podía evitarlo. Me era completamente imposible dejar de mirar de reojo a aquellos dos hombres exactamente iguales, y no precisamente de la manera belicosa en la que lo hacía Lasair. Eran fascinantes. Hasta ese momento, el ser más alto que conocía había sido mi madre y aquellos hombres eran más altos que ella. La espalda de mi hermano era ridículamente pequeña a su lado, casi como si estuvieran enfrentados un niño y un hombre adulto. La piel era pálida y los ojos de un azul tan claro e intenso como el del cielo que ahora mismo nos cubría. Ese era el primer día que veía el color azul en vivo sin ser en una hoja de papel, y nunca me hubiera imaginado que pudiera ser tan bonito como el tono que tenían sus ojos. Cuando había estudiado a Agua, el color azul me había parecido frío e insulso. No tenía ni idea de lo equivocada que estaba. Verdaderamente podría resultar muy cálido. 

Bóreas.— Todo hubiera resultado más sencillo si hubiéramos podido ponernos en contacto antes. Ya tendríamos claro por dónde empezar.

Lasair.— Es muy sencillo. Cada uno que busque a los de su elemento y que pregunte.

Marneus.— Si nuestros reyes hubieran querido eso, habría bastado con esperar los informes. Lo que nos puedan contar los nuestros, no es suficiente.

Enlil.— Agua tiene razón.

Lasair.— Claro que Agua tiene razón. Su palabra es ley por estos lares, ¿no?

Bóreas.— Dejemos de discutir y pongámonos de acuerdo. ¿Qué habíais pensado vosotros?

Uno de los rubios sacó de un compartimento del coche un mapa enorme en el que estaba representado todo el Edén. ¡Por fin algo que no era la primera vez que veía! En un mapa muy parecido a ese, fue donde conocí de primera mano cómo era el hasta ahora aborrecido color azul. Me acerqué para ver qué era lo que aquel hombretón tenía que explicarnos. ¿Qué otra cosa podía hacer? Lasair parecía tan ofuscado con sus simples presencias que no tenía pinta de que fuera a escuchar los planes que habían preparado para hacer el trabajo, y dado que nosotros no habíamos organizado nada, excepto quizás una brillante improvisación, tener alguna clase de plan de acción me parecía una fantástica idea. Ya teníamos fama de cabezas huecas, no hacía falta que les diéramos la razón tan pronto. Que se esforzaran un poco para descubrirlo por sí mismos.

Erie.— Los puntos conflictivos que han tenido más actividad son: el Himalaya, el Cuerno de África y la falla de San Andrés.

El rubio señaló con seguridad los tres puntos a los que se refería en el pliego. Qué manazas tenía el bicho…

Erie.— Formaremos tres grupos de expedición y cada pareja se desplazará hacia uno de ellos. Una vez allí, nos encargaremos de localizar a las embajadoras de Tierra que estén destinadas en esos puntos. Con mucha discreción estudiaremos sus movimientos hasta averiguar qué es lo que hacen para provocar las catástrofes.

Lasair.— ¿Y ya está? ¿Seremos meros observadores únicamente?

Marneus.— No nos han enviado para iniciar una guerra. Estamos aquí para ver y oír. Cuando descubramos lo que está ocurriendo, se decidirá cómo actuar consecuentemente. 

Erie.— ¿Es que no os lo ha contado vuestra reina?

Lasair.— Me enseñaron a aplastar a mis enemigos desde el nacimiento. No hace falta que mi reina me explique las cosas dos veces para saber qué tengo que hacer. No pienso quedarme de brazos cruzados si veo que esas frígidas…

Marneus.— No eres quién para juzgar, Fuego. Ninguno de los presentes lo somos, así que recabemos la información y llevémosla a quien sí lo es para que lo haga con tino.

Lasair.— ¿Eso quiere decir que si te atacan vas a quedarte mirando?

Marneus.— No habrá posibilidad. Al contrario que vosotros, nosotros sabemos ser discretos.

En ese punto discrepaba. Con el tamaño de esos hombres era difícil ser discreto, aunque mi pelo era como una antorcha en la noche, así que decidí quedarme calladita; yo tampoco era invisible precisamente, pero bien es cierto que el pelo es más sencillo de ocultar que el tamaño. ¿Cuánto medirían? No me parecía que bajaran mucho de los dos metros. Dos metros de hombres musculosos y bien hechos. Quizás debería de intentar dejar de mirar a mi enemigo como si fuera mi plato de comida favorito, quizás. Pero para esto también tenía excusa, definitivamente no era mi culpa tener una naturaleza libidinosa, me parió mi madre, y mucho menos era responsable de tener buen gusto, así que deseché la culpabilidad. Hasta ahora, recrearse a gusto no había matado a nadie, o puede que sí, pero en cualquier caso por la discusión que estaban manteniendo con mi hermano, no tenía la sensación de que me fueran a atacar por hacerles un buen escrutinio. 

Lasair.— ¿Qué os hace pensar que no se darán cuenta? Sentirán que estamos cerca antes siquiera de tener contacto visual.

Los dos seres de Agua se miraron el uno al otro. Cualquiera podría decir que se acababan de dar cuenta del pequeño detalle que había comentado Lasair, pero un ligero atisbo de sonrisa en los labios de uno de ellos me decía que no era así. Parecían listos para cualquier eventualidad que pudiera surgir, parecían tener todo bajo un control muy calculado.

Erie.— Por eso las parejas no se formarán del mismo elemento.

Lasair.— Eso es impensable.

Erie.— Efectivamente. Si advierten dos elementos dispares no sospecharan que las estudiamos, ¿en qué cabeza cabe que trabajemos juntos? ¿Quién sabe lo que puede ocurrir si juntas a Agua y a Fuego?

Acali.— Yo lo sé. Que se genera humo. Un humo muy negro, y si nos juntamos, todo terminará negro.

Los gemelos se giraron para mirarme a la vez como si se acabaran de dar cuenta de mi presencia. Después de todo, al parecer mi pelo sí que podía pasar desapercibido.

Marneus.— Por nuestro bien tendremos que procurar que eso no ocurra. Tierra es poderosa y no sabemos cuán numeroso es el grupo que nos podamos encontrar. Ser discretos es vital.

Acali.— Viajando con uno de vuestro elemento, esas hembras gigantes son lo que menos me preocupa.

Marneus.— No tengo intención de hacerte daño, si es a eso a lo que te refieres. 

Acali.— Ni remotamente. Lo que me inquieta es que en veinticuatro horas juntos podamos provocar una hecatombe peor que la que hemos venido a prevenir. No sé si os habéis percatado, pero no nos llevamos demasiado bien.

Bóreas.— Encontrar una equilibrada armonía es fácil si no se está pendiente constantemente de lo que representa el alma del que tienes al lado. Las relaciones amistosas se forjan simplemente siendo un poquito tolerante.

Definitivamente Bóreas era demasiado zen, confiado en exceso, algo que yo en mi mundo no había conocido nunca. Mi hermano rio por lo bajo. Al igual que a mí, las palabras del ser de Aire le debieron de parecer surrealistas. 

Erie.— No creo que la armonía sea factible, pero la tolerancia sí. Sólo desempeñamos un trabajo, no hay que ser amigos.

Lasair.— Acali tiene razón. Aunque a mí sí me preocupa cerrar los ojos con uno de vosotros al lado.

Marneus.— Como bien has señalado antes, de no hacerlo así nos detectarían enseguida. No hay más posibilidades.

Enlil.— Pues parece que sólo queda dividirnos y adjudicar qué zona nos toca a cada uno.

Lasair.— Está bien. Ya que esta genial idea ha sido vuestra y nos obligáis a tragar con ella, lo justo es que seamos nosotros los que primero elijamos compañeros de viaje.

Los tendones de la mandíbula de uno de los rubios se tensaron hasta marcarse bajo su piel. Era obvio que no le hacía ni pizca de gracia darnos esa mínima ventaja. Mi hermano favorito había sido muy pícaro por una vez.

Lasair.— Yo iré con don Feliz Todo Me Parece Bien.

Lasair señaló con el mentón a Bóreas, que le dedicó una sonrisa. Sólo tardé unos instantes en darme cuenta de lo que eso significaba. ¡El muy cabrón me había ofrecido en bandeja a los lobos! Unos lobos muy sexis, pero lobos al fin y al cabo. No sabía si estar contenta o aterrada. De lo que estaba segura era de que estaba indignadísima y lo más preocupante de todo es que no lo había visto venir. Tendría que habérmelo olido nada más oír que nosotros elegíamos primero.

Marneus.— Me parece una idónea decisión. A fin de cuentas, todos sabemos que en vuestra raza el peligro potencial lo posee la hembra. 

No pude evitar sonreír al ver la cara de cólera de Lasair. El rubito no había dicho ninguna mentira, estaba bien que alguien le recordara que, entre los dos, la más poderosa era yo, por lo menos en teoría. Era guapo y además listo. Igual el viajecito resultaba más interesante de lo que esperaba, pero seguía enfadada y me tendría que andar con mil ojos. Era verdad que me preocupaba que liáramos una buena, pero a pesar de lo que había dicho en voz alta, más lo hacía aún que me ahogaran mientras dormía. Sería una necia si me fiaba de su palabra. Éramos enemigos naturales, la chispa podía saltar en cualquier momento y aunque confiaba en mis facultades, lo cierto es que el tipo me sacaba más de una cabeza.

Marneus.— Está bien, yo iré con ella entonces. Erie, tú irás con Aire. 

Erie.— ¿Quieres elegir también destino, Fuego? 

Lasair.— Siempre se ha dicho que en África hace calor. Creo que estaré más a gusto allí.

Erie.— De acuerdo. ¿Alguna preferencia, Marneus?

Marneus.— La falla.

Erie.— Entonces nosotros iremos al Himalaya.

Enlil.— Me entusiasma la idea de ir a la India, dicen que el aire está cargado de aromas exóticos.

Erie.— Entonces todos contentos.

¿Todos contentos? A aquellos pobres y a mí poco nos habían dejado decidir.

Erie.— Si estamos todos conformes, será mejor que partamos ya. Mi grupo y el de Aire y Fuego usaremos los portales, África e India están lejos de aquí. Marneus, vosotros podéis moveros en el vehículo que hemos traído directamente; California no está lejos, es innecesario que se abra otro para eso. No creo que os lleve más de unas cuantas horas llegar en coche a vuestro destino.

«Unas cuantas horas» junto a un Agua en un habitáculo tan pequeño como lo era el interior de un coche, eran más que suficientes para armar una hecatombe con efectos a nivel mundial. Definitivamente, aquel varón, también tenía demasiada fe en aquella antinatural convivencia. Tendríamos que poner todo de nuestra parte para que aquello funcionara, y aún así, tenía mis dudas de que lo consiguiéramos, existían demasiadas tensiones y demasiados milenios de hostilidad entre nuestras especies, como para pensar lo contrario. Sólo planteármelo, resultaba pavoroso.

Con un arrojo que en realidad no sentía, abrí el portón que me había servido de asiento durante la espera y saqué de él mi petate y mis sai. Por unos segundos pensé en cargar por error con el bagaje de mi hermano. Se merecía alguna clase de castigo por haberme dejado vendida, e imaginarle vestido con mi ropa me proporcionaba un placer perverso. Pero ya andaba escasa de ropa, era innecesario agravarlo más. Se la devolvería en otra ocasión, aunque seguramente no fuera tan divertido como verle ataviado como una guerrera Fuego.

Dejé el equipaje a mis pies y observé cómo los gemelos se despedían con un apretón de brazos y Bóreas y Enlil con un abrazo cariñoso. Si no estuviera tan cabreada, igual yo misma le hubiera dedicado a mi hermano un saludo con la cabeza o algo así, pero no tenía el volcán para erupciones. Además, Lasair ya se había metido en el coche rojo, seguramente para asegurarse de que iban a ir en él en vez de en el que habían traído consigo los dos seres de Aire.

Erie.— Vigila tu espalda, hermano.

Marneus.— No sufras, estaré bien. Llámame en cuanto averigüéis algo.

Después de esa escueta pero afectuosa despedida, los dos grupos se metieron en sus vehículos y tras recorrer unos pocos metros, desaparecieron por los portales tal y como habíamos llegado, dejando tan sólo una nube de polvo y un potente estruendo.

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