Un ser llamativo

El único gemelo que quedaba, permaneció mirando al vacío. Quizás esperando que las partículas de arenilla que habían levantado los coches regresaran al suelo o tal vez ingeniando un plan para acabar conmigo o quién sabe. Era Agua, no merecía la pena intentar comprenderlos, eran raros por naturaleza.

Carraspeé para llamar su atención y con un poco de suerte sobresaltarlo, pero en lugar de eso, se giró hacia mí con tranquilidad. Iba a empezar con un: «si sigues así de quieto te convertirás en piedra», pero igual esa no era la mejor opción.

Acali.— Mi nombre es Acalima, pero todos me llaman Acali. Tú también puedes hacerlo, si lo prefieres.

Marneus.— Marneus.

Acali.— Es un placer.

De verdad lo era. Un placer para los sentidos.

Su mirada me recorrió de la cabeza a los pies para después regresar a mis ojos.

Marneus.— Eres… llamativa.

Humm… Y yo que pensaba que eso de la lujuria sólo era cosa nuestra. 

Acali.— Gracias.

Marneus.— No es un cumplido. Eres llamativa, atraes la atención y todo esto funcionará únicamente si somos invisibles.

Acali.— De nuevo, gracias. Tú tampoco pasas desapercibido precisamente. Tal vez yo debería usar una peluca y tú cortarte las piernas a la altura de la rodilla por eso de no sobresalir. 

Marneus.— El color de tu pelo no me importa. Aquí en el Edén las mujeres se tiñen el cabello de colores estridentes como el tuyo. ¿No tienes otra ropa que ponerte? 

Miré mi reflejo en el cristal delantero del coche que nos serviría de transporte. No era nada fuera de lo normal. Una fina red de cuero dorado se ceñía desde mis hombros hasta mi pubis dejando los costados al aire, y allí, se unía a un cinturón ancho que la empalmaba con una falda corta de cáñamo negro con apertura a ambos lados para facilitar la movilidad a mis piernas.

Acali.— No, no tengo nada que no sea parecido a esto. Si no te gusta puedo ir desnuda. No me importa y no sería la primera vez.

Marneus.— Tendremos que parar de camino para que te compres algo. Así no puedes ir y mucho menos desnuda. Aunque para lo que cubre tu indumentaria, decir vestida o desnuda es prácticamente lo mismo. 

Acali.— Mi ropa tapa lo indispensable para que los varones no se tiren encima de mí a mi paso. Lo de provocar está bien, pero a veces hay cosas que hacer. ¿De verdad no te gusta?

Marneus.— No. Es vulgar. Vuestro libertinaje no está bien visto en mi raza.

Acali.— Mira, Marneus. Cuando ha dicho Bóreas lo de la armonía me han dado ganas de reír, pero si tenemos que estar soportándonos un tiempo indeterminado, será mejor que como mínimo nos respetemos. A lo que tú llamas libertinaje, yo lo llamo diversión y está bien, pero tú lo dices con cierta connotación negativa que me enerva un poco, y te aseguro que no te gustaría verme echando chispas, puede ser peligroso. Si mi ropa no te gusta, te aguantas, pero si quieres comprarme más por alguna clase de ritual o fetichismo raro que tenga tu raza, no voy a poner objeciones. En la variedad está el gusto. Si te place, hasta te dejo mirar cuando la elija. ¿Me he explicado con claridad?

El tipo colocó las manos en sus caderas y resopló, después bajó la cabeza y asintió. Se le veía en una lucha interna. Me jugaba el cuello a que intentaría asesinarme con el primer vaso de agua que encontrara.

Marneus.— Me morderé la lengua e intentaré soportarte como muy bien has descrito.

Acali.— Estupendo. Igual hasta haces una aliada en el bando enemigo.

Marneus.— Eso no me interesa. Pero esto será menos desagradable para los dos si fingimos serlo.

Me reí, no pude evitarlo.

Acali.— Bueno, rubito, lo de fingir nunca está bien, ya me entiendes, pero sólo por esta vez consentiré que lo hagas.

Marneus.— Agradezco tu consentimiento, aunque no me hacía falta tenerlo. Entonces, si los dos estamos de acuerdo, pongámonos en marcha. Tenemos unos cuantos kilómetros para llegar a Santa Rosa.

Acali.— ¿Debo entender con eso que sabes exactamente dónde estamos?

Marneus.— Por supuesto. ¿Tú no?

Acali.— Lo que sé es que estamos en un sitio bastante parecido del que vengo, con la diferencia de que el cielo es azul y hay más rastrojos. 

Marneus.— ¿No sabes nada de geografía del Edén?

Acali.— Sé lo necesario, pero ya que fue mi reina la que se encargó de meter las coordenadas en el sistema de navegación del vehículo que me ha traído, no sé cómo quieres que sepa dónde estamos. Ella no es muy de dar explicaciones y yo no soy un chamán con el don de la adivinación. 

Marneus.— Estamos cerca de Spanish Valley, Utah, Estados Unidos. ¿Te ubicas?

Acali.— Más o menos.

Marneus.— Entonces somos afortunados de que sea yo quien conduzca.

Acali.— Tampoco te pavonees. Tarde o temprano hubiéramos llegado a algún lado.

Marneus.— Mejor más temprano que tarde.

Acali.— Lo de mejor lo dirás por ti. Para mí esto son como unas vacaciones. No creas que existe mucha diferencia en aguantarte a ti o a mis hermanos.

Abrí la puerta del coche y arrojé al asiento trasero mi equipaje, mis sai y me metí dentro dejando sobre mis piernas la cajita que contenía el teléfono. Un viaje largo era el momento ideal para trastear con un aparato nuevo. Instantes después fue mi nuevo compañero el que entró y arrancó el motor sin decir una palabra. El lado positivo de esta misión era que si me aburría siempre iba a tener buenas vistas para distraerme. No hacía falta que fuera hablador, con mirarlo era suficiente. 

Por fin comenzó a avanzar. No se puede decir que la carretera fuera muy ortodoxa, pero era mejor que el camino que acabábamos de abandonar, por lo menos aquella caja metálica se bamboleaba menos y me dejaba centrar la vista en la pantalla sin darme ganas de vomitar.

Marneus.— ¿Entonces no te llevas bien con tus hermanos?

Su voz grave me sobresaltó. Después de una hora de completo silencio, no esperaba que me dirigiera la palabra. Dejé el teléfono a un lado, me puse a contemplar el paisaje por la ventanilla y le contesté de manera distraída. Mis hermanos no eran mi tema de conversación favorito precisamente.

Acali.— Con algunos mejor que con otros.

Marneus.— ¿Tienes muchos?

Acali.— Muchos o pocos, depende con qué familia nos compares. Es un término muy subjetivo.

Marneus.— ¿Cuántos sois?

Acali.— ¿Me estás haciendo un sondeo para saber a qué atenerte cuando nos ataquéis? 

Marneus.— En realidad es porque creo que el viaje será más ameno si charlamos un poco y porque habíamos acordado fingir que nos soportábamos.

Acali.— Ah, te haces el simpático, ¿no?

El semidiós guapérrimo Agua sonrió abiertamente y descubrí que su sonrisa iba en consonancia con lo demás: perfectamente preciosa. Me pregunté si habría sido genuina o forzada, aunque en verdad me daba lo mismo, bueno no, prefería que fuera de verdad. No me sonreían muy a menudo y era agradable. 

Marneus.— Reconozco que quizás un poco.

Acali.— Pues no te lo hagas, si eres un rancio no tienes por qué no serlo conmigo. La simpatía y los orgasmos no deben ser de mentira. Ya te lo he explicado antes.

Marneus.— Lo tendré en cuenta en mi futuro. ¿Y bien?

Acali.— Ciento trece.

Marneus.— Ciento trece, qué.

Acali.— Ciento trece hermanos y hermanas. ¿No me habías preguntado eso?

Marneus.— ¡Ciento trece!

Acali.— ¿Tanto te sorprende? Pues eso no es nada, mi abuela al parecer llegó a los doscientos seis. Aunque al ritmo que va, puede que mi madre iguale su marca algún día.

Marneus.— ¿Y puedes recordar todos sus nombres?

Me reí. Qué cosas tenía.

Acali.— Claro, aunque mi madre no tanto. El tercero y el nonagésimo primero lo tienen repetido. Le debía de gustar mucho ese nombre.

Marneus.— No me extraña. 

Acali.— Y tú, ¿cuántos tienes además del que conozco?

Marneus.— ¿Qué te hace pensar que es mi hermano?

Acali.— ¡Venga ya! Sois igualitos, no hace falta ser una lumbrera. Algunas diferencias tendrán que haber entre hermanos que os hagan distintos al resto de los seres de vuestra especie.

Marneus.— Pocas, como en la tuya.

Acali.— Pero haberlas, las hay.

Cogí un largo mechón de mi precioso pelo anaranjado y lo sacudí para demostrar mis palabras.

Marneus.— Nosotros sólo podemos tener dos hijos. Las hembras pierden el útero en el parto.

Acali.— Vaya, suena doloroso. Sabía que parían de dos en dos a las criaturas, pero no que ahí se quedaba todo. Espero que vuestros padres no os pongan los nombres repetidos al menos.

Rio con suavidad.

Marneus.— No, dos nombres son fáciles de recordar. ¿Entonces eres de la guardia real?

Le miré de reojo. La pregunta que me planteaba no era una preguntita cualquiera. Estaba empezando a considerar en serio que tanta curiosidad fuera en verdad un estudio en toda regla. Antes había bromeado, pero ya no sabía que pensar. A lo mejor yo misma le había dado la idea. En muchas ocasiones la información era poder, de hecho, precisamente por ese motivo estábamos ahora mismo en el Edén. No quería hablar de más, si provocaba un problema, mi madre no me daría cuartel. La pena por traición era la muerte. Confirmarle que era de la guardia real era lo mismo que decirle que era hija de la reina.

Acali.— ¿Y tú?

Marneus.— No exactamente.

Acali.— ¿Qué clase de respuesta es esa? Será o sí o no.

Marneus.— Si tengo que elegir, diré que no.

Acali.— O sea que sí.

Marneus.— Defender al rey no es mi deber principal, así que no.

Acali.— El principal no, pero sí uno de ellos… ¡Eres uno de sus dos hijos! Vaya, es todo un honor.

Había que tener valor para mandar a sus hijos al Edén sin saber qué se podrían encontrar, y más aún para dejarles con el enemigo a solas. A pesar de que mi madre había hecho lo mismo, ella tenía más hijos y la capacidad para crear más. Ellos sólo tenían los dos hijos a los que había conocido. Si les pasaba algo estarían en aprietos, lo que significaba que los creía con la suficiente capacidad para defenderse sobradamente. De repente le tenía un creciente respeto. Era fascinante.

Marneus.— Eres más lista de lo que aparentas.

Acali.— Gracias, supongo. ¿Eres tú el que es capaz de crear agua o es el seco de tu hermano?

Marneus.— Me preguntas si soy el primogénito.

Acali.— Exacto.

Marneus.— Lo soy.

Acali.— Procuraré no hacerte enfadar.

Marneus.— ¿Y tú, qué lugar ocupas dentro de los ciento trece?

Acali.— El vigésimo primero.

Marneus.— Entonces tú no eres la que genera fuego.

Acali.— No, no, qué va. Esa es Tambora. Ella es la que hace los fuegos artificiales.

Giró la cabeza de nuevamente para mirarme con una enorme sonrisa.

Marneus.— Guardia real.

Mecachis. 

En vez de devolverle la sonrisa, le dediqué una mirada con los ojos entornados y cara de mala baba. Me la había jugado bien.

Marneus.— Supongo que eso es todo lo que necesitaba saber. Gracias por la información.

Acali.— Ya me parecía a mí que eras demasiado majo. Quiero que sepas que, aunque no tenga la capacidad de crear fuego, con una cerilla sería capaz de evaporarte igualmente. No sé mucho del Edén, ni me han enseñado todo lo que tendría que conocer sobre vuestra raza. Desde niña me han adiestrado para saber aniquilaros sin tener que detenerme a pensar cómo hacerlo, cosa que contigo, con todos tus deberes de legítimo descendiente, no habrán hecho. Puede que no sea Tambora, pero no me temblará la mano si tengo que devolverte un ataque.

Marneus.— Considérame informado.

Volví a recuperar el teléfono para retomar lo que había dejado a medias. Había un icono rojo con un triángulo blanco que me llamaba poderosamente la atención. Igual lo que escondía era capaz de quitarme el sentimiento de culpabilidad.

Lo hizo y de qué modo. No sabía que los humanos hubieran sido capaces de crear algo tan maravilloso como el cine. Unas películas llamadas Vaiana y El hombre de acero fueron mis primeras víctimas, pero estaba convencida de que habría muchas más. Ojalá no fueran de ficción, ojalá la humanidad escondiera a un hombre como Superman de verdad.

Cuando estaba a punto de empezar la siguiente, el coche se detuvo. Alcé la vista para encontrarme un edificio de dos plantas que sólo tenía puertas y ventanas intercaladas matemáticamente y unas barandillas de madera larguísimas. Aquello no se parecía en absoluto a lo que había estado viendo. Yo me imaginaba altos edificios de cristal, acero y hormigón, como los de Metrópolis.

Acali.— ¿Ya hemos llegado?

Marneus.— No. Aquí haremos la primera parada solamente. En algún momento habrá que dormir. Vamos, baja.

Lo obedecí, más por estirarme que por darle el gusto, y caminamos juntos hasta la única habitación que era diferente y tenía la luz encendida. Allí, un hombre y una mujer de mediana edad nos dieron la bienvenida de manera muy seca. No parecía que les hubiera hecho gracia que los distrajéramos de hacer lo que estuvieran haciendo.

La señora me miró de arriba abajo varias veces con la cabeza alzada y el gesto torcido, pero enseguida lo cambió al dirigirse a mi nuevo compañero. Estaba claro que Marneus le gustaba más que yo.

Mary.— ¿En qué puedo ayudarle?

Marneus.— Buenas noches, estamos buscando una habitación para pernoctar.

Mary.— No nos quedan.

Marneus volvió la cabeza hacia la puerta. Allí fuera sólo se veía nuestro coche y un cartel luminoso con lo que parecía ser el nombre del edificio.

Thomas.— ¿Qué estás diciendo, Mary? ¿La van a querer en la primera planta o en la baja? 

Mary.— He dicho que no hay habitaciones.

Thomas.— ¿Nos disculpan?

Sin esperar una respuesta, los humanos se fueron a una habitación que estaba justo detrás del mostrador y que tenía como puerta una cortina de cordones, de esas que se usan para intentar evitar que entren insectos indeseables. Seguramente buscaran un poco de privacidad para discutir, pero con aquellas infraestructuras del pleistoceno y las voces que pegaba la señora, no hacía falta ser un semidiós de oído muy fino para enterarse de cuál era el problema.

Thomas.— ¿Qué ocurre? ¿Por qué demonios no quieres que se alojen?

Mary.— Este motel lleva en manos de mi decente familia tres generaciones.

Thomas.— No irás a hablar de tu abuelo otra vez, ¿verdad?

Mary.— Y nunca jamás se ha dejado entrar a gente que haga malos usos de él. ¡Tenemos principios!

Thomas.— Lleva sin entrar una sola alma una semana, Mary. ¿Es que a partir de ahora nos vamos a alimentar de aire y no lo sabía?

Mary.— No voy a dejar que esto se convierta en un picadero ni tampoco que se llene de fulanas y pervertidos. Ni hablar.

Thomas.— ¿Qué más te da lo que hagan? Lo que te tiene que importar es que lleven dinero encima.

Mary.— He dicho que no, Thomas. Si tus padres te hubieran dejado un motel en herencia podrías hacer lo que te viniera en gana, pero es mío, mío. Quiero un motel decente como lo dejaron mis abuelos.

Thomas.— Nos vas a mandar a la ruina con tu puritanismo, Mary. 

Marneus me miró y señaló la puerta por la que salían las voces de los humanos. No entendí por qué. Después respiró profundamente y carraspeó para llamar la atención de la pareja que salió tres segundos después.

Marneus.— Hemos hecho un largo viaje y estamos algo exhaustos, ¿hay un hueco para nosotros o seguimos el camino?

Thomas.— Nos tendrán que perdonar, pero…

Mary.— Este es un sitio honrado, no queremos ni adúlteros ni fulanillas de tres al cuarto. 

¿Cómo que de tres al cuarto? De ser una fulanilla sería de las de caché. ¿Qué se había creído el parásito este para insultarme? Mis manos se empezaron a calentar. En pocos minutos ese sitio únicamente serviría para hacer barbacoas.

El tal Thomas, visiblemente nervioso, sacó un cilindro de papel de una caja metálica y un mechero. Era lógico, con la señora que tenía al lado no me extrañaba que quisiera prenderla fuego, el hombrecillo este era de los míos.

Justo cuando se disponía a girar la ruletilla, Marneus estiró el brazo y le detuvo.

Marneus.— Señor, yo si fuera usted no encendería eso ahora mismo.

Aguafiestas.

Marneus.— Señora, créame si le digo que entiendo lo que le puede parecer, de verdad. Almira es mi esposa. Vamos de camino a una convención en Las Vegas y por eso va vestida así.

Thomas.— ¡Ah! ¿Una convención de esas de gente rara?

Marneus.— Exacto.

Mary.— Las Vegas queda lejos. ¿Por qué no ha esperado a llegar allí para vestirse como una buscona?

Marneus.— Está ansiosa, ¿verdad, cielo mío?

Acali.— No sabes hasta qué punto.

Marneus.— Pero no se preocupen, continuaremos el viaje. Ya encontraremos otro sitio donde pasar la noche. Sólo se lo quería explicar para limpiar el buen nombre de mi mujer; no se merece este trato. Disculpen las molestias. Buenas noches.

Se giró y se encaminó a la puerta de salida tras hacerme una seña para que le siguiera.

Mary.— Esperen, esperen. Mis más sentidas disculpas, no pretendía ofender a su esposa. No estoy acostumbrada a estas historias de los jóvenes y al verla así…

Thomas.— Les asignaremos nuestra mejor estancia.

Marneus.— Se lo agradezco mucho. Estamos muy cansados. ¿Te parece bien, Almira?

Iba a grabarle mi nombre a fuego en la frente. ¿Almira? ¿En serio?

Acali.— Si no queda otro remedio…

Marneus.— ¡Nos quedamos!

En cuanto dijo esas dos palabras, los dos humanos se pusieron a trabajar con un montón de papeles mientras iban haciendo preguntas y pidiendo más información a mi compañero. No tardaron más de diez minutos. Diez minutos que se me hicieron eternos, hasta que por fin nos dieron una llave con un pesado llavero en el que estaba grabado el número ciento uno.

Tras dedicarles un agradecimiento que no se merecían, salimos a la oscuridad de la noche para dirigirnos a unas escaleras que llevaban a la planta alta.

Acali.— Me llamo Acalima, por cierto. A-ca-li-ma. No es tan complicado.

Marneus.— Tu nombre es raro hasta para los de tu elemento. No digamos cómo les debe sonar a los humanos. Almira ha sido lo primero que me ha venido a la mente que pudiera sonar parecido, además, en árabe significa princesa, que es lo que eres.

Acali.— Está bien. Puedes utilizar Almira para los humanos, pero te aviso que si me llamas así no contestaré.

Marneus.— Entendido.

Acali.— Y otra cosa, ¿qué es una convención?

Marneus.— Es un evento en el que se reúnen personas para tratar un interés o intereses comunes.

Acali.— ¿Y una esposa? Porque no he entendido cómo es que pueda ser yo un grillete.

Marneus.— Una esposa es la hembra con la que se unen tras celebrar un rito de carácter sagrado que se efectúa con el objetivo de formalizar una relación. En la mayoría de las culturas, se tratan de alianzas monogámicas y se realizan con la intención de que duren todas sus vidas. ¿No os unís así en Fuego?

Me reí. Aquello era un completo disparate. ¿Unirse de manera sagrada? ¿Sólo con un ser? ¿Para toda la vida? Menuda estupidez, ¿a quién le gustaría algo así? ¿Quién querría condenar su existencia por tal monotonía? Es de insensatos tan sólo plantearselo, por no mencionar, lo antinatural que resultaba. Ninguna especie animal realizaba ceremonias de aquella especie, no comprendía por qué los seres humanos que tan sólo eran una más de las que habitaban en el Edén, hacían aquella estupidez. ¿No eran ellos precisamente los que presumían de inteligencia?

Acali.— Nuestras uniones son más placenteras que sagradas, y por supuesto no son siempre con el mismo. Ya te lo dije, en la variedad está el gusto.

Marneus.— No voy a discutir sobre esto contigo, pero creo que os equivocáis si al pensar que la cuantía es más satisfactoria que la intensidad. Venga, subamos a ver nuestros aposentos.

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