Primeras veces

La habitación tenía tan mala pinta como aparentaba el edificio por fuera. No podía ser más simple: una cama, dos mesillas, un mueble bajo y dos puerta al fondo. 

Además estaba ese olor. Un hedor acre de habitación cerrada llena de polvo que daba ganas de dejar fuera de la alcoba la pituitaria amarilla. Lo que fuera que saliera de aquel suelo enmoquetado se podía hasta mascar.

Acali corrió las cortinas y abrió la ventana de par en par antes siquiera de que su compañero llegara a abrir la boca. Parecía bastante abstraído mientras observaba todo hasta que por fin su vista se clavó en la cama. No era de extrañar, viendo la alcoba, no se podía esperar nada bueno de lo que encontrarían bajo las sábanas.

Marneus.— No te acomodes todavía. Pediré que nos cambien de habitación. 

Acali.— Te entiendo, pero ¿de verdad quieres pedir otro cuarto? Supuestamente este es el mejor. En cuanto se ventile un poco se podrá respirar.

Marneus.— La peste no me inquieta.

Acali.— ¿De verdad? Debes de tener la nariz de adorno.

Marneus.— Sólo hay una cama.

Acali.— Sí. ¿Cuál es el problema?

Marneus.— Pues ese, únicamente hay un lecho y somos dos.

Acali.— No sufras, resistiré la tentación de achicharrarte mientras duermes.

Marneus.— Sin intención de ofender, no he esperado tantos años para que seas tú la primera con quien comparta el sueño. 

Acali.— No me ofendes. Y déjame decirte que has hecho bien. Dormir junto a alguien es una tortura. Es preferible hacer lo que se tenga que hacer y después cada uno a su casa. No hay problemas con las sábanas, ni con los almohadones. Odio que invadan mi almohada.

Marneus.— Por fin estamos de acuerdo en algo. Bajemos. Seguro que tienen algún aposento con dos catres.

Acali.— No he dicho que esté conforme con el cambio. He dicho que estoy de acuerdo con tu opinión respecto a lo de compartir lecho.

Marneus.— ¿Qué diferencia hay? Si no hacemos lo primero, tendremos que apechugar con lo segundo.

Acali.— No sé absolutamente nada de uniones sagradas, pero no hace falta saber mucho para imaginar que si algunos insensatos están unidos de esa manera, seguro que duermen juntos.

Marneus.— Sí, pero tú y yo no lo estamos.

Acali.— Pero la señora que está abajo, la misma que no quería que nos hospedáramos porque creía que eras un adúltero, cree que sí. Al fin y al cabo, tú fuiste el que me llamó esposa Almira. Por cierto, me tienes que explicar qué es un adúltero. La mujer parecía indignadísima, y eso que no sabe lo que eres de verdad: un tempanito de muy buen ver, pero un tempanito al fin y al cabo.

Marneus.— En realidad el problema lo tenía contigo y esa ropa que llevas puesta.

Acali.— ¿Entonces yo soy el adultero?

Marneus.— No, tú eras la… Bueno, es indiferente. Bajemos a solicitar otra habitación que tenga dos camas.

La mujer se paseó por la habitación para curiosear lo poco que había en ella. Enseguida le llamó la atención el teléfono fijo que había sobre una de las mesitas de noche. Descolgó el auricular y se puso a pulsar varios números al azar para observar qué sucedía. Cuando comprendió de lo que se trataba, volvió a unir las dos mitades del terminal y siguió paseándose ignorando completamente los deseos de Marneus. 

Acali.— Baja tú. Yo ni muerta me pienso meter en otro sito presuntamente peor que este antro. 

Marneus.— No pienso dejarte sola.

Acali.— Estaré bien. No sufras.

Marneus.— Sé que tú estarás bien. Me preocupa la señora y el resto de la humanidad. A saber qué harás si te pierdo de vista.

Acali.— Hoy, dormir. Mañana, puede que algo más interesante. Pero si no te fías, ya sabes a qué atenerte. O conmigo o al suelo. 

A través de la ventana abierta llegó el tintineante sonido de la lluvia. Acali no tardó en acercarse a comprobar qué era lo que pasaba. Miraba al suelo alucinada para inmediatamente después, volver sus ojos hacia el cielo y reír a carcajadas.

Acali.— ¡Está lloviendo! ¿Esto lo has hecho tú? ¡Te has enfadado!

Marneus.— Minas mi paciencia.

Acali.— Esto es estupendo. Me acabas de dar una excusa más. Ahora sí que no salgo fuera ni de broma. Antes muerta que mojada.

Marneus.— ¿Es que nunca os laváis en Fuego?

Acali.— Me ofendes. La lava caliente es el mejor desinfectante. Entonces nos quedamos, ¿no?

Marneus tensó la mandíbula hasta que se marcaron los tendones bajo la piel como cuerdas y Acali sonrió para sí misma. Parecía haberse dado cuenta de que ese gesto era una de las pocas pistas que le delataban cuando estaba enfadado.

Acali.— Estupendo. ¿Qué te parece si seguimos explorando? A no ser que detrás de esas puertas haya un universo paralelo, no nos puede quedar mucho por ver. Igual hasta tienes suerte y hay otra habitación con una cama.

Estúpidamente la mecha de la esperanza se encendió en él. No era ningún disparate que detrás de alguna de esas puertas hubiera otra habitación completa. Su idea de encontrar un lugar donde alojarse no incluía dormir en el suelo, ni tampoco una compañera de sábanas. Por ese motivo precisamente había evitado dormir en el coche. 

Ambos abrieron las puertas simultáneamente, pero aquel movimiento coreografiado terminó de un plumazo con su anhelo. Detrás de ella tan sólo encontró una barra metálica con tres perchas cochambrosas colgando precariamente. Desanimado ante la expectativa que se presentaba frente a él, dejó caer la frente sobre la moldura y comenzó a negar con la cabeza. De saber que la misión iba a comenzar así, le hubiera cedido a su hermano la responsabilidad de cargar con un compañero Fuego, por lo menos para él no hubiera sido la primera vez en compartir lecho.

Se volvió dispuesto a preparar un camastro sobre la moqueta cuando escuchó el grito desgarrador de su compañera. Sin pensarlo dos veces se abalanzó sobre el hueco que había dejado la puerta abierta. No creía que fuera posible que se hubieran enterado de su presencia, o por lo menos no tan pronto.

Acali sacudía las manos fuera de sí. Parecía que intentaba detener el ataque de un enemigo que él no conseguía ver. Tardó unos instante en darse cuenta que con quién luchaba, no era otra cosa que con la alcachofa de la ducha que bailaba sobre el suelo por culpa de la presión del agua que arrojaba. 

Marneus.— Cálmate y estate quieta.

Pero sus consejos parecían caer en saco roto. La guardia real de Fuego estaba en estado de pánico y no paraba de protegerse con las manos y removerse de un lado a otro, haciendo que su intento de agarrar la regadera resultara imposible. En una de esas tentativas, ambos tropezaron convirtiéndose en un revoltijo de piernas y brazos resbaladizos e inútiles. Afortunadamente, la caída hizo que la alcachofa quedara atrapada bajo su espalda permitiendo que por fin la pudiera sujetar.

Marneus.— ¡Cierra el maldito grifo!

Acali.— ¿¡Qué grifo!?

Marneus.— ¡Esa ruleta de ahí, la que has abierto justo antes de decidir convertir en un lago el cuarto de baño!

Milagrosamente, Acali le hizo caso aunque no sin esfuerzo. No dejaba de resbalarse y el tembleque que tenía en las manos no ayudaba a la faena. 

Acali.— ¿¡Es que quieres matarme!? ¡Maldito bastardo, sabía que no me podía fiar de ti!

Marneus.— ¡Ahora mismo me gustaría matarte, desde luego! Pero no he sido yo quien ha abierto el grifo. 

Acali.— ¿Quién sino me iba a atacar con agua? ¿Crees que nací ayer? Has aprovechado la mínima oportunidad para arrojarme esta mierda líquida.

Marneus.— ¡Tú! Tú solita has sido. Deberías colocarte la etiqueta de suicida. ¡Estás loca!

Acali.— Sí, debes de pensar que estoy desquiciada si crees que me voy a tragar tu excusa.

Marneus.— ¡Maldita sea, mujer! Arrojar agua es lo que hace esto. Has girado el grifo y como tenía que pasar, ha salido agua.

Acalima cerró la boca de golpe y con cuidado de no resvalarse se puso de pie. No dejaba de observar las palmas mojadas de sus manos con una curiosidad evidente.

Acali.— Pensé que se trataba de otra clase de teléfono como el que hay en la habitación principal.

Marneus.— Haznos un favor y deja de curiosear. Si te surge alguna duda, pregúntame.

Acali.— Gracias por el ofrecimiento, pero soy autodidacta. Me gusta aprender solita.

Marneus.— Ya he podido oír lo mucho que te ha gustado esta lección. Si no llego a estar aquí…

Acali.— No te regodees. 

Marneus.— ¿Te puedo hacer una pregunta, Acalima? ¿Por qué te han enviado a ti para cumplir esta misión? Es obvio que no estás preparada. 

La mujer permaneció en silencio y con toda la dignidad que pudo reunir, estiró el brazo hacia él para ayudarlo a que se incorporara. Había algo que no le quería contar y aunque lo más conveniente sería presionarla para que lo confesara, decidió dejarlo correr. No podía evitar sentir un pequeño atisbo de lástima por ella, así que simplemente aceptó la ayuda y se puso en pie.

Marneus.— ¿Te encuentras bien?

Acali se encogió de hombros y volvió a mirar sus manos.

Acali.— No duele.

Sonrió. En ese momento parecía tan inocente y vulnerable que le inspiró ternura. Acali tenía muchas cosas por las que temer y más siendo su compañera, pero cuatro gotas de agua no era una de ellas. Había sentido tal terror que había sido incapaz de reaccionar como era debido y se veía en la obligación de liberarla de ese miedo absurdo, así que tomó el cabezal de la ducha con firmeza y volvió a abrir el grifo.

Marneus.— Puedo imaginarme lo que te han contado acerca del agua, pero te prometo que no hace daño.

Acali.— Ciérralo.

Marneus.— No. Dame tu mano, Acalima. Déjame que te lo muestre.

En sus ojos se reflejaba un mar de dudas, pero finalmente le tendió la mano. Con precaución la colocó debajo de los chorros.

Marneus.— ¿Lo ves? No tienes por qué tener miedo.

Acali.— No tengo miedo.

Marneus rio en voz alta. Hacía mucho tiempo que no le decían una mentira tan absurda y evidente.

Marneus.— No, por supuesto que no.

Acali.— Es agradable.

Marneus.— Más que meterse en un mar de lava, seguro.

Acali.— ¿Es igual en el resto del cuerpo?

Marneus.— Exactamente igual. ¿Te gustaría probarlo?

Acali.— No estoy segura.

Marneus.— Hazlo. Estaré fuera.

Salió del cuarto de baño para dejarle un poco de intimidad. Tal vez debería haberle explicado que se tenía que meter dentro de la bañera para lavarse, pero ya le había dejado claro que le gustaba experimentar por sí misma. Con toda seguridad perderían la fianza que les habían obligado a pagar.

Quitó una de las almohadas de la cama, la sabana de arriba y tras disponerlas en el suelo se tumbó sobre la moqueta y se arropó. No creía que un ser de Fuego tuviera que estar muy arropado.

No quería dormirse hasta que su nueva compañera saliera de la ducha, temía que saltara por la pequeña ventana y fuera a cobrarse la ofensa de Mary, pero cada vez le pesaban más los ojos y no dejaba de oír el agua correr.

Marneus.— Acalima, ¿te estás desquitando por todos estos años sin baño o qué? Va a amanecer y no hemos pegado ojo.

Acali.— Ya salgo. Duérmete si te apetece.

Por fin el sonido cesó, tendría que haberle dicho que terminara hacía una hora. Un par de minutos después, la puerta se abrió y apareció Acali, esta vez sin la poca ropa con la que había entrado. Estaba completamente desnuda. No pudo evitar el sonrojo como tampoco pudo impedir recorrer el esbelto cuerpo con la mirada antes de sentarse y girarse para darle la espalda.

Marneus.— ¡Por los cuatro dioses! ¿Quieres ponerte algo, mujer?

Acali.— ¿Qué te pasa, rubito?

Marneus.— ¿Que qué me pasa? ¡Estás desnuda!

Acali.— La nariz te funciona de pena, pero la vista mejor que la de un halcón. 

Marneus.— Vístete. 

Acali.— No puedo, mi ropa está mojada y no he sacado el petate del coche. Además, así estoy cómoda.

Marneus.— Pero yo no.

Acali.— Ni que nunca hubieras visto a una hembra desnuda.

Marneus.— Jamás lo he hecho, has acertado.

Acali.— ¡Anda ya! ¿Acaso cuando fornicáis lo hacéis vestidos? 

Marneus guardó silencio. No quería darle explicaciones. Por lo que había podido comprobar, no era ninguna niña. Si tanto interés mundano le inspiraba su raza, había tenido años para estudiarla tal y como lo había hecho él con la suya.

Acali.— ¿O es que tampoco hacéis esas cosas? 

Marneus.— No es asunto tuyo.

Acali.— Si algo sé de los varones es que todos sois unos fanfarrones. Da igual la especie.

Marneus.— Te equivocas.

Acali.— No, claro que no. Espera… ¡Eres virgen!

Marneus.— ¿Te importaría dejar de dar gritos?

Acali.— ¡Lo eres! Jamás pensé que llegaría a conocer a alguien de tu edad virgen. ¿Cuántos años tienes?

Marneus.— Treinta y dos.

Acali.— Treinta y dos años sin catarlo. Te compadezco.

Marneus.— No hables de lo que no entiendes, Fuego.

Acali rio burlona. Si no hubiera estado desnuda, le hubiera puesto una mordaza para que dejara de parlotear.

Acali.— Está bien, ya me callo. No me gustaría que empezara a llover otra vez.

Sin volverse hacia ella, se quitó la camiseta y se la arrojó para que se la pusiera. Si Nana se enteraba de ese incidente se disgustaría muchísimo.

Marneus.— Ponte eso. No vuelvas a dejarte el bagaje en el coche y ni se te ocurra pasearte otra vez como tu madre te trajo al mundo delante de mí.

Acali.— Vaya. Te he visto desnudarte con tanto frenesí, que creía que me ibas a pedir que pusiera remedio a tu estado inmaculado.

Marneus.— ¿Tú? No me hagas reír. Vístete de una vez.

Acali.— Ya está, pesado. Me sienta bien el blanco, ¿no crees?

Se volvió a recostar y se cubrió los ojos con el antebrazo sin comprobar si decía la verdad. Pudo escuchar cómo se metía en la cama y el interruptor de la luz al apagarse. Ojalá hacerla callar fuera tan sencillo como llenar de oscuridad la habitación. 

Acali.— Marneus, si te arrepientes y te apetece ya sabes… no me despiertes.

Marneus.— Tranquila, soportaré las ganas. Duérmete.

Acali.— Por supuesto.

Cerró los ojos buscando un poco de paz y descanso, pero con aquella compañera descarada que en su infinita ignorancia había elegido, era imposible. Justo antes de escuchar un «que descanses», sintió cómo la camiseta que le había prestado hacía apenas un minuto, caía sobre su rostro con delicadeza. Volvían a estar como al principio, pero esa vez guardó silencio. De nada le serviría insistir con esa criatura.

Decir que había dormido mal, era ser generoso. No había dejado de soñar durante toda la noche, y no es que pudiera tachar esos sueños de agradables precisamente. Además, no ayudaba estar durmiendo sobre aquella apestosa moqueta. Tenía la impresión de que todos los poros de su piel se revelaban contra el tejido áspero de la alfombra. Cuando no le picaba la espalda, le picaba la pierna, o las dos cosas a la vez. Los seres humanos habían sido capaces de crear aviones y hacerlos volar, pero no se habían molestado en inventar un tejido para el suelo que guardara un mínimo de higiene.

Acali.— Si vuelvo a oír cómo te rascas, te prenderé fuego, lo juro.

Marneus.— Me alegra que ya estés despierta. Es hora de seguir.

Acali.— Es temprano aún.

Marneus.— Ya ha salido en sol.

Acali.— ¿Y? Ahora es cuando mejor se está.

Marneus.— Habla por ti. Si pudiéramos contraer enfermedades, estoy seguro de que saldría de esta habitación con un buen puñado de ellas.

Se levantó del suelo y se puso a examinar las zonas que le picaban con la tenue luz que entraba por la ventana. Resultaba un poco complicado ya que esas zonas estaban en la parte trasera de su cuerpo, justo las que habían entrado en contacto con la infernal moqueta.

Acali.— Anda, déjame que te eche un vistazo.

Marneus.— No es necesario.

Acali.— Lo es si vas a seguir rascándote y no quieres que te desayune bien asado.

Marneus.— Está bien. Acalima…

Acali.— Ya me tapo, tranquilo. Quizás deberíamos comprar ropa para mí y un hábito de monje para ti.

Marneus.— ¿Tenéis monjes en Fuego?

Acali.— Y sacerdotisas vírgenes también. ¿Por quién nos tomas?

Acali agarró la sábana con la que se había tapado Marneus esa noche y se la enrolló al cuerpo antes de levantarse y acercarse a él.

Acali.— A ver qué tenemos por aquí.

Los dedos cálidos de la mujer Fuego se posaron en su espalda y fueron deslizándose por su piel. Al principio los movimientos eran los de un examen clínico en toda regla, pero poco a poco la revisión se fue tornando en suaves y delicadas caricias que iban describiendo ondas y espirales cada vez más pequeñas según se aproximaban a sus costados. Del dorsal pasó al músculo serrato, de allí a los abdominales para terminar finalmente entre sus pectorales. Antes de que pudiera darse cuenta, sus párpados se habían cerrado abandonándose, y concentrándose únicamente en su contacto.

Acali.— Se mueve… Es realmente mágico.

Marneus.— ¿Se mueve?

Acali.— Sí. Me resulta difícil de describir. Se ondula al paso de mis dedos y juraría que se extiende. ¿Te duele?

Marneus.— No, me relaja. Es agradable. 

Una suave risa manó de los labios de Acali mientras seguía un tranquilo ascenso por las finas líneas de los tatuajes hacia su cuello.

Acali.— ¿Agradable? Viéndote, creo que agradable se queda corto.

Tardó unos instantes en entender lo que quería decir con esa frase. Unos instantes en comprender la reacción que estaba teniendo su cuerpo ante tales caricias.

Abrió los ojos de golpe y sujetó con fuerza la atrevida mano de Acalima mientras intentaba ocultar con la otra la erección que se apretaba contra su pantalón. Su ira comenzó a aparecer alarmantemente rápido. Las palabras de indignación se acumulaban en su lengua para ser escupidas con desaire cuando un simple sustantivo le detuvo haciendo que se apaciguase sin más.

Acali.— Chinches.

Marneus.— ¿Qué?

Acali.— Te han picado chinches.

Marneus.— ¿Chinches?

Acali.— Sí, ya sabes. Unos pequeños bichitos que se esconden entre las sábanas y te chupan la sangre mientras duermes, ¿no tenéis de eso en Agua? Ya sabes, se parecen bastante a los humanos pero con más apariencia de insecto. Bueno, da igual, se te pasará. Si hay algo por aquí capaz de matarte soy yo, las chinches son inofensivas.

Marneus.— Después de ver cómo te pusiste ayer con cuatro gotas, permíteme que lo dude.

Acali.— Lástima que me enseñaras que no hacen nada. ¿Tirar piedras sobre vuestro tejado es algo que hagáis habitualmente los de tu raza?

Marneus.— Te vuelvo a repetir que fueron cuatro gotas. No sé qué será de ti cuando veas un océano.

Acali.— Está bien. Hagamos un trato. Si olvidas el episodio de anoche, yo olvidaré que te ha excitado que te tocara.

Marneus.— No me ha exci…

Acali.— Ya, ya, bla, bla, bla. Cuéntaselo a otra.

Marneus.— Acalima…

Acali.— ¿Hay trato?

Marneus.— Eres una bruja, por eso…

Acali.— No hay excusas. No he hecho nada. Te he tocado y te has empalma…

Marneus.— ¡Vale! ¡Hay trato! Cierra el pico de una vez.

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