Bastones y seísmos

Las tripas me rugían. Llevaba sin meter algo a la boca desde el desayuno del día anterior y eso era demasiado tiempo. No sabía a ciencia cierta si los seres de Agua comían o no, pero a no ser que Marneus se hubiera levantado a hurtadillas entre picotazo y picotazo de chinche durante la noche, tendría que estar tan hambriento como yo o incluso más. Mover ese pedazo de cuerpo musculoso tendría que consumir mucha energía. Por mi parte, si no comía algo pronto, empezaría a roer el asiento del coche, cosa que no me seducía en absoluto.

Acali.— Estoy famélica. Podríamos detenernos para comer. ¿Tú no tienes hambre?

Marneus.— No. He desayunado bien.

Acali.— ¿Hay comida por aquí y no me lo has dicho?

Marneus.— Había una máquina expendedora justo debajo de la escalera.

Acali.— No te he visto sacar nada.

Marneus.— Si no te hubieras tirado dos horas en la ducha, te habría dado tiempo a desayunar tranquilamente como a mí. Parece que le has cogido el gusto.

Acali.— Es relajante. Además, ese teléfono de agua hace otras cosas más desestresantes todavía, aunque viendo lo visto, no creo que me entiendas.

Marneus.— Que no me haya acostado aún con mi mujer, no quiere decir que sea idiota, Acalima. 

Acali.— ¡Ah! ¿Tienes mujer? 

Marneus.— Más o menos.

Acali.— Ya sabes lo que opino del más o menos.

Marneus me estudió con recelo. Tendría que medir mejor sus palabras si pretendía que no supiera nada de su vida. Lo miré con cara de no haber roto nunca un plato y le insté con un gesto a que contestara sin perder de vista la carretera.

Marneus.— Tengo a alguien, a Nana. Pero todavía no está lista para dar ese paso.

Acali.— ¿Seguro que es por ella? No te ofendas, pero tú eres medio monje. A lo mejor te tira indirectas para que te lances y no las quieres ver. Si a mí me tienes treinta y dos años en dique seco, ya te habría mandado a hacer gárgaras. Madre mía, pues sí que dais vueltas para echar un polvo.

El rubio rio en voz alta. No sé qué le podía parecer tan gracioso.

Marneus.— Estoy segurísimo. A mí no me faltan las ganas.

Acali.— Entonces mándala a hacer gárgaras tú a ella. No sé cómo has podido vivir tantos años así.

Marneus.— La respuesta es sencilla. Para mí sólo existe ella. 

Acali.— Creo que se me acaba de picar una muela.

Marneus.— No es una idea romántica, Acali. Eso es exactamente lo que es. Entre los míos no hay sitio para lo de «en la variedad está el gusto». Únicamente ella puede alumbrar a mis hijos.

Acali.— Una cosa no quita la otra.

Marneus.— No entiendo lo que quieres decir.

Acali.— Una cosa son los hijos y otra muy distinta el sexo.

Marneus.— No es diferente. Es lo mismo.

Acali.— Pues qué aburrido. Os compadezco.

Marneus.— No lo hagas. Nosotros encontramos así la felicidad.

Acali.— ¿Y no te gustaría probarlo? Igual deberías practicar un poco. ¿No te preocupa que llegue el momento y no dar la talla? Imagínate, treinta y tantos años esperando para que llegue la hora y no saber qué hacer. Sería decepcionante.

Se quedó mudo y pensativo con la vista clavada en la carretera. A lo mejor se estaba planteando seriamente lo que estaba haciendo con su vida y se había dado cuenta de que estaba haciendo el canelo con tanto celibato inútil. 

Marneus.— Dime, ¿por qué tanto interés?

Acali.— Por devolverte el favor. Tú me has enseñado que el agua no duele. Lo mínimo que puedo hacer por ti es evitar que hagas el ridículo.

Marneus.— ¿De verdad? Pues más bien parece que me intentas convencer para que practique contigo.

Reí. No era exclusivo de mi raza lo de tener un ego crecido en exceso. Estaba visto y comprobado que no se podían hacer cosas de manera filantrópica sin que asomara la fea cara de la desconfianza. O tal vez mi subconsciente traicionara a mi cerebro y fuera eso lo que realmente pretendía.

Acali.— Sin ánimo de parecer vanidosa, te puedo decir que no me hace falta caer en argucias ruines para conseguir un poco de acción. Al contrario que para ti, para mí existe un universo entero de criaturas no únicas que son aceptables.

Marneus.— Entonces deberías dejar el tema. Haré lo que tenga que hacer con quién y cuándo llegue el momento adecuado.

Acali.— Tú mismo. Ya te acordarás de mí a la mañana siguiente de que pase. Y ahora, ¿me llevas a comer o te cocino a ti?

Marneus.— Pararemos en la primera área de servicio que encontremos. La próxima vez procura estar a punto y con todas tus necesidades cubiertas antes de ponernos en marcha.

Acali.— Entonces mejor no te cuento que también me estoy haciendo pis.

Me reí al ver su cara de mosqueo. Se le veía un ceño fruncido precioso desde ese ángulo. Estaba pillando el gustillo a enfadarle. Para ser una criatura de Agua era altamente inflamable.

Acali.— ¿Cuál es el plan después de eso?

Marneus.— Continuaremos hasta Reno. Allí nos detendremos a comprarte algo de ropa y después seguiremos conduciendo hasta Santa Rosa. Con suerte, hoy podremos dormir allí para empezar mañana con la investigación.

Acali.— Todo el día metidos dentro del coche, ¿no?

Marneus.— Prácticamente. Espero que no tardes demasiado en comprar. Si podemos empezar a organizarnos esta noche sería estupendo.

Acali.— No tardaré más de lo necesario, tranquilo.

Después de detenernos a comprar algo para llenarme el estómago y repostar el depósito del coche, emprendimos el largo y aburrido camino a través del estado de Nevada. Sí, el viaje estaba siendo un coñazo. Marneus estaba más callado que el día anterior y eso ya era mucho decir. La verdad es que prefería que estuviera incordiándome con preguntas indagadoras a silencioso como una tumba, resultaba mucho más entretenido hablar que ir mirando por la ventanilla mientras esperas que el teléfono cargue. Eso es una de las cosas que descubrí en ese viaje: las baterías de estos aparatejos no son eternas, al contrario, duran más bien poco. Afortunadamente, mi compañero era más previsor que Nina y llevaba un cargador que se podía usar en el coche. Así que en cuanto pude, retomé mi nueva afición cinéfila para no morir de aburrimiento.

La primera fue El Señor de los Anillos. Una obra maestra que me dejó los pelos como escarpias. No esperaba encontrarme con la versión hardcore de mi madre enfadada, pero el Balrog se le daba cierto aire espeluznante. Y lo del ojo de Sauron me resultaba demasiado familiar también. Ese tal Tolkien debía de haber ido de visita al infierno de mi hogar en alguna ocasión porque tanta imaginación era difícil de creer. Con todo y con eso, me encantó. Estaba deseando ver las demás partes y al ser posible sin tener que estar parando cada media hora para dejar cargar un poco la dichosa batería.

La segunda también estuvo llena de sorpresas familiares. Aunque esa vez no se trataba de la mía, sino de la del rubio que llevaba al lado. Se trataba ni más ni menos que de Avatar. Por lo visto Marneus era muy sensible con los dibujitos azules de su torso y por alguna razón, no quería hablar de ellos. Yo, por si las moscas, subí al máximo el volumen de la película, no fuera a ser que explicaran el porqué de tal pigmentación y no me enterara. Si él no me lo quería explicar, sacaría mis propias conclusiones a través de los humanos que hacían cine. Además, ¿para qué nos vamos a engañar? Disfrutaba chinchándole.

Poco después de acabar la película, entramos en la que según ponía en los carteles era: «La pequeña ciudad más grande del mundo». No sabría decir si de verdad era pequeña o por el contrario era grande, la incongruencia del letrero me confundía un poco. Desde luego era más magnánima que los asentamientos humanos que habíamos atravesado por el momento, pero tampoco era la Metrópolis que me habían enseñado en la película de Superman, no obstante, tengo que admitir que me gustó. Reno era una ciudad llena de color.

Callejeamos un poco hasta encontrar un complejo de tiendas. Resultaba un poco agobiante ver tanto coche reunido en un punto. Era como una especie de colmena llena de metal y caucho, y los humanos eran los zanganitos. Esperé a que aparcara para girarme hacia el asiento trasero y coger mis sai y una cartera con dinero que había tenido el buen tino de preparar. Por lo que había podido observar en el motel, allí todo funcionaba a base de entregar dinero.

Marneus.— ¿Qué haces?

Acali.— Estoy cogiendo un poco de dinero. No creo que me den ropa por mi cara bonita.

Marneus.— En primer lugar, eso son euros. En Estado Unidos la moneda que se usa es el dólar y lo que has cogido no es «un poco» precisamente.

Acali.— Uy, qué bien, ¡soy rica! 

Marneus.— Pero no me refería a eso. ¿No pensarás entrar ahí armada, verdad?

Acali.— ¿Y cómo quieres que entre si no?

Marneus.— Los humanos no son una amenaza para nosotros. No los necesitarás para hacer la compra. Lo único que conseguiremos yendo armados es llamar la atención. Es mejor que se queden en el coche.

Acali.— Llámame loca, pero lo poco que sé de ti me dice que no eres de fiar.

Marneus.— Si quisiera herirte ya lo habría hecho, además, llevamos recorridos cientos de kilómetros sin cruzarnos con nadie. No escogería precisamente un lugar con miles de ojos mirando para atacarte.

Acali.— ¿Tú también dejarás la tuya?

Marneus.— ¿Por qué lo dudas? Me parece que no la has visto hasta ahora, ¿por qué la llevaría acuestas en este momento?

Acali.— De acuerdo, pero que conste que no me gusta la idea.

Marneus.— Eso es algo que puedo asumir. No nos entretengamos más.

Bajamos del coche y nos dirigimos a unas inmensas puertas de cristal que como por arte de magia se abrieron solas cuando nos aproximamos. 

Marneus me agarró de la mano como muchas parejas de las que paseaban por allí mirando escaparates y me deslizó unos cuantos billetes de color verde.

Marneus.— Utiliza esto para pagar y guarda bien lo que has cogido, puede que lo necesitemos más adelante y haya que cambiarlo.

Acali.— Vale.

Marneus.— Iré a comprar algo de comer para el camino, tú busca algo que te agrade. O mejor, algo que te desagrade. Los dos sabemos que lo que te gusta no lo puedes llevar en el Edén.

Acali.— Vaya, después de tantas horas de silencio ahora te da por ser graciosillo.

Marneus.— Lo digo en serio, Acalima. Observa a las mujeres que están a tu alrededor y busca algo similar. 

Acali.— Algo soso y poco práctico que sea discreto, ¿no?

Marneus.— Exacto.

Acali.— Muy bien. Nos vemos, tempanito.

Había tantas tiendas que no sabía por dónde empezar, así que como me había recomendado mi compañero, estudié a las humanas y las imité. Fui paseando por aquel centro comercial deteniéndome frente a los iluminados escaparates a la busca y captura de algo bonito que me permitiera luchar sin parecer una sacerdotisa virgen y hortera, ni una adultera como me había llamado mi amiga Mary.

Después de pocos minutos, ya llevaba mi primera bolsa, aunque tenía la impresión de que esa preciosa ropa se usaba debajo de otra más insulsa, pero no había podido resistirme. Aquellos sujetadores realzaban mis pechos dejándolos más redonditos y perfectos de lo que ya eran sin adornos, y eso ya es mucho decir. Aquellos sostenes iban conjuntados con bragas. Estas sí las conocía, pero no las había visto nunca con encajes tan delicados. No pude evitarlo, me hubiera quedado con todos si hubieran aceptado los dichosos euros.

Después de aquella sublime adquisición, me metí en la primera tienda que hallé en la planta superior. Por desgracia, tenía que hacerme con el papel que envolvería al caramelo tan apetecible que me había comprado. Revisé cientos de perchas y su contenido, pero todo era terriblemente aburrido. Así pues, dejé que una amable humana me aconsejara y llenara mis brazos de prendas. Debía de estar loca si pensaba que iba a pagarle todos esos hábitos monjiles, pero era preferible recibir las adulaciones de la dependienta, que estar metida otras tantas horas en el coche con el silencioso rubio cañón que conducía.

Estaba contenta y feliz, podría llegar a acostumbrarme a esta clase de cosas, pero algo pasó que interrumpió mi entusiasmo justo cuando me disponía a ponerme unos pantalones. De repente comencé a percibir una energía extraña que no se parecía a ninguna que hubiera sentido antes; era totalmente distinta a la que desprendían los seres de Aire que había conocido el día anterior, y no tenía absolutamente nada que ver a la que emanaba Marneus y su gemelo. Era una especie de vibración sutil que subía por mis pies hasta fijarse justo entre mis dos cejas, y allí, se expandía hacia mi cerebro en olas de energía. No podía ser otra cosa: Tierra. El cabello de mi nuca se erizó y me recorrió un escalofrío. Tenía que salir de allí y buscar a Marneus.

La cortina del probador se abrió de golpe y la cara de preocupación de mi compañero apareció tras ella.

Acali.— ¿Tú también lo has sentido?

Marneus.— Sí. Date prisa.

Sin pensarlo ni un segundo, me arrojó un vestido granate con florecillas blancas de tirantes que había descartado y me instó a que me lo pusiera. No había sido mi favorito precisamente, pero el tiempo apremiaba y era hora de ponerse a trabajar.

Treinta segundos después, estábamos fuera de la tienda siguiendo la energía que desprendía la criatura Tierra. Pero aquellos techos abovedados hacían que reverberara y complicaban la misión. No sabíamos si venía de frente o por detrás, tenía la impresión de que estaba por todas partes.

Marneus.— ¿Dónde está?

Acali.— Bajemos. A lo mejor la tenemos justo debajo y por eso no la vemos. Una criatura de su altura no puede ser difícil de encontrar.

Nos dirigimos hacia las escaleras metálicas que se movían solas, pero al ir hacia allí vimos cómo el ser al que estábamos buscando subía por ellas. Sus ojos verde esmeralda brillaban con suspicacia. Al igual que nos había pasado a nosotros, habría detectado nuestra presencia.

Marneus tiró de mi muñeca para girarme y hacerme caminar justo en dirección contraria.

Marneus.— Aún no nos ha visto. Ocultémonos sin perderle la pista. 

Acali.— Sabe que estamos aquí.

Marneus.— Lo sé. Permitámosle que haga sus conjeturas y que las deseche cuando no nos encuentre.

Acali.— ¿Tú lo harías?

Marneus.— No. Pero esperemos que ella sí. Ojalá pudieramos hacernos invisibles para ellas tal y como lo hace Aire.

Nos encaminamos hacia las escaleras que se encontraban justo en el lado opuesto de la galería. Desde abajo sería más fácil vigilar sin que nos viera. Pero justo cuando llegamos a nuestra meta, nos encontramos con otra impresionante hembra Tierra cara a cara. 

Había oído hablar de la raza, había visto ilustraciones de ellas, pero nada de eso me había preparado para tener a una de esas mujeres enfrente. Cuando vi por primera vez a Marneus, me sentí intimidada por su tamaño y corpulencia, sin embargo, no tenía palabras para describir cómo me sentía ahora mismo ante la presencia de semejante criatura. De repente era pequeña, débil, insignificante y poca cosa en comparación.

Mi compañero tiró de mi mano hacia atrás dejando la mitad de mi cuerpo oculto tras el suyo en un gesto protector que en cierta medida agradecí.

Boime.— No deberíais estar aquí.

Marneus.— No buscábamos problemas, sólo hemos venido a comprar algo. Ya nos íbamos.

Boime.— ¿Tú, Agua, y esa furcia?

Marneus.— Sí. Estamos juntos.

Boime.— Eso no encaja. Mientes.

Los humanos que pasaban a nuestro lado se nos quedaban mirando con disimulo y aceleraban el paso para evitarnos lo máximo posible. Tal vez no eran tan estúpidos como nos hacían creer y eran capaces de intuir el peligro. Hacían bien, si yo pudiera también huiría.

Marneus.— No lo hago. Si nos dejas pasar nos marcharemos y no nos volverás a ver.

Sand.— Vaya, vaya, vaya… ¿Qué te has encontrado, Boime? Buen trabajo.

La hembra de la que intentábamos ocultarnos al principio apareció detrás de nosotros. Estábamos rodeados, por eso antes teníamos la impresión de que su energía venía de todos lados. Me giré quedando de espaldas a Marneus para poder mirarla de frente. Si mi compañero tenía la esperanza de que nos dejaran salir de allí sin más, estaba muy equivocado. A pesar de la serenidad con la que hablaban, sus ojos y su postura decían otra cosa bien distinta. No saldríamos de allí sin presentar batalla, lo que provocaría que me metiera en un lío de los gordos.

Boime.— Ha sido como un juego de niñas, Sand. El varón dice que están juntos.

De lo más profundo de la garganta de la recién llegada brotó un bufido mordaz mientras dirigía su acerada mirada de Marneus a mí con desdén.

Sand.— Estos cobardes dirían cualquier cosa para salvar su pellejo. 

Marneus.— No os tenemos miedo, lo que no queremos es desajustar el equilibrio.

Boime.— Nosotras tampoco, mantener el equilibrio del que hablas es nuestra labor en el Edén.

Marneus.— Entonces, si todos queremos lo mismo, nos largamos. Que tengáis una buena guardia.

Sand.— No tan rápido, Agua. Queda que nos expliquéis un par de cuestiones. 

Boime.— La primera es: qué estáis haciendo aquí.

Marneus.— Comprábamos.

Boime.— Me refiero en el Edén.

Marneus.— Lo mismo que vosotras y que el resto de los que estamos aquí.

Boime.— Vuelves a mentir.

Acali.— No lo hace.

Sand.— No te pases de lista, Fuego. Controlamos a todos y cada uno de los embajadores que están aquí destinados, y vosotros no estáis en la lista. 

Boime.— Ni siquiera oléis a humanidad aún. Sois recién llegados. ¿Y bien?

Marneus.— Venimos a salvaguardar el equilibrio. 

Sand.— No me dan buena espina, Boime. ¿Qué crees que deberíamos hacer con estos dos polizontes?

Boime.— Nuestras órdenes son destruir aquello que amenace la estabilidad.

Las dos mujeres comenzaron a andar acechantes en círculos a nuestro alrededor, poniendo en claro manifiesto lo que había sospechado. De un momento a otro, cuando terminaran con su estudio, saltarían sobre nosotros dispuestas a convertirnos en polvo.

Marneus se inclinó sobre mi hombro para hablarme sin que nadie más pudiera escuchar. Su voz sonaba visiblemente tensa y alerta.

Marneus.— Cuenta hasta tres y corre tan rápido como puedas hacia la salida. Voy a inundar este sitio.

Acali.— Está lleno de humanos. 

Marneus.— Arrastra contigo a tantos como puedas.

Acali.— ¿Y tú?

Marneus.— No te preocupes por mí. Te encontraré.

Acali.— Pero…

Marneus.— Acalima, uno, dos y…

Solté su mano y comencé a correr tanto como me dieron las piernas al grito de «¡fuego, fuego!». El caos se apoderó del centro comercial y todo el mundo se puso a correr para poner a salvo su vida. Ese era mi granito de arena para salvar a los humanos que paseaban por allí ajenos a la catástrofe que se avecinaba. El problema de aquel acto era que, con todo el revuelo, mi avance se hacía más lento. Si no me daba prisa, moriría ahogada. ¡Por los cuatro dioses!, ¿existiría una muerte peor que esa? Puede que sí, y estaba a punto de averiguarlo. 

Noté cómo una mano intentaba agarrarme del pelo pegándome un ligero tirón y acto seguido un sutil temblor manar del suelo. Era absurdo seguir corriendo, me alcanzaría por muy rápido que lo hiciera. Di una voltereta para ponerme fuera de su alcance y me giré para encararla. La anarquía seguía a nuestro alrededor, pero poco me importaba en ese momento lo que pasara con esos ineptos seres. Era hora de poner en práctica lo que había aprendido y por los dioses juraba que no estaba preparada.

La hembra me miró y tenía la absoluta sensación de que si hubiera sabido sonreír, lo hubiera hecho. A sus ojos debía de ser una hormiga a la que no le sería complicado aplastar con su bota.

Extendió su brazo hacia uno de sus costados formando un ángulo recto y el suelo comenzó a temblar de manera más violenta. De él brotó una vara de piedra tan alta como ella misma que no le costó esfuerzo manipular. La movía como si su peso fuera el mismo que el de una pluma. Pero yo sabía que eso no era verdad, la realidad era que como me alcanzara con ella, me quebraría en dos.

Boime.— ¿Tienes miedo?

Acali.— Un poco, pero no se lo cuentes a nadie.

Boime.— Haces bien en tenerlo. Voy a aplastarte.

Acali.— Vas a intentar aplastarme, más bien.

Sin más preámbulos se lanzó contra mí. Ojalá hubiera seguido mis instintos y hubiera traído mis sai, así sólo me quedaba la opción de defenderme. 

Esquivé el primer golpe que iba directo a la cabeza; pero contra el que fue a las costillas inmediatamente después, no pude hacer nada. Aguanté el dolor estoicamente en pie esperando atenta al siguiente ataque, el cual, no se hizo de rogar. Para ser tan grande, era rápida como un felino.

Usé mis brazos para repeler sus bastonazos tan bien como pude, pero, aunque no había llegado a asestarme ningún golpe de gravedad, mis brazos y mis manos gritaban auxilio desesperadamente. Tan sólo me había alcanzado una vez y ya estaba molida. Si no intentaba atacar, pronto mis extremidades no serían capaces de hacerlo aunque lo intentara, y lo que era peor, tampoco tendrían fuerza para defenderse. 

Salté la vara de piedra cuando se disponía a hacer añicos mis rodillas y durante las milésimas de segundo que tardó en volver a su sitio para ejecutar una nueva envestida, lancé una patada lateral contra el estómago de la imponente hembra Tierra, consiguiendo desequilibrarla lo justo para salir corriendo. No intentaba huir como pensaba ella a juzgar por las voces que daba, lo que precisaba era contar con la baza de mi elemento; necesitaba la chispa que desencadenara el incendio. Pero ¡qué complicado era conseguir fuego en un centro comercial cuando los humanos desaparecen! Y mucho más aún cuando el suelo temblaba y comenzaba a agrietarse. 

Caí al suelo de rodillas al perder el equilibrio. Era como estar sobre una gelatina dura como el acero pero igualmente flexible. Cada vez que intentaba levantarme, volvía a caer con una nueva sacudida. Mientras me esforzaba por ponerme otra vez sobre mis dos piernas, oía cómo los tacones de la tal Boime se acercaban con paso tranquilo y burlón, como si tanto meneo no tuviera nada que ver con ella.

Boime.— ¿De verdad pensabas que corriendo te librarías de mí, zanahoria?

Acali.— No, por supuesto que no.

Agarré una voluminosa bolsa de las muchas que se habían quedado esparcidas por el suelo tras la estampida humana y la lancé con fuerza y precisión contra la lámpara de la tienda que quedaba a mi izquierda. El cristal del candil se rompió y tras este, la bombilla chisporroteó dándome lo que quería. Me volví frente a mi atacante y lancé un fogonazo contra su cuerpo que le pilló completamente desprevenida. Por fin podríamos tener un combate en condiciones parecidas. Ella tenía su bastón y yo mis manos llameantes. Por primera vez desde que nos habíamos topado con ellas, me sentí confiada en mis posibilidades.

Su ropa y su cabello ardieron, pero no tardó en sofocar las llamas asfixiándolas con una tupida nube de polvo que levantó del suelo como si nada. Ahora sí que podía decir que estaba metida en un lío. Me ensañé con ella lanzándole un proyectil de fuego tras otro, pero tenía la misma eficacia que una gota de agua en un río de lava. Mi única opción era el contacto directo con su piel, y eso suponía acercarme más de lo que me dictaban el sentido común y mis ganas, pero no había más opciones, me estaba quedando sin ideas.

Continué con mi asedio flamígero mientras avanzaba paso a paso hacia ella con decisión. No me detuve hasta tenerla a mi alcance, fue entonces cuando apoyé mis manos envueltas en llamas sobre su pecho y las retuve allí. La mujer Tierra abrió los ojos que había cerrado por la concentración. 

Boime.— Ya eres mía.

¿Cómo?

Cerró sus manos sobre las mías y todo el polvo que la envolvía se concentró en torno a ellas, ahogando todas mis esperanzas. Las piras se apagaron dejándome completamente expuesta y a merced de aquella gigante con pechos. Deshizo la garra con la que la atenazaba y unió mis muñecas sujetándolas con una sola mano para golpearme en el rostro con la otra. No sé cuántos metros recorrí perpendicular al suelo, lo que puedo decir es que volé hacia atrás por la fuerza del impacto. Antes de que pudiera volver a recuperar la respiración, ya la tenía sentada a horcajadas sobre mi estómago y su vara presionando sin piedad contra mi tráquea. Pataleé, lancé puñetazos y arañazos al aire inútilmente sin conseguir alcanzarla. Todo a mi alrededor se empezó a poner borroso.

En medio del zumbido que había aparecido en mis oídos, escuché la voz cargada de ansiedad de Marneus gritando mi nombre, y después el ronco rugido de la tierra al resquebrajarse. No tenía más alternativas, si me descubría estaba muerta, pero si no lo hacía el resultado sería el mismo, ya se sabe, si hay que elegir cuándo morir, era preferible más tarde que temprano. Tomada la difícil decisión, sujeté el bastón con firmeza y comencé a concentrar toda mi energía en las palmas de mis manos haciendo que se calentaran rápidamente. Pronto sentí cómo la roca se convertía en obediente lava. Cuando el ardiente fluido comenzó a acariciar la piel suave de mi cuello cambié la presa y sujeté los brazos de mi atacante convirtiendo su cuerpo en una sustancia parecida a la que había terminado su bastón.

Cuando noté el aire fresco recorrer mi cuerpo, inhalé con aspereza por la boca, lo que me provocó una tos ronca que tenía mala pinta. Estaba para el arrastre, pero sabía que no tardaría mucho en encontrarme como antes de que mi camino se cruzara con el de aquella zorra. 

Marneus.— ¡Acalima!

Se arrodilló junto a mí, me sujetó por la nuca y me ayudó a sentarme. Bueno, más bien me sentó él sólo porque yo no hice esfuerzo alguno por incorporarme. Su tacto era helado, cosa que agradecí porque jamás me había sentido con esa calentura.

Marneus.— Por los dioses. Menuda paliza te ha pegado. Eres más resistente de lo que aparentas, ¿estás bien? 

Abrí los ojos para mirarlo y soltarle una respuesta sarcástica a su pregunta, pero me costaba enfocar. Todo lo que veía a mi alrededor era ceniza y… que estaba en bolas. Yo, no él, aunque lo hubiera preferido. Tanto fuego por aquí y por allá debía de haber calcinado el cuco vestidito que me había obligado a poner. Que la ropa humana no fuera ignífuga era un motivo más para usar la mía.

Carraspeé antes de hablar para ahuecar mi garganta aplastada y que pudiera salir algún sonido que se entendiera. 

Acali.— Dame cinco minutos y estaré bien.

Marneus.— No tenemos cinco minutos. Esto se va a venir abajo con nosotros dentro si no nos damos prisa.

Acali.— Ya sé que te has fijado, pero déjame recalcarte que estoy desnuda.

Marneus.— Ya me he dado cuenta.

Acali.— Pues deja de recrearte y pasa ahí mismo y tráeme algo. Yo te espero aquí tirada sin moverme.

No contestó, sencillamente se levantó e hizo lo que le había pedido. Me encontraba tan mal que sólo podía pensar en dormir una semana entera, pero al ver su trasero moverse de un lado a otro de la tienda que había al lado, se me ocurrieron otras ideas más truculentas en las que lo de dormir se hacía más bien poco. Si le apeteciera, podría hacer un esfuerzo y descansar más tarde. Estaba muy bien hecho el rubio.

Cerca de cinco minutos después (y menos mal que fueron cinco minutos porque si no me veía arrastrándome hacia la calle como un gusano rectando por el suelo), salió con dos bolsas cargadas de ropa. Miedo me daba mirar lo que había dentro de ellas.

Marneus.— Toma.

Acali.— Gracias. ¿Me echas una mano a vestirme?

Marneus.— No. Al parecer, puedes hacer todo tú sola, ¿verdad?

Me quedé muda frente a sus insinuaciones. Tenía la esperanza de que no hubiera visto nada, pero eso era esperar demasiado.

Acali.— No sé de qué hablas.

Marneus.— ¿Seguro? No te preocupes, luego te lo explico.

Acali.— Por lo menos ayúdame a ponerme de pie. 

Extendí el brazo y él respondió con un tirón brusco que me levantó de golpe. Instintivamente, me doblé ligeramente al notar un pinchazo agudo en mis costillas. Estaba segura de que tendría rotas dos o tres del primer garrotazo.

Acali.— ¡Maldito bruto! ¡Ten más cuidado, idiota!

Marneus.— Date prisa.

Acali.— Mmm… Vamos a ver, para que tú lo entiendas: estoy de tus prisas hasta la almeja.

Arranqué las bolsas de su mano y saqué lo primero que pillé. Me enfundé unos vaqueros, pero cuando me iba a poner la camisa, una gota de agua cayó sobre mi nariz. Alcé la cabeza enfurruñada para mirar de dónde salía la maldita gotera cuando descubrí que todo el techo del centro comercial era una enorme balsa de agua. 

Acali.— ¿Pero qué has hecho?

Marneus.— ¿Yo? Ese es el resultado de tus fuegos artificiales. Has hecho saltar todos los sistemas antiincendios.

Acali.— ¿Y por qué está arriba?

Marneus.— Me pareció más conveniente no entorpecer tu combate añadiendo agua, pero si hubiera sabido lo que sé ahora, no hubiera hecho el esfuerzo. No hacía falta que te facilitara nada.

Volví a dejar la boca cerrada y terminé de vestirme. Podría quedarse callado ahora mismo. No sabía elegir el momento en el cual hablar.

Busqué la bolsa de mi lencería y tras hacerme con ella, caminé hacia las escaleras en las que había comenzado todo con Marneus siguiendo mis pasos.

Al llegar allí, encontré una momia. Un cuerpo con más pinta de ciruela pasa que de ser vivo. Si no fuera por una discreta esmeralda que colgaba de su cuello, no hubiera identificado a la mujer Tierra. Estaba completamente arrugada, las cuencas de sus ojos hundidas y con los ropajes sueltos sobre sus huesos y el pellejo.

Acali.— ¿Qué le has hecho?

Marneus.— Deshidratarla. 

Acali.— Vaya, eres muy cruel.

Marneus.— Claro, y quemarlas no lo es.

Me acuclillé cerca del cadáver, apoyé ambas manos sobre lo que quedaba de ella y comencé a calentarlas hasta que comprobé que el cuerpo empezaba a incinerarse desde dentro hacia fuera. El hombre que me acompañaba ya no se sorprendería al verme hacerlo. Era sencillo, al no haber humedad, ardía como la paja. 

Tiró de mi brazo y me arrastró hacia la escalera, ahora estáticas como cualquier otra, y de allí a la salida del recinto. Fue poner un pie en el exterior y oír cómo toda aquella agua retenida en el techo abovedado caía de golpe al suelo por efecto de la gravedad inundándolo todo.

El caos que había provocado dentro hacía unos minutos, ahora se había trasladado fuera. El edificio estaba rodeado de coches normales y de otros gigantescos con sirenas y luces y un montón de humanos atendiendo los ataques de histeria de otros. La colmena había reventado y los zanganitos se afanaban en recuperar el control. Pero nada de esto detuvo a Marneus, que seguía tirando de mí con brusquedad hacia nuestro coche. Y encima se había puesto a llover. Otra vez.

Al llegar a nuestro transporte y sin importarle demasiado que todas aquellas personas nos pudieran ver, sacudió mi brazo para hacernos quedar cara a cara.

Marneus.— ¡Zorra mentirosa! ¡Por poco me matan por tu estupidez!

Acali.— ¿Pero de qué hablas?

Lo decía en serio. Lo de la estupidez me había despistado por completo.

Marneus.— No te hagas la tonta. Lo sabes perfectamente. 

Sujetó mi muñeca y zarandeó mi mano frente a mis narices. Aún seguía un poco caliente.

Marneus.— Ayer te pregunté exactamente si eras capaz de crear fuego y lo negaste.

Acali.— En realidad lo que me preguntaste fue en qué posición quedaba dentro de mis hermanos.

Marneus.— ¡De cualquier manera mentiste! Y por culpa de esa mentira he intentado protegerte y por poco hago que me maten. 

Acali.— ¿¡Protegerme!? 

Un trueno resonó hasta en el último rincón. Eso es lo que pasa cuando un frente frío se encuentra de golpe con un frente cálido, que hay truenos, rayos y centellas. Después de que soltara esa soberana gilipollez de la protección, mi enfado se había elevado como el humo. Sin darme cuenta, mi temperatura corporal había ascendido tanto y tan rápido que las gotas de lluvia no llegaban a tocarme, se evaporaban antes de que lo hicieran.

Acali.— ¿Y cuándo, según tú, ha ocurrido eso? Porque hasta donde sé, he estado más sola que la una.

Marneus.— No era mi intención que te quedaras sola.

Acali.— ¿Seguro? ¿De verdad pensabas que me iban a dejar salir corriendo? Debes de tener el cerebro de agua si lo creías.

Marneus.— En lo único en lo que pensaba era que te quería fuera de allí.

Acali.— No fuera a ser que te molestara, ¿no?

Marneus.— Sinceramente, sí. De hecho, lo has hecho bastante.

Acali.— ¡Serás gilipollas!

Marneus.— Si hubiera sabido que eras la primogénita, hubiera estado más seguro de que saldrías de esta. Pero tú y los de tu raza sois unos mentirosos patológicos. Me está bien empleado, así no lo olvidaré la próxima vez.

Acali.— Y según el señor, ¿qué debería haber hecho? ¿Dejar que me matara? Me he defendido, sólo eso.

Marneus.— Te desvías del tema. Me alegra que te defendieras, aunque fuera de manera nefasta.

Acali.— ¿¡Nefasta!? ¿Acaso no tienes ojos en la cara? Mi don se puede describir de muchas maneras, inoportuno, es la mejor que se me ocurre, pero en ningún caso, nefasto.

Marneus.— Me es indiferente el adjetivo que quieras utilizar para describirlo, la cuestión es que me has ocultado lo que hacías. ¿Pensabas emplearlo conmigo acaso?

Acali.— ¿Sabes qué? Puede que lo haga. 

Policía.— Señores, esta zona es potencialmente peligrosa. Si tienen vehículo aquí, cójanlo y márchense, si no, vayan hacia aquella parada, están mandando autobuses para la evacuación.

Acali.— Oiga, no me diga lo que tengo que hacer.

Marneus.— Claro, señor agente. Ahora mismo nos vamos.

error: Contenido protegido. Los textos e imágenes tienen derechos de autor.