Orígenes

Marneus.— ¡No sé qué entienden los humanos por una habitación doble!

Marneus se acercó a la única cama que había en la habitación, y de un empujón con el pie, la mandó hasta el otro extremo haciéndola chocar contra un butacón.

El Edén parecía reírse de él, desde que lo había pisado se le acumulaban las desgracias: se había perdido en el desierto con su hermano, le había tocado una compañera que lo sacaba de quicio, le habían picado chinches, se había encontrado de frente precisamente con quien no debía saber que estaba allí, no le permitían seguir su camino y para colmo, o volvía a dormir en el suelo o tendría que compartir cama con la mentirosa que iba con él. Aquel viaje era todo un despropósito.

Acali sin embargo, se metió en el baño directamente para quitárselo de la vista. Al parecer no quería saber nada de él, algo que Marneus agradeció desde el fondo de su ser. No precisamente porque no tuviera ganas de seguir con la conversación que el agente de policía había interrumpido, sino porque de seguir discutiendo, nunca terminaría la potente tormenta eléctrica que habían provocado. Tenían que intentar calmarse, aquella no era una zona de fuertes lluvias y aquel diluvio no podía traer nada bueno.

Colocó la cama en su sitio a regañadientes y cogió el mando a distancia de la televisión. Tal vez un poco de distracción consiguiera calmarle un poco, pero desechó la idea cuando comprobó que en todas las cadenas hablaban de la destrucción de un centro comercial a causa de un terremoto. La mala suerte lo perseguía, así que decidió hacer algo provechoso y llamar a su hermano para ponerle al corriente. Para su sorpresa, no lo había echado demasiado de menos. Había tenido otros asuntos que lo habían mantenido ocupado para eso. Esperó con la oreja pegada al móvil y cuando estaba a punto de colgar, la voz de su gemelo sonó al otro lado.

Marneus.— ¿Por qué no cogías el teléfono?

Erie.— Estaba durmiendo. Me has despertado.

Marneus.— Pues ya está bien que os despertéis y os pongáis a trabajar. Entre las sábanas no vais a encontrar a quien buscamos.

Erie.— Parece que estás de mal humor. ¿Qué tal con tu compañera?

Marneus.— ¿Mi compañera? ¡Esa mujer me saca de quicio! 

Sus ojos se dirigieron hacia la puerta del cuarto de baño por donde se escapaba un espeso vapor. Agarró una de las almohadas y la colocó en la rendija que quedaba al ras de suelo para evitar que se saliera.

Marneus.— ¡A ver si te asfixias ahí dentro!

Acali.— ¡Vete a Pandora con los omaticaya, bicho raro!

Erie.— Ya veo lo bien que os lleváis. ¿Cómo te ha llamado?

Marneus.— Es una larga historia y prefiero no hablar del tema. 

Marneus resopló. Tenía que calmarse.

Marneus.— Si estabas durmiendo, me imagino que no habrás visto las noticias.

Erie.— ¿Las noticias? ¿Qué ha pasado?

Marneus.— Hace un par de horas hallamos lo que vinimos a buscar.

Erie.— ¿Tan pronto?

Marneus.— Sí, puro azar.

Erie.— ¿Y qué problema ha habido para que me preguntes si he visto las noticias?

Marneus.— Pues que más que encontrarlas nosotros, fueron ellas quienes nos localizaron.

Erie.— ¿Y ninguno de los dos se dio cuenta?

Marneus.— Nos separamos unos minutos para agilizar un par de cosas que teníamos que hacer.

Erie.— Marneus, acordamos que a quien le tocara Fuego, no lo perdería de vista.

Marneus.— Lo sé, lo sé, pero realmente me desagradaba la idea de tener que acompañarla a comprar ropa. Viendo lo visto, seguro que se habría desnudado delante de mí para que diera mi opinión.

Erie.— ¿De qué me estás hablando? ¿Cómo que comprar ropa? Eso es absurdo. No la dejes vaguear. Tenemos una misión importante que hacer aquí, no hemos venido para que se ande con coqueterías.

Marneus.— Era absolutamente necesario. La idea de hacerlo fue mía. Con su ropa llama excesivamente la atención. Fue salir del coche y capturar todas las miradas, así no hay manera.

Erie.— ¿No puede ser discreta?

Marneus.— Con esa ropa no. Además, creo que ni siquiera se da cuenta. Estos seres están acostumbrados a ser el centro de atención, y me temo que les gusta. El caso es que la dejé para que se comprara algo apropiado y aprovechar para comprar comida mientras tanto. En cuanto percibí la presencia de Tierra, fui en su busca y nos pusimos al trabajo, pero era tarde.

Erie.— Hubiera sido preferible que os largarais de allí si os presentíais expuestos.

Marneus.— ¿Crees que soy estúpido? Lo intentamos, pero nos acorralaron.

Erie.— ¿Y qué ocurrió?

Marneus.— Sin entrar en detalles: ya no existe el centro comercial, hay dos hembras Tierra muertas y la policía ha cortado carreteras, entre ellas la que tenía prevista tomar para ir hacia California. Creo que deben pensar que ha sido un ataque terrorista. Podría ir por otra ruta aunque estuviera más concurrida, pero esto es un completo caos y hay agentes de seguridad por todos lados.

Erie.— ¿Qué habéis hecho entonces?

Marneus.— Nos hemos hospedado en un hotel. Mañana imagino que las cosas estarán más tranquilas y habrán habilitado la salida hacia Santa Rosa. Madrugaremos y seguiremos nuestro camino.

Erie.— Escúchame. No es una mala idea que os quedéis donde estáis unos días. Si habéis matado a dos de las suyas, es plausible que acudan más para averiguar qué ha pasado.

Marneus.— No lo había pensado.

Erie.— No te culpo, debes de estar concentrándote en contenerte para no matar a quien llevas al lado.

Marneus.— No te imaginas lo que me cuesta conseguirlo a veces.

Erie.— Te agradezco que la escogieras, de los dos, tú eres el más pacífico.

Marneus.— Querrás decir sensato.

Erie.— No te cubras de laureles todavía. Sólo llevas dos días con ella y puede que en otros dos me vuelvas a llamar de madrugada para decirme que has cometido un homicidio.

Marneus.— Es más que probable. Y tú, ¿qué tal por allí? ¿Alguna novedad?

Erie.— Ninguna. Estamos trabajando en ello, pero aquí hay tantos humanos que resulta complicado encontrar algo. 

Marneus.— ¿Y Aire?

Erie.— Enlil es un buen tipo, pero es demasiado… relajado.

Marneus.— No te viene mal estar con alguien que calme tu ímpetu.

Erie.— Ni a ti alguien que te encienda un poco.

Marneus.— No me desees tanto mal.

Erie.— Bueno, ya que me has desvelado, voy a despertar a Enlil para empezar con el trabajo. Avísame si descubres algo más.

Marneus.— Lo haré.

Colgó el teléfono y caminó hacia la ventana. La tormenta eléctrica había cesado aunque la lluvia aún no les había abandonado por completo. Todo aquel cambio climático repentino debía de estar sorprendiendo a los humanos que corrían por las calles cubriendo sus cabezas con periódicos y bolsas de plástico. Aquello tenía que acabar, pero le era imposible terminar de serenarse del todo. Ojalá él tuviera la facilidad de deshacerse de su mal humor con una ducha como al parecer le ocurría a su compañera.

Acali.— Marneus, ¿podemos hablar?

Marneus.— No estoy para mucha charla, Acalima. Como ves, aún estoy enfadado por tu traición.

Acali.— En realidad siendo mi enemigo legítimo, no se puede decir que te haya traicionado.

Se giró hacia ella con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Tenía la impresión de que le gustaba provocarlo o buscaba la manera de empezar con una nueva discusión que no los llevaría a ninguna parte. Pero la expresión vulnerable de la nacida en Fuego hizo que contuviera su lengua.

Marneus.— ¿Qué quieres?

Acali.— Me gustaría explicarte por qué te dije lo que te dije.

Marneus.— ¿Me vas a explicar tus mentiras?

Acali.— Más o menos.

Marneus.— Para ti sí vale el «más o menos», por lo que veo.

Acalima le dedicó una sonrisa tímida y sin responder al comentario se sentó en la cama, extendió el brazo y dio dos golpecitos al colchón para invitarle a que se sentara a su lado. El albornoz que envolvía su cuerpo se abría de manera sugerente sobre sus muslos sin terminar de permitir que se viera lo que pretendía ocultar, pero aun así, sus ojos se dirigieron a esa zona en la que su sedosa piel bronceada quedaba expuesta.

Marneus.— Estoy bien así.

Acali.— Como quieras, pero la historia es larga.

Marneus.— Entonces será mejor que empieces ya.

Acali.— Hace veintiocho años, la reina Fuego, o sea mi madre, se coló sigilosamente en Tierra durante el torneo que hacen ellas para encontrar semental humano. Quería burlarse de alguna manera de la reina Tierra, ya sabes, todo el mundo conoce la rivalidad que existe entre las dos monarcas. Mi madre creyó que poseyendo al campeón del torneo, el elegido de Atai para reproducirse, sería una manera inmejorable para conseguir la peor de las ofensas que podía dedicarle. Además, haciéndolo lograba retrasar el nacimiento de una futura heredera diez años más, que como bien conocerás, es su periodo fértil que transcurre entre torneo y torneo. Lo que mi madre no esperaba, ni nadie en realidad, es que un insignificante humano pudiera dejarla preñada.

Marneus.— De esa historia está al corriente todo el mundo. ¿A dónde quieres llegar?

Acali.— Pues a que ese torneo es el principio de mi historia.

Los ojos de Marneus se abrieron como platos al comprender lo que Acali le estaba insinuando.

Era cierto que todos sabían de la incursión de la diosa Fuego a tierras enemigas y de las consecuencias que había tenido el encuentro con el campeón del torneo de Atai, pero la realidad era que a partir de ese punto no se conocía nada. Fuego se había encargado de ocultar, de una forma eficaz, el destino del híbrido. Existían hipótesis y habladurías que poco a poco, con el tiempo, se habían ido disipando restándole importancia. Él tenía cinco años cuando la reina Fuego tuvo el desliz, así que no recordaba con exactitud muchas de estas, pero de lo que estaba seguro es de que en todas y cada una de ellas, se descartaba la posibilidad de que dicha criatura llegara a nacer. Recordaba una que hablaba de piras y sacrificios de sangre. Sólo recordar cómo se imaginaba aquel ritual se le ponía la carne de gallina. Era espeluznante.

Acali.— Sí, de esa mofa infortunada nací yo. Desde entonces he sido el centro de las burlas, de las desgracias, de los desplantes y de un centenar de cosas más que es innecesario que te explique porque no eres estúpido y te las puedes imaginar sabiendo que soy hija de quien soy. A la vista está cuán diferente soy de mis hermanos y del resto de los de mi raza. Mi color de pelo, de ojos, mi estatura, todo es notablemente diferente., pero lo que nadie sabía hasta ahora, es que mi capacidad de manipular mi elemento también lo es.

Marneus.— ¿Me estás diciendo que en Fuego nadie sabe que eres capaz de crearlo?

Acali.— Sí. Sólo lo sabía yo, y ahora también tú.

Marneus caminó hacia ella y se sentó en la cama. Habría hecho bien en hacerle caso cuando se lo sugirió.

Acali.— Mi infancia ha sido muy dura, pero ha sido un paseo por el jardín de las delicias comparado con mi madurez. En mi dimensión no se acepta de buen grado a los débiles, y yo lo soy. Decididamente mucho más que mis hermanos y por lo tanto, del resto de la guardia real. Algunas partes de mi vida están borrosas. Cuando empecé con el entrenamiento, pasé más tiempo recuperándome de los golpes en el sanatorio, que perfeccionando mi técnica. Afortunadamente, no soy estúpida y aprendo de los errores. Todo esto me ha llevado a saber defenderme bastante bien. Siempre he tenido la impresión de que se ensañaban conmigo por ser diferente y esta misión ha sido lo que me lo ha confirmado.

Marneus.— ¿Y por qué no lo has dicho? Si tan mal te han tratado, una cosa así te habría colocado unos cuantos escalones más arriba en vuestra jerarquía.

Acali se quedó observando a Marneus con una nota de amargura en la mirada. Se había planteado esa cuestión a sí misma tantas veces a lo largo de los años, que le sonaba raro oírla en labios de otro ser, y más aún, en los de un enemigo natural como era él. Parpadeó varias veces para evitar derramar las lágrimas que se agolpaban para salir y repitió lo mismo que se había repetido a sí misma cientos de veces cuando, tras recibir una paliza que la había dejado inconsciente, había sentido la tentación de gritarles la verdad.

Acali.— Soy la vigésima primera hija de mi madre, no la primogénita. ¿Cómo crees que reaccionaría tu pueblo si descubriera que tanto tú como el estirado de tu hermano sois capaces de crear agua? ¿De verdad crees que no habría un conflicto en la sucesión?

Marneus.— Hay planes de contingencia para los casos raros en los cuatro reinos.

Acali.— En realidad esos métodos no incluyen que haya dos seres con la capacidad y el poder para reinar, sino justamente lo contrario. El caldo elemental al que te refieres, está ideado para usarlo en el caso de que una reina o rey muera sin una descendencia capacitada. Entonces, sí se suministraría el brebaje. 

Marneus.— La verdad es que nunca había escuchado que hubiera dos posibles líderes factibles.

Acali.— Que yo tenga el don no me hace viable. Soy la más débil de todos mis hermanos. No valdría para hacer el trabajo de mi madre. 

Marneus.— Podrías…

Acali extendió el brazo hacia él y posó los dedos sobre su boca para evitar que dijera una palabra más. No pedía su compasión, suficiente autocompasión había recibido de sí misma desde que tenía uso de razón. No necesitaba regodearse más en la desgracia de su condición. No quería remover los desagradables sentimientos que tanto le habían costado desterrar en un rincón de su mente para reavivar las esperanzas de una aceptación o reconocimiento. Hacía mucho tiempo que se había dado cuenta que jamás lograría algo así.

Acali.— No. No te he contado todo este rollo para que me soluciones la vida o para que sientas lástima por mí. Te lo digo para que sepas lo importante que es para mí que guardes silencio y no vayas con el chisme. Si en mi mundo se enteraran…

Marneus.— No tenía intención de decírselo a nadie, pero eres una diosa, Acalima, y no lo digo en un sentido poético, sino en el más estricto de la palabra. El poder está en tu naturaleza y los tuyos han de saberlo y valorarlo, sean cuales sean las consecuencias.

Las lágrimas que tanto le estaban costando contener, se desbordaron al fin de sus ojos en silencio.

Acali.— Parece que no has entendido nada. Me has oído, pero no me has escuchado. Soy una vergüenza para mi especie, una deshonra para mi madre y una amenaza para Tambora. No hay nada que valorar. Para mi madre soy un recordatorio constante de que tiene un lado vulnerable. Soy el hecho fehaciente de que un simple humano, de alguna manera, es capaz de causar estragos en su divino cuerpo, que no tiene un poder absoluto e intachable. Me odia y no se pensaría dos veces acabar conmigo. Si no lo ha hecho, es porque considera que no merece la pena malgastar su energía conmigo, no soy digna de consideración y además sería una muestra de debilidad y autocontrol ante sus súbditos. Pero sólo necesita media excusa para hacer lo que sé que en el fondo de su alma desea hacer: destruir la prueba de su flaqueza.

Marneus sintió un nudo en el estómago al verla tan frágil. Sin detenerse a pensar en lo que hacía, limpió una de las lágrimas que recorrían sus mejillas con el pulgar y le metió un mechón rebelde detrás de la oreja con una delicada caricia.

Acali.— Si se enteran me matarán. 

Marneus.— Guardaré tu secreto, Acalima. No te preocupes por eso.

Acali.— No se lo puedes contar a nadie, ni siquiera a tu hermano.

Marneus.— No lo haré, tranquila.

Los ojos de Acalima se tornaron peligrosamente tiernos al escuchar esa afirmación. Sintió la necesidad de consolarla, pero en lugar de eso, se levantó y se alejó hacia la ventana de nuevo con una incomodidad mal disimulada ante la situación. No es que tuviera lástima únicamente, es que, al comprender el porqué de sus mentiras, se había tranquilizado tanto que había dejado de llover por fin. El cielo se había despejado y se podía ver la luna. Se giró hacia ella y evaluó lo que podía hacer para reconfortarla sin que implicara algún contacto físico que pudiera malinterpretar y darle alas para que llegara a mayores.

Marneus.— No sabía que los seres de Fuego pudieran llorar.

Acali.— Herencia humana, imagino.

Marneus.— Entonces tu genética paterna te ha mejorado.

Acalima rio entre hipos.

Acali.— Conozco a unos cuantos centenares que rebatirían eso.

Marneus.— No te quito razón, hay mucho idiota por ahí suelto. ¿Esto también es un secreto?

Acali.— ¿Que hay muchos idiotas? No, creo que todos lo sabemos.

Marneus apretó los labios para contener una carcajada.

Marneus.— Que eres capaz de llorar.

Acali.— Oh, no. Eso no es un secreto para nadie. Cuando era pequeña me zurraban de lo lindo así que no lo podía evitar. Ya sabes lo que ocurre cuando te golpean en la nariz, es inevitable.

Marneus.— Qué desalmados.

Acali.— Forma parte del entrenamiento, no me pegaban por capricho. Aunque cada vez que lo hacía me ponían en cuarentena, así que, a pesar de lo que te estoy demostrando, he aprendido a controlarlo bastante bien. 

Marneus.— ¿Te ponían en cuarentena?

Acali.— Por supuesto, y lo comprendo: lágrimas, agua… Lagarto, lagarto, ya sabes.

Marneus sonrió. Había conseguido que dejara de llorar.

Marneus.— El agua no hace daño en la piel si no se prolonga el contacto en demasía.

Acali.— ¡Oh, sí! Eso lo sé ahora. No sabía lo que me estaba perdiendo. Lo de mi nueva afición a los baños es otro secreto que me tendrás que guardar.

Marneus.— Les has cogido gusto, sí. Cuéntame, ¿qué otras cualidades te ha dejado tu padre?

Acali.— No sé, colores raros, memoria eidética, buen humor…

Marneus.— ¿Buen humor? Si eres una cascarrabias.

Acali.— ¿Perdona? Mírate al espejo, omaticaya, y después me cuentas.

Esta vez no pudo contener la risa. La verdad es que no se podía decir que hubiera sido el alma de la fiesta últimamente, y mucho menos con Acali. Más bien su humor había estado negro.

Marneus.— Está bien. ¿Qué te parece si encargamos algo de comer al servicio de habitaciones y vemos la película esa de los omaticaya para que pueda descubrir exactamente por qué me llamas eso?

Acali.— Sientes nostalgia de tu pueblo, ¿verdad? Me gustaría seguir viendo El Señor de los Anillos, pero ahora mismo no me apetece ver la versión menos guapa de mamá, así que Avatar está bien.

Acalima se recostó en la cama, cruzó sus largas piernas y se puso a buscar en el móvil la popular película de manera despreocupada, mientras Marneus daba cuenta del pedido al servicio de habitaciones. Cuando colgó el teléfono, miró a su compañera que había pulsado la pausa para esperarle. 

Acali.— Si quieres verla de verdad, vas a tener que tumbarte a mi lado en la cama. Ni se te ocurra pensar que me voy a sentar en el suelo para hacerlo.

Marneus torció el gesto. Eran tantas las normas morales no escritas las que había infringido en estos últimos dos días, que temía arder en Fuego durante toda una eternidad. Pero por otro lado, la expectativa de dormir en el suelo, o en la pequeña butaca en la que dudaba que entrara, durante los días que tuvieran que quedarse allí, no era muy halagüeña.

Marneus.— Mañana pediré que nos den una habitación con dos camas.

Acali.— ¿Es que vamos a quedarnos?

Marneus.— Sólo durante unos días. Seguramente más embajadoras de Tierra acudirán a Reno para estudiar lo que ha ocurrido. Hemos matado a dos de las suyas, no creo que lo dejen correr.

Acali.— Pues espero que no se den mucha prisa. Me gustaría estar al cien por cien de mi capacidad antes de volver a toparme con una de esas gigantes. 

Marneus.— La próxima vez no daremos pie a un enfrentamiento.

Acali.— Espero que los dioses te oigan. Me duele todo el cuerpo. ¿Entonces duermes conmigo?

Marneus.— Borra esa sonrisilla socarrona. Pondré una almohada de barrera.

Acali.— No pensaba violarte. Si hasta me he puesto ropa interior de esa, ¿ves?

Acali rio mientras abría un poco el albornoz para dejar a la vista el pubis cubierto por un fino encaje de color malva. Un segundo después, cuando el sonrojo del varón Agua era más que evidente, Acali volvió a colocar la prenda de felpa en su sitio ocultando la delicada lencería.

Acali.­— ¿Lo ves? Estás a salvo.

Marneus.— No me explico cómo puedes pensar en algo así en el estado tan calamitoso en el que te encuentras.

Acali.— Puedo hacer un esfuerzo si te animas.

Con un seductor gesto y una mirada cargada de promesas, volvió a deslizar la bata de baño con lentitud exponiendo cada vez más la cremosa piel de su muslo.

Marneus.— Acalima…

Acali.— Sí, sí, mucho Acalima, pero bien que has mirado. Pervertido.

Marneus.— ¿Pervertido?

Acali.— Sí, ya sabes, lo digo por esa cara de «quiero y no puedo pero enséñame más» tan graciosa que pones.

Marneus.— Ese gesto que dices que pongo son imaginaciones tuyas.

Acali.— Imaginaciones mías, ¿eh? Tal vez tenga que volver a mostrarte lo que te pierdes para cerciorarme.

Marneus.— Deja de intentar provocarme, mujer.

Acali.— Por supuesto. No queremos que vayas con experiencia a esa unión mística vuestra. 

Marneus.— Exacto.

Acali.— Pues entonces, túmbate, anda. No me hagas levantarme para ir a por ti. 

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