Un gélido examen

Su leve respingo hizo que me despertara, pero no abrí los ojos para demostrarlo. Allí, con la cabeza apoyada sobre su hombro y acurrucada contra su cuerpo fresquito, se estaba de maravilla. Después de la tremenda paliza que me pegó la gigante de Tierra el día anterior, se agradecía el frío. Estaba tan entumecida que apenas me dolían las pocas lesiones que me quedaban por sanar. Ojalá Marneus no se hubiera despertado tan pronto.

No recuerdo exactamente en qué parte de la película me quedé dormida, ni tampoco el momento en el que desapareció la almohada-muralla que nos separaba mientras estábamos viéndola, pero estaba segura de que había sido yo la que se había desecho de ella. Se me olvidó comentarle que me muevo mucho cuando duermo y que cualquier cosa que pusiera sobre el colchón terminaría en el suelo. O tal vez no se me olvidara contárselo y quisiera hacerle sufrir un poco con mi cercanía. De cualquier modo, allí estaba yo, más feliz que un gato con su leche y Marneus con el pulso disparado debatiéndose en cómo quitarme de encima.

Lo escuché suspirar hastiado. Era obvio que la situación no le agradaba tanto como a mí, pero me dio lo mismo, mientras no me apartara de un empujón yo seguiría allí haciéndome la dormida. Me quedé muy quieta para ver si con un poco de suerte pasaba desapercibida. Pareció dar resultado ya que su corazón fue serenándose poco a poco hasta alcanzar un ritmo tranquilo y regular. Hubiera ronroneado de satisfacción, pero eso me hubiera delatado, así que simplemente me dediqué a disfrutar del momento y de su cercanía. No podía describirle como cómodo precisamente, estaba demasiado duro para considerarle como tal, pero sí podía afirmar que era el almohadón más agradable que había usado jamás. 

Noté un ligero cosquilleo en mi cuero cabelludo y cómo un largo mechón de mi cabello se desplazaba acariciando mi piel en el proceso. Era una sensación sumamente agradable. Me aventuré a espiarle por debajo de las pestañas, me moría de curiosidad por saber qué era lo que estaba haciendo exactamente para provocarme esos escalofríos. Miré su perfil y vi cómo estudiaba ensimismado mi pelo mientras lo enrollaba con una delicadeza asombrosa alrededor de su dedo índice para después llevarlo hasta su nariz e inhalar despacio. 

Ante esa situación me resultaba imposible quedarme quieta ni un segundo más. Así pues, tentando un poco más a mi suerte, me ceñí más contra su cuerpo y recoloqué la cabeza hacia él con la esperanza de tentarlo lo suficiente con mi boca entreabierta para que se lanzara. 

El resultado a mi provocación fue justamente el contrario al que esperaba. Sentí cómo se iba deslizando hasta el borde de la cama con cuidado para no despertarme hasta perder su contacto definitivamente. Me había salido mal la jugada y ahora estaba sola, con los ojos bien abiertos y empezaba a caldearme. ¡Menudo estrecho!

Lo observé caminar por la habitación para coger sus enseres y llevárselos al cuarto de baño. Ni siquiera se había dignado a volver la vista para ver si seguía durmiendo. Me senté en la cama farfullando para mis adentros cosas poco halagüeñas sobre sus beatas costumbres. ¡Qué manera de estropear lo que podría haber sido una magnifica mañana de sexo por una que me obligaba a estar de mal humor! Como no estaba en mi naturaleza lo de aguantarme, me levanté y fui tras él al baño. 

La estampa que me encontré era de lo más doméstica. Había abierto el grifo a la espera de que saliera el agua caliente. Se había quitado la camiseta que había usado para dormir, luciendo unos tribales que habían crecido desde el día anterior y estaba de pie frente a la taza del váter meando. Sonreí malévolamente y me acerqué con el sigilo de un depredador ante su presa hasta que le tuve a escasos centímetros y asomé la cabeza por un lateral.

Acali.— «Te vvvvvveo…»

Marneus.— ¡¡Acalima!!

El culpable de mi disgusto matinal no tardó ni un instante en volver a guardar lo que tenía entre manos dentro de su ropa interior. Bien, ahora el que tenía cara de mala baba era él.

Marneus.— ¡Por los cuatro dioses, mujer! ¿¡Es que no tienes ni gota de vergüenza!?

Acali.— Ya veo lo contento que te levantas por las mañanas, truhan.

Marneus.— ¡Será posible! ¿¡Es que no entiendes lo que significa la palabra «intimidad»!?

Acali.— La verdad es que no mucho.

Con toda la calma del mundo me senté sobre la encimera del lavabo y crucé las piernas de manera sugerente.

Acali.— ¿Me lo explicas?

Marneus.— Fu-e-ra. ¡Largo!

Tiró de mi mano con brusquedad y me dirigió a la puerta del aseo.

Acali.— Pero ¿por qué?

Marneus.— Eres la mujer más insoportable, descarada, maleducada, impertinente, desvergonzada, insolente…

Acali.— Vale, vale, ya lo pillo. Déjalo o te quedarás sin adjetivos para otra ocasión.

Marneus.— ¿Es que no has visto que estoy en el baño?

Me reí, cosa que pareció molestarle aún más si cabía porque aprecié con total claridad cómo los tendones de su mandíbula se tensaban hasta marcarse.

Acali.— Lo he visto todo bastante bien, sí, y no está nada mal.

Su tez se empezó a poner roja por la ira, o puede que fuera por la vergüenza de que le hubiera visto sus partes nobles. El caso es que alargó el brazo empujándome hasta que tuve los pies en el pasillo y cerró la puerta de golpe.

¡Clic!

Y echó el cerrojo. 

Intenté contener la risa, lo que fue prácticamente imposible después de ver su cara.

Acali.— No te pongas colorado, corazón. No tienes de qué avergonzarte, estás muy bien dotado en realidad.

Escuché cómo se metía en la ducha y refunfuñaba. Me atrevería a asegurar que ahora estaba un pelín más molesto que yo. Se lo tenía merecido.

Acali.— Eso, dúchate a ver si se te bajan un poco los humos.

Como de momento no tenía posibilidad de darme un baño, decidí hacerme un reconocimiento clínico. Ahora que el fresco que me había acompañado durante la noche comenzaba a desaparecer, volvía a sentir un dolor aguado en algunas zonas de mi cuerpo que no se habían recuperado.

Me quité el albornoz y me situé frente al espejo de la puerta del armario para hacer el control de daños. Estaba estupenda, como siempre, pero el color de mi piel se tornaba en un abanico de colores variopintos que iban desde el amarillo verdoso hasta el morado negruzco. Enfoqué mi vista hacia este último. Mis costillas no habían tenido tan mal aspecto en la vida. Apoyé mis dedos sobre ellas para evaluar la lesión, pero el simple contacto hizo que se me cortara el aliento y no me atreví a palparlas más allá de ese sencillo roce. Fuera lo que fuera lo que tenía, no era bueno, pero tampoco lo suficientemente malo para matarme. Sanaría, pero necesitaba más tiempo.

Los que tampoco quedaron muy bien parados fueron mis antebrazos. Allí había recibido el mayor número de golpes al usarlos como escudos, así que ya había sospechado, incluso durante la pelea, que lucirían este aspecto multicolor tan estrafalario. Dolían, era cierto, pero era un dolor ridículo en comparación con el de las costillas, lo que en cierta manera me resultaba paradójico porque podía acordarme de cada estacazo que había detenido con los brazos, pero me era imposible recordar un golpe tan fuerte que me hubiera producido semejante desventura.

Recuperé el níveo albornoz del suelo y me volví a cubrir con él a la espera de que Marneus saliera del cuarto de baño. Luego me decía a mí, pero él llevaba ya diez minutos bajo los chorritos de agua. Sabía que necesitaba una ducha y él frota que te frota sin salir, era una desconsideración por su parte.

Un par de minutos después, salió del aseo completamente vestido con unos pantalones vaqueros azules, una camiseta de manga corta de color gris oscuro, un precioso ceño fruncido y una mirada de perdonavidas que quitaba el hipo. Definitivamente merecía la pena enfadarle si se iba a poner tan sexi cada vez que lo hiciera.

Acali.— Por fin. Estaba a punto de entrar a mirar si te habías ahogado.

Marneus.— ¿Me lo dices en serio?

Acali.— Por supuesto, eres un tardón.

Un tendón vibró en su mandíbula. Me empezaba a gustar mucho ese gesto.

Marneus.— Vístete de una vez.

Marneus metió la mano en la bolsa que me había proveído de ropa y al azar me lanzó un puñado de prendas a la cara. El movimiento instintivo que hice para atraparlo provocó que emitiera un quejido de dolor y seguidamente me doblara sobre mi costado para sujetarme las costillas.

Acali.— ¡Serás bruto! ¿Es que quieres matarme?

Un nuevo y sutil tinte de preocupación se extendió por el rostro de mi compañero. Hacía bien en estar inquieto, lo hubiera calcinado en ese momento de no temer que se me cayeran las costillas si las soltaba.

Marneus.— ¿Qué te ocurre?

Acali.— Ayer me pegaron la paliza de mi vida, ¿tú qué crees que me ocurre?

Marneus.— Ayer parecías recuperada.

Acali.— Me dolía menos que ahora, es cierto.

Marneus.— Déjame que te vea.

Acali.— No hace falta.

Marneus.— No seas cabezota, Acali. Permíteme que te examine.

Acali.— ¿Si lo hago me dejarás tranquilita de una vez?

Marneus.— De acuerdo.

No sin esfuerzo, saqué los brazos de las mangas del batín y permití que se deslizara por mi tronco hasta dejarlo colgando en mi cintura. Marneus se quedó mudo y un tanto rígido al tenerme semidesnuda frente a él. Aunque era plenamente consciente de que mis pechos podrían hacer perder el sentido a cualquiera, no era la primera vez que me los veía. No entendía a qué venía tanto susto. Se me ocurrieron varios comentarios jocosos, pero en ese momento no estaba para muchas bromas.

Acali.— Marneus, límpiate la baba y haz el jodido examen. Tienes la máquina de aire frío a toda pastilla y me estoy quedando tiesa.

Sin decir una palabra, se sentó en la cama, me colocó frente a él, sujetó mi muñeca y tiró de ella con suavidad para dejar a la vista mis maltrechas costillas. 

Marneus.— Tienen mala pinta.

Acali.— ¿Mis pechos o las costillas?  

Marneus.— Acalima, si vas a ponerte a gastar bromitas…

Acali.— Aguafiestas.

No pude evitarlo, me lo ponía demasiado fácil.

Marneus.— Voy a palparte, creo que tienes algunas rotas. Vas a sentir frío.

¿Frío había dicho? Se me ocurrían muchos adjetivos para definir el contacto de sus manos: gélido, glacial, helado, tormentoso… Inmediatamente después de que apoyara sus manos, todos los poros de mi piel se erizaron y las aureolas de mis pezones se contrajeron poniéndolos sensualmente duros como el granito. Los ojos azules de mi médico improvisado se desviaron hacia ellos un instante, tragó saliva y volvió a concentrarse en el examen táctil de manera eficiente. 

No sabía si era por el morbo de lo prohibido o porque jamás me habían tocado de aquella manera, pero de forma instintiva di un paso hacia él con la respiración más agitada de lo que se suele tener en una revisión médica de esas características.

Marneus carraspeó, sujetó mis caderas y me empujó hacia atrás con delicadeza para dejar el espacio suficiente para ponerse de pie enfrente de mí.

Marneus.— Tienes algunas costillas rotas y juraría que una de ellas por varios sitios. Es normal que estés dolorida.

Acali.— Ajá…

Su cercanía me intoxicaba. Ahora mismo no sentía nada que no fuera él.

Marneus.— Creo que lo mejor será que hoy te quedes aquí y descanses.

Caminando tranquilamente se me escapó por un lateral. ¡Por los cuatro dioses! ¡Ese hombre estaba hecho de hielo! No estaba ni nervioso. ¿Acaso no tenía apetito sexual? 

Acali.— ¿Que me quede? ¿Cómo?, ¿yo sola?

Marneus.— Sí. No hay tiempo que perder y ya te he explicado que es probable que las embajadoras de Tierra acudan para ver qué ha ocurrido.

Acali.— Ya, ya. Pero me voy contigo.

Marneus se agachó para coger su espada de acero azul. La llevaba enfundada en una bonita vaina de cuero negro con intrincados dibujos plateados que me recordaban a los tribales que teñían su piel. Aun sin poder verla en toda su longitud, sabía a la perfección cómo era. Se trataba de un arma pesada, con empuñadura de marfil cuyo pomo estaba rematado por una tanzanita tallada. Su afilada hoja azulada no era excesivamente grande, tendría unos setenta y cinco centímetros de longitud y unos seis centímetros de anchura. Era un acero hermoso, pero también era el instrumento más temido por mi especie, ya que en manos de su portador, un corte era capaz de dejarnos congelados y ralentizar de esta manera nuestros movimientos. No la quería cerca de mí, así que agradecí que la colocara entre sus omoplatos por dentro de su ropa para que pasara desapercibida. Tenía una espalda tan ancha que jamás hubiera adivinado que la llevaba ahí.

Marneus.— No. Date tiempo para sanar, si no lo haces, te llevará más tiempo recuperarte.

Acali.— Creía que no te fiabas de dejarme sola.

Marneus.— Ya, pero es por una causa mayor. Además, te portarás bien. Con lo que sé ahora, tienes más que perder que yo. 

Acali.— Serás…

Marneus.— Acuéstate y duerme. Con el frío que te he aplicado tendrás la zona adormecida durante unas horas. Ordenaré en recepción que te suban algo de comer.

No me dio tiempo a replicar, cuando quise abrir la boca para protestar ya había salido de la habitación dejándome sola.

Razón no le faltaba, necesitaba hacer reposo, pero la idea de pasarme el día allí quieta sin hacer nada no me gustaba en absoluto. Prefería estar incordiándole, al menos me alegraba la vista y los sentidos. Ahora tenía tiempo para darle vueltas a la descarada cobra que me había hecho, y eso sí que no me hacía ni pizca de gracia. Ahí había otra cosa que me diferenciaba de los míos, yo no era de las que se lanzaban, pero una vez que daba el paso, jamás me habían rechazado, y me fastidiaba, ya lo creo que lo hacía. Refunfuñando, me eché sobre la cama para intentar conciliar el sueño y no darle más vueltas a la cabeza. Afortunadamente lo conseguí.

* * *

Pasé el día a mitad de camino entre el sueño y la inconsciencia total. Había acatado las órdenes del dios al pie de la letra: descansar, descansar y descansar. Recuerdo haber abierto los ojos en tres ocasiones. En la primera entraba la luz a raudales, en la segunda ya se dejaban ver las sombras, pero en ninguna de ellas me moví un ápice, sencillamente me dejé arrastrar de nuevo a los brazos de Hipnos y en la tercera fue cuando noté que Marneus se metía en la cama. En esa ocasión no abrí los ojos propiamente dicho, parecía que mis párpados habían estado todo el día levantando peso. Sencillamente me acurruqué contra él para dejar que su fresca presencia actuara como antiinflamatorio. Si se apartó o no esa vez, es todo un misterio, sólo me acuerdo de que era como estar en el cielo.

* * *

El sol inundaba cada rincón de la habitación del hotel y una bolsa de papel, de la que salía un olor exquisito, me llamaba desde la mesa de la televisión. 

Acali.— ¿Marneus?

Cogí el teléfono de la mesilla para mirar la hora. Desde aquel cubículo era complicado determinarla por el cielo. Eran las once de la mañana. Había dormido cerca de veintiocho horas seguidas, pero tenía la impresión de haber invernado cual oso en invierno. Tenía una resaca horrible y un hambre voraz. Volví a llamar a Marneus, pero obtuve la misma respuesta: ninguna. Ese mamón se había vuelto a largar sin mí y esta vez ni siquiera había tenido la poca vergüenza de despertarme. Seguro que no lo había hecho para poder ir al baño sin mis visitas, las que pensaba convertir en tradición.

Molesta, me levanté de la cama para poder ir a hacer mi propia visita al baño y después regresé al lecho tomando la humenante bolsa de papel marrón para investigar qué había en ella mientras me tendía cómodamente entre las sábanas.

Busqué una aplicación de color verde en mi teléfono. Por lo que había podido curiosear en internet, era un recurso de mensajería instantánea que casi todos los humanos usaban. Entré y después de investigarla un poco para ver cómo funcionaba, pinché sobre el nombre de Marneus. Una ventana de color gris con dibujitos apareció ante mis ojos invitándome a que le enviara un mensaje.

Acali:

No te puedes imaginar lo bien que se está en la cama.

Marneus:

Me puedo hacer una idea. ¿Te encuentras mejor?

Acali:

Sí, aunque todavía me molesta un poco, como hoy no me has puesto frío…

Marneus:

Estabas muy dormida y no quería molestarte, y después de lo de anoche, menos todavía.

Acali:

¿Después de lo de anoche?
¿¿¿¿¿No me digas que te liaste la manta a la cabeza y perdiste los hábitos monacales y no me acuerdo?????
Sería una lástima, hubiera hecho de tu primera vez algo… memorable.

Marneus:

Sabes que no hablo de nada de eso.

Acali:

Aaaaah… ¡lástima!

Marneus:

Me dejaste meridianamente claro que no se te puede despertar. Tal y como estabas, no me extraña que no recuerdes nada.

Acali:

Bueno, pero la noche es para dormir,
esta mañana sí deberías haberme despertado.

Marneus:

¿¿Después de lo que pasó?? Noooo, gracias. No merecía la pena correr el riesgo.

Acali:

Si no me lo explicas, será mejor que no me vuelvas a decir eso.

Marneus:

Jajaja… Vale.

Acali:

Seguro que me intentaste despertar a empujones y claro…
La próxima vez inténtalo con caricias, verás como respondo mejor.

Marneus:

Ya veo por dónde vas, seguro que eso es lo que te gustaría.

Acali:

Pues claro, por eso te lo digo. Bueno, ¿cómo vas por ahí?

Marneus:

Ni rastro de Tierra. 

Acali:

¿Estamos perdiendo el tiempo aquí?

Marneus:

No del todo, tú necesitabas recuperarte, así que como dicen en el Eden: «No hay mal que por bien no venga».

Acali:

También dicen: «En cien años, todos calvos».

Marneus:

¿Y eso qué tiene que ver?

Acali:

Nada, pero también lo dicen.

Marneus:

Por los dioses… Me ha tocado una compañera con déficit de atención.

Acali:

Deberías estar dando saltos de alegría de que me eligieras a mí y no a mi hermano. Tan guapo y buenorro como estás, ya te habría violado.

Marneus dejó de estar en línea. Segurísimo que estaba apretando la mandíbula por mi comentario, pero era la pura verdad. Estoy convencida de que mi hermano le había echado el ojo, ¿quién en su sano juicio no se lo echaría?

Como otra vez parecía no querer saber nada de mí, me puse a curiosear en Google. Descubrí que a los humanos les había dado por escribir, y mucho. Así que ávida por nuevos conocimientos, me descargué unos cuantos libros que llamaron mi atención y me afané en su lectura. Si el cine me encantó, la literatura edeniense me estaba enamorando por completo. Los humanos no estaban tan mal al fin y al cabo, eran más complejos de lo que nos hacían creer. Tenían teorías para casi todo y sus sentimientos eran bastante más complicados que los nuestros, la gama de grises entre el blanco y el negro era mucho más amplia de lo que nosotros nos atreveríamos a soñar. Estaba absolutamente enganchada, tanto, que incluso me costó despegar la vista para hacer caso al sonido tintineante que emitió de nuevo el teléfono.

Marneus:

Acali.

Acali:

Creía que se te había perdido el teléfono, como no contestabas…

Marneus:

He salido a dar un paseo por los alrededores.

Acali:

Menuda excusa barata. ¿Alguna novedad?

Marneus:

Ninguna. Hay un montón de humanos estudiando el estropicio, pero nada que nos interese.

Acali:

Zzzzz.

Marneus:

Sí, estoy aburrido.
Oye, ¿puedes sacar una foto del mapa de carreteras que está guardado en mi bagaje? Tengo algunas anotaciones en él que me gustaría comprobar.

Acali:

Sí, claro.

Me levanté de la cama y fui a buscar lo que me había pedido. Me volví a sentar apoyando la espalda en el cabecero y lo extendí sobre mis piernas para obtener toda la panorámica, todo estaba listo, salvo por un pequeño detalle…

Acali:

No sé hacer fotos.

Marneus:

¿Ves encima del teclado un cuadradito con un circulo en el centro? Picha ahí, apuntas y le das a un círculo blanco.

Acali:

Vale.

Sonreí de manera perversa. No sabía lo que había hecho enseñándome a hacer fotografías. Apunté a la zona sur del plano, sacando una pequeña parte del mapa y una gran parte de mis muslos y pubis cubierto por encajes y se la envié. Si por decirle que mi hermano le hubiera violado me había dejado de hablar durante unas horas, por esa instantánea estaría media vida.

Marneus:

Acalimaaaaaaaa.

Acali:

¿Qué?

Marneus:

¿¿Tú ves normal enviarme esta clase de fotos??

Acali:

Ya… No lo he hecho aposta… Es que entre mirar dónde estaba el círculo blanco ese e intentar que el plano no hiciera arrugas… ya sabes, me he desviado un poco.

Marneus:

¿¿Un poco dices?? Por favor, haz otra foto y esta vez apunta más arriba.

Acali:

¿Más arriba aún? ¿Estás seguro?

Marneus:

Sí, segurísimo.

Pulsé otro botón con unas flechas que hicieron que cambiara el ángulo de la imagen. Ahora estaba enfocando a mi rostro de manera poco provocadora. Sólo el ser humano era capaz de crear algo con lo que saliera poco favorecida, ¡qué horror de imagen! Levanté el teléfono, para apuntar lo que había por encima de mi pubis formando un ángulo recto con respecto al colchón y disparé. El profundo escote en uve del albornoz, que había cambiado por el que supuestamente tendría que usar Marneus, dejaba poco a la imaginación.

Marneus:

Por los dioses, estás enferma…

Acali:

Y si no lo estuviera, ¿¿qué me harías??

Marneus:

Sabes lo que quiero decir, no te hagas la tonta, que de eso no tienes ni un pelo.

Acali:

Jajaja. ¡¡Has dicho que apuntara más arriba!! Culpa tuya, la próxima vez especifica más.
No te toques, ¿¿eh??, o hazlo si quieres, pero entonces mándame una foto a mí para poder acompañarte.

Marneus:

Será posible…
Menos bromas, estamos trabajando.

Acali:

No te enfades, tempanito.
Espera, voy a intentar hacer otra,
no te prometo nada.

Marneus:

Noooooo, déjalo. Ya lo miraré cuando llegue.

Acali:

Jeje… Sé que te han gustado, no tienes por qué disimular conmigo.

Marneus:

No voy a responder a eso. ¿Cómo sigues?

Acali:

Estoy bien. Llevo todo el día leyendo. Hay un libro que me ha llamado poderosamente la atención.
Estoy deseando que llegues para contártelo 

Marneus:

Ah, ¿sí?, ¿de qué trata?

Acali:

Es largo de explicar y no hay prisa. Me gustaría que le echaras una hojeada también, a ver qué te parece.

Marneus:

Conociéndote, será una novela guarra.

Acali:

Una parte nada más, pero sobrevivirás a ella.

Marneus:

Está bien. ¿Y sólo has estado leyendo?

Acali:

Bueno, me he aseado un poco y he comido lo que me has dejado. Gracias, por cierto. También he disfrutado de la compañía de un paisano tuyo. Te echaba un poco de menos y no he podido resistirme.

Marneus:

¿Un paisano mío? ¿Qué está haciendo allí? ¿Sabe qué estamos haciendo aquí?

Rebusqué en la bolsa de la comida una botella de agua mineral que no me había bebido, y aprovechando que había aprendido a hacer fotos, me hice una posando con mi cara apoyada sobre ella de forma tierna y con la más dulce de mis sonrisas y se la envié. 

Acali:

Evian es más complaciente que tú
y mucho menos gruñón.

Marneus:

Jajajajajajajajajajajajajaja.

Acali:

Con él estoy como pez en el agua, todo fluye y no se ha quejado por compartir la cama.
En serio, aún no ha llovido.

Marneus:

Sin duda será porque no tiene oídos.

Acali:

¡Oye!

Marneus:

A ver lo que vas a hacer con la botella, ten cuidado.

Acali:

No me creo lo que estoy leyendo.
Estás destruyendo tu fachada de monje.
Mis fotos te han dado ideas, ¿eh? 

Marneus:

Jajaja. Sigue soñando.

Acali:

Necesito material visual para eso, ¿pillas la indirecta?

Marneus:

Ni de broma.

Acali:

Menudo soso.

Marneus:

Bueno, voy a salir a dar otra vuelta. No creo que tarde en volver al hotel.

Acali:

De acuerdo. Aquí te esperamos Evian y yo.

Marneus:

Jajaja. Eres de lo que no hay.

Acali:

Ya lo sé. 

Marneus:

¡Hasta luego, pelirroja!

Bueno, al menos sabía que no se había desmayado por las fotos.

Continué con la lectura hasta que mis ojos gritaron auxilio y después me puse a ver la segunda parte de El Señor de los Anillos. Cada vez me costaba más entretenerme con cualquier cosa. Como Marneus tardara mucho, saltaría por la ventana. Aquellas cuatro paredes se volvían más opresivas por segundos. No lo reconocería ni bajo tortura, pero la verdad es que le estaba echando de menos. Era extraño tener este pequeño grado de necesidad de ver a otro ser, al menos para mí, pero era una tontería negar lo obvio. 

Marneus era un estirado, un cascarrabias y no paraba de quejarse por cualquier minucia, pero la verdad es que aquel improvisado e impuesto viaje estaba resultando bastante ameno gracias a su compañía y podría ser aún mejor si se olvidara de todos sus remilgos raciales y se liara la manta a la cabeza.

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