Un oasis en el desierto

Salió del ascensor y caminó por el pasillo de la cuarta planta hasta llegar a la puerta de la habitación. Había pensado en detenerse para comprar algo de picar antes de llegar, pero desde que habían pisado el Edén no habían hecho una comida decente, así que decidió que había llegado la hora de hacer una cena en toda regla si a su compañera se lo permitían las lesiones, si no, siempre podía encargar algo al servicio de habitaciones como había hecho las últimas dos noches.

Usó la llave para entrar sin hacer ruido. Si estaba dormida, era innecesario perturbarla. 

Acali.— «No puedes pasar. Soy siervo del fuego secreto, administrador de la llama de Anor. Tu fuego oscuro es en vano. ¡Llama de Udûn!».

De todas las posibilidades que había imaginado encontrar cuando asomara la nariz en la habitación, esta no encajaba con ninguna. Acali estaba de pie de espaldas a la puerta, con la colcha de la cama sobre los hombros a modo de capa y una escoba, que no tenía ni la más remota idea de dónde podría haber sacado, sustituyendo a una vara. 

Acali.— «Regresa a la sombra. ¡No! ¡Puedes! ¡Pasar!».

Sin más preámbulos que ese, Acali, golpeó el suelo con la escoba y una llamarada surgió de la nada sobre la pequeña mesa a la que se estaba enfrentando. Los ojos de Marneus se abrieron como platos. Se había equivocado cuando decidió que se podía quedar sola. Acalima soltó el cepillo y comenzó a palmotear la superficie de madera sofocando el pequeño incendio con éxito en pocos segundos, pero ya era tarde, la había visto y la habitación se había llenado de una ligera neblina a causa del humo.

Marneus.— ¡Acalima! ¿¡Qué estás haciendo!?

Acali.— Marneus, ¡hola!

Marneus.— ¿Es que estás loca?

Acali.— ¿Yo? No, ¿por?

Marneus.— ¿Por? ¿Es que quieres que salga ardiendo el hotel?

Acali.— Ah, por eso… No te preocupes, hombre. No ha sido nada. Está todo controlado.

Marneus.— Tenemos suerte de que no haya saltado el sistema antiincendios. 

Acali.— Es sólo un poco de humo. ¿Qué tal el día?

Marneus.— Más tranquilo que el tuyo.

Acali.— Lo dudo mucho, mi día ha sido aburridísimo, tenía ganas de que llegaras.

Marneus.— ¿Para tener a alguien a quien torturar?

Acali.— ¿Cómo lo has adivinado?

Acali le dedicó una amplia y radiante sonrisa como si en verdad estuviera contenta de verlo. Si se ponía en ese plan, era complicado estar molesto mucho tiempo con aquella criatura por mucha travesura que hiciera.

Marneus.— ¿Te encuentras mejor ya?

Acali.— Sí, estoy como nueva.

Marneus.— Y si estás tan bien y has estado aburrida, ¿cómo es que aún sigues con ese albornoz?

Acali.— En realidad el que tú habías visto ya me lo he quitado. Este es el tuyo. ¿Quieres que te lo devuelva ahora mismo?

Agarró el nudo que hacía que estuviera cerrado y comenzó a deshacerlo.

Marneus.— No hace falta. No lo voy a usar, pero me harías un favor si te pusieras ropa de verdad para bajar a cenar al buffet. 

Acali.— ¡Uy!, ¡qué bien! Una cena romántica de esas que hacen los humanos.

Marneus.— No. Simplemente nutrición sana como los seres civilizados que somos.

Acali.— Me gusta la idea igualmente.

Marneus.— Me alegro. 

Acali.— De cualquier modo, el albornoz tiene que ir fuera, ¿no? 

Marneus.— Será mejor que te espere abajo.

Acali.— Como quieras.

Marneus se dio la vuelta hacia la puerta justo cuando el sonido sordo del batín de felpa cayendo a la moqueta llegó a sus oídos. Ya era un hecho, aquella hembra disfrutaba torturándolo.

* * *

El comedor del hotel estaba atestado. Cientos de hombres y mujeres llenaban sus platos hasta que ya no cabía nada más y los llevaban a sus mesas entre parloteos y pasos amplios. Iban vestidos de manera elegante, preparados, sin duda, para la noche de juego, alcohol y tal vez un poco de sexo, que les esperaba entre esas paredes. En aquella «pequeña gran ciudad» era legal el juego y todos los hoteles que se preciaban tenían un casino como parte de la oferta lúdica que brindaban, al que los humanos le daban buen uso.

Recorrió el salón con la vista en busca de una mesa que quedara apartada del centro de la vorágine. Quería tener más intimidad y estar resguardado de las miradas de la gente. Una vez que la localizó, fue hacia allí y se sentó a esperar a que llegara Acali, que no se hizo rogar demasiado.

Como había esperado, en el momento en que la pelirroja puso un pie en el comedor, comenzó a acaparar la atención. Los hombres la miraban con deseo mal disimulado y las mujeres con envidia o un forzado desinterés. No lo sorprendió, la apariencia de los nacidos en Fuego estaba creada para destacar, y los colores que lucía su compañera le daban un punto extra de exotismo nada desdeñable. Además, no ayudaba a ser discreta que caminara con esa gracilidad acompañada de una sonrisa risueña.

Acali.— No me digas que no te gusta. ¡Lo elegiste tú!

Marneus.— ¿Qué?

Sin darse cuenta, él mismo también se había quedado mirando ensimismado. Era asombroso el poder hipnótico que podían llegar a tener los seres de aquella raza. No le extrañaba que Aelo, el dios Aire, fuera tan fácilmente manipulado por Ígnea.

Acali.— La ropa. La escogiste tú, Marneus, así que ahora no le busques pegas.  

Marneus.— La indumentaria está bien.

Acali.— Pues nadie lo diría al verte la cara.

Marneus.— Estaba pensando en otra cosa. No eres el centro del universo, Acali.

Acali.— Desactiva el modo gruñón y vamos a comer algo, ¿te parece bien?

Marneus.— Sí, claro.

Acali.— Podrías haber elegido una mesa que estuviera más cerca de la barra de comida. Parece ser que hay que ir cargando con ella hasta la mesa.

Marneus.— He elegido esta precisamente porque está más retirada de todo el barullo.

Acali.— Ah… La famosa intimidad. Si me quieres meter mano, no había hecho falta que bajáramos a cenar, la habitación de este hotel sí es confortable y decente.

Marneus.— No seas tonta. Lo he hecho porque es mejor que nadie escuche lo que hablemos.

Acali.— No creo que entendieran gran cosa, pero bueno. Podemos hablar en algún idioma raro, si así te sientes más tranquilo.

Marneus.— No es mala idea. A veces esa cabeza tuya funciona bien.

Acali.— Cómo te gusta camuflar los cumplidos entre insultos.

Marneus sonrió de medio lado antes de contestar.

Marneus.— Ya tienes suficientemente hinchado el ego como para insuflarle un poco más de aire adrede. 

Acali.— ¿Que tengo hinchado el ego? De eso nada. Soy muy realista.

Marneus.— Sí, sí, claro, seguro. Vayamos a coger nuestra comida.

Sus gustos, en cuanto a alimentación se refiere, eran muy diferentes. Marneus optó por pescado y mariscos, mientras que a Acali le sedujo más la carne y se arriesgó con pasta con tomate. Según argumentó, si los platos de los pocos niños que había en el hotel llevaban macarrones, significaba que estaban buenos, aunque no fuera precisamente lo más sano del menú.

Marneus.— Háblame de ese libro que me has comentado antes.

Acali alzó la vista de su plato para mirar a Marneus e, instintivamente después, examinar a la gente que los rodeaba en busca de oídos indiscretos.

Acali.— Me ha dado la impresión de que hablaba de Tierra.

Marneus resopló. Eso le sonaba de algo.

Marneus.— ¿Es que vas a asociar a cada elemento con una película o libro? Pronto comenzarás a asignarnos canciones.

Acali.— No, no, esta vez lo digo en serio, aunque lo de las canciones no es mala idea. Verás, la novela comienza narrando la historia de un joven…

Marneus.— En serio, Acalima, deberías comenzar a administrar el tiempo en cosas más provechosas. No nos servirá de nada que andes leyendo novelas sin ton ni son. Si quieres hacerlo, espera a volver a Fuego.

Acali.— ¿Te puedes callar y dejar que te lo cuente?

Marneus.— Está bien. Habla.

Acali.— Te narra la historia de un joven, un humano, que a los dieciséis años sin saber cómo, se ve secuestrado por dos mujeres de dimensiones colosales, de piel marrón como el chocolate y brillantes ojos verdes. Describe una puerta inmensa y extraña, y tras ella un vacío que terminó en un mundo árido y subterráneo, repleto de aquellas magníficas criaturas. Después de ser minuciosamente inspeccionado, le trasladaron a una celda en la que se dio cuenta de que no era el único que había caído en las garras de aquellas frías mujeres. Apenas tenían espacio para sentarse y estirar las piernas, se apiñaban los unos contra los otros robándose el oxígeno para poder sobrevivir. Cuenta con mucho detalle cómo los tuvieron varios días sin comer, subsistiendo a base de un líquido que no se podría definir como agua y que, gracias a esto, la lucha por el espacio cesó. Los chavales morían sin que nadie pudiera hacer nada por ellos, un día se dormían y al despertar, el compañero que tenían al lado ya no respiraba. Explica que era absurdo intentar entablar amistad con alguien ya que nadie sabía si conseguiría sobrevivir hasta el día siguiente. Entre unos pocos amontonaban los cadáveres en un rincón para hacer hueco y evitar entrar en contacto con ellos y que pudieran contraer enfermedades. El cuadro que expone el autor es espeluznante, Marneus.

Marneus.— Continúa.

Acali.— Tras ese periodo de hambruna, los estuvieron alimentando con una dieta rica en carnes crudas y muy pocos vegetales, y poco después, cuando se los veía fortalecidos, comenzaron con unos entrenamientos que les ocupaban la mayor parte del tiempo que estaban despiertos. Hacían ejercicios de agilidad, fuerza y velocidad, hasta que sus cuerpos caían por el agotamiento. Dice que, durante ese tiempo, que se prolongó lo que el autor calcula como cerca de cinco años, la mayoría de sus compañeros murieron por extenuación y al final, tan sólo quedaron veinte. Cuenta que se planteó escapar cientos de veces, pero sabía que si no lo conseguía, el ejército de amazonas que vivía allí acabaría con su vida. Además, tenía la esperanza de que cuando terminara aquella grotesca preparación y cumpliera su cometido, que no era otro que ganar un torneo, le devolverían su libertad.

Marneus.— La verdad es que suena a la selección de Tierra para encontrar macho.

Acali.— ¡Calla, ahora viene mi parte favorita! Relata el torneo con todo lujo de detalles y lo describe como una batalla de gladiadores al más puro estilo romano. Tendré que investigar esa parte, porque la verdad es que no he visto ningún espectáculo de esos en YouTube y siento curiosidad.

Marneus.— No te despistes, Acalima. Continúa.

Acali.— ¡Ah, sí! Pues después de mucha, mucha, mucha sangre, aunque afortunadamente ninguna baja, el protagonista quedó en el primer puesto. Pero no sucedió lo que él creía que ocurriría, no lo liberaron. Sin embargo, el trato fue muy distinto al que había recibido hasta el momento. De la arena, le trasladaron a una habitación que estaba en alguna clase de palacio rústico pero muy fastuoso igualmente. Allí, cuatro mujeres lo desnudaron, le limpiaron la mugre con toallas húmedas y lo perfumaron, y menos mal, porque por lo que cuenta, debía de oler fatal.

Marneus.— Te desvías.

Acali.— ¡Es que es cierto! En fin, después de eso, lo llevaron a otra habitación en la que el mueble que la gobernaba era una enorme cama. Le pidieron que esperara allí y pocos minutos después, apareció una nueva mujer. Atento a esto, cito textualmente: «Una hermosa mujer de pelo largo y rojo como la sangre, ojos dorados como el oro recién pulido y un cuerpo curvilíneo y exuberante que podría hacer llorar hasta a los muertos. Su voz era un auténtico canto de sirena, andaba con la elegancia de un felino y su sonrisa hacía que fuera capaz de olvidar todo el calvario que había pasado durante todos aquellos años. Aquella mujer era un oasis en el desierto».

Marneus.— Qué título más desacertado.

Acali.— ¡Ya te digo! Nefasto. A mi madre le daría un pasmo si se enterara.

Marneus.— ¿Y qué más cuenta?

Acali.— Hace una descripción bastante tórrida del encuentro, que no voy a explicar para no dañar tu sensibilidad. Aunque si quieres mi humilde opinión, conociendo a mi madre como la conozco, creo que lo que narra es más fantasía que realidad. Cualquiera que haya tratado un poco con mamá sabe que ella no se pondría de rodillas para…

Marneus.— Tienes razón. Es mejor que no des detalles.

Acali.— Marneus, algún día tendrás que aprender. Deberías de mentalizarte. Es algo natural y muy divertido.

Marneus.— Lo sé, pero no quiero que seas tú quien me enseñe.

Acali.— Creo que estás en un error. ¿Quién mejor para…?

Marneus.— Acalima.

Acali.— Vale, vale. Tú te lo pierdes.

Marneus.— Sigue.

Acali.— Pues poco más. Después del rápido encuentro, la mujer se vistió y se marchó. Nuestro protagonista, con intención de no perderla, la siguió por los rincones más recónditos del palacio hasta llegar a una extraña puerta con la misma apariencia que la que había traspasado para llegar a aquel infierno subterráneo. Tal y como describe las dos veces la puerta, creo que se refiere a la Puerta Elemental.

Marneus.— Tiene toda la pinta, sí. 

Acali.— Y ya. Fin. Tenía bastantes hojas, ¿cuánto quieres que dure?

Marneus.— Vaya. Así que escapó. Quién lo hubiera dicho.

Acali.— A ti también te parece demasiada coincidencia, ¿verdad?

Marneus.— Sí, demasiadas similitudes para ser casualidad. ¿Y cómo te lo has tomado? ¿Te sientes bien?

Acali.— ¿Por qué no habría de sentirme bien? Me parece curioso. Me ha servido para saber cómo funciona esta raza. Son auténticas guerreras, no descansan y apenas hacen vida social entre ellas. Prepararse para la guerra es prácticamente su razón de ser.

Marneus.— No me refiero a eso. 

Acali.— Entonces, ¿qué quieres decir?

Marneus.— Bueno, me había imaginado que a lo mejor te podría afectar de algún modo tener noticias de tu padre.

Acali miró a Marneus como si le hubiera salido una segunda cabeza y después empalideció ligeramente.

Acali.— No había pensado en ese detalle. En Fuego no reconocemos a la rama paterna.

Marneus.— ¿Y eso a qué se debe?

Acali.— Porque no se suele saber con claridad de quién se trata. Si te acuestas con tres o cuatro varones al día y lo multiplicas por los días que tardas en enterarte del embarazo, salen muchos posibles padres. A no ser, claro está, que hayas tenido una temporada de diversión con personas de tu mismo sexo, entonces es fácil adivinar de quién ha sido el desliz, pero ya por tradición no se tiene en cuenta.

Marneus se quedó mirándola ojiplático. 

Acali.— ¿Qué de todo lo que te he dicho te ha dejado con esa cara?

Marneus.— ¿Tres o cuatro al día? ¿De verdad?

Acali rio. A sus ojos debía de parecerle tan inocente como un bebé.

Acali.— Incluso a veces tres o cuatro a la vez.

Marneus.— Por los dioses… Sois como animales.

Acali.— No nos juzgues. Desde luego es más divertido eso que estar esperando a que esté preparada la mujer adecuada mientras te vas tiñendo de azul de dentro hacia fuera. 

Marneus.— ¿Y tú…?

Acali.— ¿Quieres saber con cuántos me he acostado?

Marneus.— No, mejor no me lo digas, prefiero no saberlo.

Bajó la cabeza y continuó comiendo la trucha fría que tenía en el plato. Tenía más que claro que su compañera contaba con una vasta experiencia a lo que a sexo se refería, pero nunca hasta ese momento se lo había planteado de ese modo, y de una extraña manera, le molestaba saber con certeza cuánto era de extenso dicho conocimiento.

Marneus.— Será mejor que comas. Se está quedando helado.

Con una sonrisa divertida, Acali extendió el brazo hacia su plato hasta apoyar el dedo índice en el borde. Pocos segundos después, el delicioso aroma del pescado llenó el aire. Estaba más caliente que cuando se lo habían servido en el buffet. 

Acali.— Calentar comida es mi especialidad. 

Marneus.— Gracias.

Acali.— Mi media de encuentros es mucho más mediocre que la del resto. Para ellos no resulto atractiva.

Marneus volvió a alzar la vista hasta ella. La piel de Acalima se había sonrojado tenuemente, pero no sabía si el rubor era por la confesión o por la descarga de energía que acababa de liberar.

Marneus.— No puedo entender por qué.

Acali.— ¡Yo tampoco! ¿Te lo puedes creer? Espera, espera… ¿No me estarás tomando el pelo? 

Rio en voz alta, risa que contagió a la mujer que se sentaba frente a él.

Marneus.— Tú sabes mejor que yo cómo eres.

Acali.— ¿Te gusto, rubito?

Marneus.— No, no eres mi tipo.

Acalima se reclinó sobre el respaldo de la silla y se cruzó de brazos mirándolo con expresión desafiante.

Acali.— ¿Seguro? No te veo muy convencido.

Marneus.— Segurísimo. A mí sólo me gusta una mujer.

Acali.— Bla, bla, bla… Eso no te lo crees ni tú. Te gusto y por eso me abrazas por las noches.

Marneus.— Para hacer honor a la verdad, a la que le ha dado por arrimarse por las noches ha sido a ti. Y si te lo he consentido es porque el frío que desprende mi cuerpo te venía bien para la inflamación de tus lesiones. Además, parece que es la única forma existente para que dejes de moverte y de pegarme patadas mientras duermes.

Acali.— Sigue buscando excusas.

Marneus.— A parte, es peligroso despertarte.

Acali.— Ya hablando en serio, ¿qué narices te hice para que no dejes de repetir eso?

Marneus levantó la mano mostrándole el dorso. Allí, sobre el lado opuesto del Monte de Venus, había una marca roja con forma de media luna. No hacía falta ser muy listo para saber lo que era.

Acali.— ¿¡Te mordí!?

Marneus.— No me puedo creer que no lo recuerdes.

Acali.— ¡Vaya, lo siento!

Marneus.— No pasa nada. Ya casi ha desaparecido, pero me sirvió de advertencia para no volver a hacerlo.

Acali.— Me alegro de que haya servido para algo entonces. 

Acali dejó el cubierto sobre la mesa y suspiró.

Acali.— Si como un bocado más entraré en erupción como un volcán. No puedo más.

Marneus.— Yo también estoy lleno. Subamos a dormir, mañana partiremos hacia California, nos espera un largo viaje.

Acali.— ¿No nos quedamos a esperar a Tierra?

Marneus.— Si tuvieran interés, ya habría aparecido alguien. No podemos seguir perdiendo el tiempo en Reno.

Acali.— Está bien, pero esta vez habla un poco, por favor. Me aburro como un ascua apagada en el coche.

Marneus.— Puedes ir leyendo, eso te ha mantenido entretenida hoy.

Acali.— Tú me resultas más interesante. Tal vez podrías describirme a tu Nana, así sabría qué mujeres son tu tipo.

Marneus.— Nana es rubia, con ojos azules, unos veinte centímetros más alta que tú, que eres un tapón, y al contrario de lo que te pasa a ti, que eres ácida como un limón, ella es dulce como la miel.

Acali.— ¡Oye! ¡Sin faltar!

Marneus soltó una divertida carcajada y después se colocó a la espalda de su compañera para correr la silla y ayudarla a ponerse en pie.

Acali.— ¿Y qué más?

Marneus.— ¿Qué más quieres que te diga? Esa es Nana.

Acali.— Pues menuda mierda de descripción. Para estar tan enamorado, no te has fijado mucho en los detalles. Me acabas de describir a todas las hembras de tu especie. Lo que quiero oír es algo más personal, ya sabes, algo del tipo: «Es tan estirada como yo, no tiene tu chispeante inteligencia, se pasa el día suspirando al aire y dibujando corazoncitos…», ¿me entiendes? Esa clase de cosillas.

Marneus.— ¿Así es como te imaginas a mi futura pareja? ¿Antipática y novelera?

Acali.— Lo de antipática lo has dicho tú. Era sólo por poner un ejemplo, tempanito. Venga, anda, tú sabes muchas cosas de mi vida, lo justo es que yo sepa algo de la tuya.

Marneus.— Nana es tal y como te la he descrito, no me hace falta más.

Acali.— Pobre hembra Agua. Le ha tocado el rancio de su especie.

Entre risas y algunas bromas más, subieron a la habitación para descansar. Marneus entró directamente al baño para cambiarse de ropa y dejar intimidad a Acali para que hiciera lo mismo en la zona de estar.

Cuando salió, encontró a su compañera acostada en la cama, tapada hasta las orejas y hecha un ovillo. Se veía un bulto tan pequeño debajo de la colcha, que casi le inspiraba ternura. No podía evitar compararla con las mujeres de su especie, las que tan sólo eran un poco más pequeñas que ellos mismos. Acalima era menuda, de complexión delicada, pero a la vez con curvas exuberantes, con rasgos sexis y cálidos que cuando sonreía pasaban a ser un poco aniñados. No tenía nada que ver con la belleza fría y etérea de la dulce Nana. Ella inspiraba adoración y devoción, Acalima una invitación al pecado.

Acali.— Marneus, ¿vas a quedarte ahí quieto como una estatua toda la noche?

Marneus.— Creía que dormías.

Acali.— Casi.

Acali sonrió somnolienta y se hundió un poco más entre las sábanas.

Acali.— Venga, métete. Prometo que no te morderé esta vez.

Marneus.— Te lo agradezco. Creo que tienes más de vampiro que de Fuego.

Acali.— ¿Qué es un vampiro?

Marneus rio mientras negaba con la cabeza y se tumbaba bajo las sábanas junto a Acalima, quien no tardó en desplazarse y acurrucarse junto a él apoyando la cabeza sobre su hombro y pasarle la pierna sobre las suyas.

Acali.— Buenas noches.

Marneus.— Acalima, ¿estás desnuda?

Acali.— Sí y antes de que rechistes, te diré que no he encontrado el albornoz.

Marneus.— Estará en el baño.

Acali.— Puede, pero tú también lo estabas y quería poner en práctica lo de la intimidad.

Marneus.— Eso está bien, pero en este caso; el fin no justifica los medios.

Acali.— ¿Por qué no te relajas y te duermes? Estás vestido de los pies a la cabeza, y además no me ves.

Marneus.— Pero te siento.

Acali.— Sentir es sano, tempanito. Duérmete.

Marneus.— Mira, Acalima…

Acali.— Está bien, tú ganas, pesado.

Acali le soltó, y rodó hasta el extremo opuesto del colchón dándole la espalda.

Marneus.— Gracias.

Acali.— Que descanses.

Pero tal y como esperaba, no lo hizo.

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