Vientos fúnebres

Él mismo lo dijo durante la cena: el único remedio eficaz para que no me moviera en la cama era acurrucarme contra él, pero como prácticamente me había repudiado, había sufrido las consecuencias y ahora dormía como un angelito exhausto por la nochecita que le había dado. Yo, sin embargo, estaba más fresca que una lechuga y deseando meterme en faena. Para variar, estaba bien que fuera yo la primera en despertar. Por hacerle un favor y dejarle dormir un rato más, me aseé, me puse un vaquero y una camiseta básica de color verde, cogí el equipaje y bajé a desayunar tranquilamente sin avisarle. Tenía medios de sobra para encontrarme cuando le apeteciera. Y le apeteció, aunque más tarde de lo que me esperaba. Cuando llegó a la zona en la que habíamos dejado estacionado el coche, ya no sabía ni cómo sentarme sobre este para estar a gusto. Estaba incómoda en cualquier postura.

Marneus.— ¿Quieres bajar de ahí? Vas a abollarlo.

De un salto bajé del techo del coche con una sonrisa cargada de inocencia.

Acali.— ¡Buenos días! ¿Has dormido bien?

Marneus.— Deberías haberme despertado.

Acali.— Lo sé, pero me hacía gracia imaginar tu cara cuando te dieras cuenta de que estabas solo.

Marneus.— Qué simpática.

Acali.— ¿Has desayunado?

Marneus.— No, me he vestido con lo que me has dejado y he salido a buscarte. No quiero que andes sola por ahí. Por cierto, ¿dónde has dejado mis cosas?

Le señalé con la cabeza hacia la parte delantera del coche. Allí estaba amontonado todo nuestro equipaje, un café y un muffin para que desayunara. No era tan difícil prever sus reacciones, en realidad, era muy sencillo. Marneus siempre hacía lo que le parecía correcto, y en este caso era salir en mi búsqueda con celeridad, no fuera a ser que prendiera fuego a la ciudad.

Marneus.— ¿Me has comprado algo para desayunar?

Acali.— En realidad me lo he llevado. Había un cartel que decía que no se podía sacar comida del comedor, pero ¡bah!, ¿a quién le iba a importar un poco de café? También he pagado la cuenta del hotel y he cogido la prensa.

Marneus.— ¿De dónde has sacado el dinero para pagarlo?

Acali.— De tu cartera, obviamente.

Marneus.— Eres una delincuente.

Acali.— Delincuente, no. Administradora de recursos.

Marneus.— Qué cruz…

Acali.— Desayuna y te cuento algo que me ha resultado curioso.

El rubio se apoyó cruzando los tobillos en una de las alas del coche, y llevó a cabo mi sugerencia después de ponerse unas gafas con los cristales oscuros que le sentaban de muerte a pesar de no permitirme ver el bonito azul de sus ojos. En cualquier momento me pondría a babear.

Marneus.— ¿Has vuelto a encontrar un libro interesante?

Acali.— No, hoy ha sido el periódico.

Marneus.— ¿Qué ha captado tu interés?

Acali.— ¿Ahora mismo? Tú. Te ves increíblemente sexi con esas gafas. Me dan ganas de quitártelas y…

Sonrió de medio lado y sorbió un poco del café moca que le había traído sin decir una sola palabra.

Marneus.— De la prensa.

Acali.— ¡Ah! Pues esta noticia de aquí. ¿No te parece raro que haya tantos humanos con insuficiencia respiratoria en tan poco terreno?

Marneus no tardó ni quince segundos en leer la noticia al completo.

Marneus.— Aire.

Acali.— Más bien ausencia de Aire.

Marneus.— Dice que se baraja la posibilidad de que sea alguna especie de espora en el ambiente.

Acali.— Y tú vas y te lo crees. Además, una posibilidad no es un hecho. Huele a humedad que apesta.

Marneus.— Será que huele a chamusquina.

Acali.— Eso será para ti, rubito.

Marneus.— Para llegar hasta Fresno tendríamos que desviarnos mucho de nuestra ruta.

Acali.— Tierra lleva diez años de los nuestros, es decir cincuenta años de los del Edén, creando desajustes notorios. No pienso que pase nada porque tardemos un día más en llegar. Creo que merece la pena ir a investigar. Además, no hace falta llegar hasta Fresno. He estado haciendo indagaciones y aunque las personas afectadas están ingresadas en hospitales de esa ciudad y en otra que se llama Sacramento, todas estuvieron en un parque natural que se llama Yosemite. Parece que el problema viene de allí.

Marneus.— Ya veo que has hecho los deberes.

Acali.— Simple curiosidad. Los deberes han sido estudiar cómo podemos llegar hasta el parque. He marcado la ruta en tu mapa de carreteras.

Marneus.— Entonces creo que no hay más que decir. Carguemos el equipaje y pongámonos en camino.

No me creía que me hubiera salido con la mía. Debía de haber dormido de maravilla. Su buen humor era sospechoso.

Mi plan era llegar a Yosemite y ya está. Aunque sabía que era un parque natural, esperaba que hubiera ciudades o pueblos, humanidad a la que interrogar, pero no, allí lo que había eran árboles y más árboles. Así pues, a medida que nos fuimos adentrando en el corazón de aquel impresionante bosque, el ceño de Marneus se fue frunciendo sin disimulo. No podía culparle, llevábamos más de tres horas circulando por una carretera llena de curvas y no nos habíamos cruzado con nadie.

Acali.— Para aquí mismo. Recuerdo haber visto en el mapa un centro de visitas por allí.

Marneus.— Allí no hay nada, sólo árboles, plantas y rocas.

Acali.— Hazme caso por una vez. Échate a un lado y para.

Marneus.— ¿Por una vez? Si no te hubiera hecho caso, no estaríamos aquí.

Acali.— Bueno, tómate el día como sabático y vamos a disfrutar de un paseo.

Marneus.— No nos han mandado venir al Edén para dar paseos. Esto ha sido una pérdida de tiempo.

Acali.— Qué te detengas, joder. He notado algo.

Marneus.— Si esta es una de tus tretas…

Acali.— Te dejaré que me pegues unos azotes. Detén el coche de una vez.

No había mentido, o por lo menos no del todo. Había sentido una energía parecida a la que había recibido en el centro comercial, como una especie de descarga que me había erizado el pelo de la nuca, sensación que se intensifico cuando salí del coche y puse los pies en el suelo. Llegaba tenuemente, pero estaba allí y por fin el incrédulo de mi compañero se dio cuenta. Iba a decir eso de «te lo dije», pero viendo la cara de concentración que tenía en ese momento, me abstuve.

Marneus.— Está lejos.

Acali.— Hay varias.

Marneus.— Lo sé.

Acali.— Quizás deberíamos continuar un poco con el coche hasta que notemos el efluvio con más potencia. Pueden estar a kilómetros de distancia.

Aunque los dos asentimos de acuerdo, nuestros ojos estaban fijos en la espesura que lindaba en la carretera, desde donde emanaba esa energía.

Marneus.— Deberíamos ir por ahí, a pie.

Afirmé con la cabeza y me puse en marcha. Estaban lejos, eso era una realidad como también lo era que la presencia estaba más cerca con cada paso que dábamos. No tenía miedo, pero me desagradaba la idea de tener que enfrentarme cara a cara con una de ellas otra vez. Aunque de darse el caso, ya no haría falta que hiciera teatro, usaría mi don nada más empezar.

Marneus.— Acalima. Allí, mira.

Seguí la dirección que marcaba su dedo índice con la mirada. A simple vista podía parecer un montón de hojas más como los tropecientos que nos habíamos encontrado, pero a la nuestra, que era bastante fina, se vislumbraba con claridad un cuerpo. Corrimos hacia el punto en cuestión y de rodillas, comenzamos a apartar la hojarasca que lo ocultaba.

Marneus.— Aquí está la causa de tanta insuficiencia respiratoria.

Ante nuestros ojos estaba el cuerpo sin vida de un hombre de pelo excesivamente largo y plateado, con ojos grises como el humo. Un embajador Aire.

Marneus.— ¿Cómo ha podido ocurrir algo así?

Las manos de Marneus recorrieron el cadáver con velocidad en busca de la causa de aquella desgracia inverosímil.

Marneus.— No hay huesos rotos, ni golpes, ni nada por el estilo. Está intacto.

Acali.— ¿Entonces piensas que ha podido morir por causas naturales?

Marneus.— ¿De una enfermedad como les pasa a los humanos? Eso es imposible, Acali, lo sabes tan bien como yo. No nos afectan las enfermedades, ni nos dañan las armas del Edén.

Acali.— Pues tú me dirás. En su cuerpo no hay señales de Tierra, ni de Agua, ni de Fuego y dudo mucho que alguien de Aire se haya cargado a uno de los suyos con el rollo de paz y amor que se traen.

Marneus.— ¡No lo sé, Acalima, no lo sé! Pero la presencia de Tierra en los alrededores me hace sospechar. En Yosemite debería haber una colonia de embajadores Aire, es un pulmón importante en la costa oeste de Estados Unidos, sin embargo, lo que nos encontramos son hembras Tierra.

Acali.— Bueno, también tiene que haber una colonia de ellas y otra de los tuyos.

Marneus.— Sí, pero no en estas proporciones, ni siquiera los siento y a los míos tampoco. Es mejor que salgamos de aquí cuanto antes.

Acali.— ¿Nos lo llevamos?

Marneus.— Por supuesto, hay que avisar a Aire. Seguro que querrán hacer sus rituales.

Acali.— Pobre criatura, era tan joven…

Marneus.— El último cambio de guardia se hizo hace diecinueve años, así que le calculo unos cincuenta.

Acali.— Una lástima.

Marneus pasó sus brazos bajo las corvas y las axilas del difunto y lo alzó del suelo con facilidad.

Acali.— ¡Cuidado! ¡Le vas a partir el cuello, bruto!

Fue al sujetar su cabeza cuando me di cuenta de la prácticamente invisible marca. No la había visto nunca, pero sabía perfectamente de lo que se trataba, conocía bien su tacto. Le solté tan rápido como si de hielo se tratara y di un paso atrás tan apresurado que hizo que tropezara y me cayera de culo. Marneus se me quedó mirando con una ceja levantada. Apostaba a que se hubiera reído a mandíbula abierta si hubiéramos estado en otra situación menos delicada.

Marneus.— Acali, ¿estás bien?

Acali.— Sólo me he asustado un poco. Está muy frío.

Marneus.— Sí, creo que lleva algunos días muerto. ¿Necesitas que te ayude?

En realidad lo que necesitaba era examinar la cabeza de aquel pobre ser con tranquilidad y sobre todo, sola.

Acali.— No hace falta, gracias.

Me puse de pie de un salto y le dediqué una sonrisa que no terminó de salir.

Marneus.— ¿De verdad estás bien?

Acali.— Que sí.

Marneus.— Pues venga, en marcha.

Acali.— En realidad creo que es mejor que lo dejemos aquí y nos acerquemos a por el coche para no tener que ir cargando con él hasta allí.

Marneus.— Te agradezco el detalle, pero en realidad no me cuesta nada; este pobre tipo tiene peso pluma.

Acali.— Ya sé que eres muy fuerte, tempanito. Lo que no quiero es maltratarlo a él.

Marneus se quedó mirando al difunto embajador Aire. Su cabeza quedaba colgando de manera poco elegante hacia atrás y su pelo, plagado de hojitas y otras cosas de campo que no identifiqué, iba arrastrando por el suelo. Era el macho de cualquier especie con el pelo más largo que había visto jamás.

Marneus.— Quizás tengas razón. Suficiente trauma van a vivir en Aire por su muerte para que encima lo entreguemos en malas condiciones. El único problema es que no se puede traer el coche hasta aquí, hay algunas zonas por las que no entraría.

Acali.— Hoy estás muy solícito, rubio. No te reconozco.

Marneus.— Lo sería más a menudo si siempre fueras igual de sensata.

Acali.— Otra vez el halago camuflado tras el insulto. Pues habrá que acercarlo tanto como se pueda. Estoy segura de que a un kilómetro de aquí he visto un sendero por el que podría caber. Venga, no lo pienses más, ve a por él.

Marneus.— ¿Quieres que vaya yo solo?

Acali.— Sí, alguno tiene que quedarse con él y a mí nadie me ha enseñado a conducir.

Marneus.— No vas a quedarte aquí sola, puede ser muy peligroso, Acalima.

Acali.— Ya sé que hay mucha sustancia inflable por aquí, pero prometo que no quemaré nada. Que sea Fuego no quiere decir que sea pirómana, Marneus.

Marneus.— Lo que me inquieta es la energía que siento por todos lados.

Acali.— Oh… ¿Estás preocupado por mí?

Marneus.— En cierto modo.

Acali.— Qué mono eres cuando quieres. Pero no te preocupes, como ya has comprobado, sé defenderme sola. Esta vez no esperaré a que me peguen para sacar mi potencial. Soy más poderosa que todos los que están aquí.

Marneus.— Después de mí, querrás decir.

Acali.— No, lo he dicho perfectamente y con conocimiento de causa.

Marneus.— Hoy eres más sensata que ayer, pero hay cosas que no cambiarán.

Acali.— ¿Es que no te da pena dejarlo solo?

Marneus.— Está muerto.

Acali.— Pues por eso mismo. Venga, déjale en su montoncito de hojas para que esté cómodo y lárgate a por el coche de una vez. Cuanto más tiempo estemos aquí, peor.

Renuente, volvió a dejar al embajador en el suelo y comenzó a correr en dirección a nuestro medio de transporte. Calculé que tendría como una hora hasta que volviera a aparecer, tiempo más que suficiente para cerciorarme de lo que había palpado, aunque con esa mata de pelo enmarañada me iba a costar un poco.

De brazos cruzados, comencé a bordear el cuerpo de un lado a otro sin saber por dónde empezar. La cosa estaba muy clara, tendría que arrodillarme y apartar el cabello hasta poder ver su cuero cabelludo, pero no me decidía a hacerlo. Así que allí estaba yo, como un perrillo buscando la posición más cómoda para echarse la siesta, dando vueltas sin parar. Tenía miedo de encontrarme lo que había creído palpar cuando le había sujetado la cabeza unos minutos atrás, pero tenía que hacerlo. Si estaba en lo cierto, esa marca explicaría la muerte del embajador.

Acali.— Vamos, Acali, has visto cosas peores que esta.

Sin demasiado arrojo, me puse de rodillas justo al lado de su coronilla y con toda la delicadeza que me permitieron los enredos, comencé a apartar pelo.

Marneus.— ¡Corre!

Alcé la mirada al escuchar el alarmado grito de advertencia de Marneus. Había estado tan preocupada por lo que me iba a encontrar en el cadáver, que no me había dado cuenta de la intensidad de la energía de Tierra que estaba recibiendo hasta ese momento.

Giré la cabeza hacia la derecha donde las oleadas de su poderío me llegaba con más fuerza para ver cómo cuatro de esas extraordinarias hembras se acercaban a mí a toda velocidad con sus letales varas en la mano listas para aplastarme. De repente, otro grito de guerra hizo que cambiara la perspectiva hacia la izquierda, donde el panorama no mejoraba al anterior. Otras dos hembras venían dispuestas a embestirme con potencia. Nos separaban apenas un par de metros y sabía que con la velocidad de sus zancadas ni siquiera me daría tiempo a levantar las manos para protegerme de los golpes.

Me quedé sin aliento, completamente bloqueada, esperando tal vez a contribuir con el número de muertos que se había llevado ese valle o a cualquier otra cosa que implicara terminar con mi existencia.

Lo que ocurrió después fue tan rápido, que de haber sido capaz de parpadear, no lo hubiera visto. La mano abierta de Marneus ejecutó un golpe seco sobre el pecho de la guerrera que estaba más cerca, generando una fina película de escarcha helada que aunque no sirvió para matarla, consiguió desplazarla varios metros hacia atrás haciéndola chocar contra la segunda amazona y desestabilizarlas.

Sin llegar a detenerse, agarró mi brazo sin delicadeza elevándolo hasta que mis pies tocaron el suelo y comenzaron a correr al mismo ritmo frenético que los suyos. Me condujo, sin soltarme, a través de la maleza, esquivando con agilidad árboles y rocas mientras los pasos de nuestras seis perseguidoras se escuchaban cada vez más cerca y el suelo empezaba a vibrar bajo nuestros pies.

Sabía que sería contraproducente volverme a comprobar cuán cerca estaban, y que debía estar concentrada únicamente en correr para salvar no sólo mi vida, sino la de ambos, pero no pude evitar echar un vistazo rápido. No eran exactamente como las del centro comercial de Reno, eran igual de inmensas, con las mismas características físicas, pero resultaban mucho más intimidantes con esas vestimentas rudas y salvajes que exhibían sus grandiosas anatomías de una manera más parecida, aunque menos delicada, a la de mi raza.

Volví a fijar la vista al frente para estar pendiente de las piedras y las ramas que nos iban apareciendo por el camino y que Marneus se iba encargando de apartar lo justo para que no nos golpearan, pero cuál fue mi sorpresa cuando me di cuenta, que un poco más allá, desaparecía el suelo. Nos dirigíamos fuera de control hacia un abismo.

Marneus.— ¡Salta!

No lo pensé dos veces y salté aunque tampoco tenía más opciones, Marneus no me había soltado ni un sólo segundo desde que me agarró estando arrodillada delante del cuerpo inerte de Aire, y a fuerza bruta, era demasiado absurdo que lo intentara superar, no me podría zafar de aquella tenaza que, por extraño que pareciera, me hacía sentir segura. Además, quedarme clavada al borde de un precipicio con el peligro que nos acechaba a la espalda, hubiera sido un suicidio, uno igual al que hallaríamos cuando termináramos de recorrer las pocas decenas de metros que nos quedaban para llegar al lecho de un río con apenas veinte centímetros de profundidad. Pero de este insignificante detalle, no me di cuenta hasta que estaba en el aire y era tarde para sopesar qué manera prefería de morir. Supongo que hacerlo junto a Marneus era una opción más dulce y menos cruenta que permitir que cinco seres de mi género me convirtieran literalmente en polvo.

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