Acercamiento

Debía de haber muerto. Mientras caíamos, había podido ver con total claridad los guijarros del lecho del río, las algas e incluso algún pez incauto que nadaba con tranquilidad ajeno a lo que literalmente se le venía encima. Sin embargo, ahora me hundía más y más por la fuerza del impacto, y esas dos cosas juntas no tenían ningún tipo de sentido si descartaba el proceso que tiene lugar cuando estás entre la vida y la muerte.

Tenía que ser ese famoso tránsito del que todos hablan pero del que nadie ha regresado para contarlo. Lo había imaginado más bonito, tal vez un poco más cálido, pero nunca tan frío y húmedo. El agua me arrastraba sin piedad, haciendo que me golpeara con violencia contra piedras de cantos redondeados y ramas. Apenas podía contener ya la respiración, mi instinto de supervivencia me exigía meter dentro de mi cuerpo una gran bocanada de aire, pero mi cerebro me gritaba que de hacerlo, lo que en realidad introduciría sería un veneno que me mataría. Pero cada vez era más complicado escucharle, sobre todo cuando mis pulmones empezaron a arder dentro del pecho. Me estaba ahogando y era la peor sensación del mundo. Pataleé hacia arriba con todas mis fuerzas para llegar a la superficie, pero era inútil, no sabía nadar y lo que estaba consiguiendo era hundirme cada vez más.

Mi vista se estaba comenzando a poner borrosa cuando la cara de Marneus apareció ante mí. No parecía muy preocupado, y no era de extrañar, al fin y al cabo, estaba en su elemento. Con un sencillo gesto, me indicó que me calmara, pero eso era algo más sencillo de decir que de hacer y más cuando uno se está ahogando. Así pues, haciendo caso a mi intuición, hice oídos sordos y seguí intentando recorrer los cientos de litros de agua que me separaban de la superficie, pero él, cargado de una confianza que a mí en ese momento me había abandonado, me sujetó el rostro por las mejillas y acercó sus labios a los míos para insuflarme aire. En ese mismo segundo, sentí la necesidad de sostenerle la cabeza y utilizarle como si de una botella de oxígeno se tratara, sin embargo, en lugar de eso, me sujeté a la pechera de su camiseta azul y esperé a que llegara la segunda dosis de aire. Después de esta, me sonrió y comenzó a nadar, arrastrándome despacio a la superficie.

Nunca hubiera imaginado que echaría tanto en falta a un elemento que no fuera el mío, pero cuando por fin mi cabeza traspasó la línea de inflexión y volví a sentir la luz del sol acariciar mi piel, me juré que nunca más volvería a menospreciar a los seres de Aire. El Edén era maravilloso con los cuatro elementos conviviendo juntos.

Marneus me llevó cargada sobre su espalda hasta la orilla opuesta de la que habíamos caído. Una vez allí, salió del agua a gatas, me dejó tumbada en el suelo bocarriba y después él también se echó de la misma forma. Estaba tan fatigada, que no podía controlar los intensos jadeos y la tos, pero él no estaba mucho mejor, se le vía exhausto.

Marneus.— ¿Estás bien?

Acali.— No. ¿Es que querías matarme? ¿Cómo pudiste obligarme a saltar sobre una masa tan grande de agua? ¿Es que no sabes lo que soy?

Percibí por el rabillo del ojo cómo se giraba apoyándose sobre un codo, y seguidamente, sentí sus fríos dedos en la barbilla haciendo que moviera con delicadeza la cabeza en su dirección para mirarle.

Marneus.— Desde que introdujiste el primer pie en el río, no has estado en peligro.

Acali.— Permíteme que lo dude. Me ha faltado un suspiro para ahogarme.

Marneus.— Nunca lo hubiera permitido.

Acali.— Me has dejado sola, me soltaste.

Marneus.— Era necesario. Estaba ocupado creando miles de litros de agua para no estrellarnos contra el lecho del río y una pared de hielo como contención para que no saltaran detrás de nosotros.

Joder, ¿había hecho todo eso antes de ir en mi rescate? Era bueno.

Acali.— Ya, pues debiste ser más rápido.

Marneus rio apoyando su frente sobre la mía en un gesto cariñoso y permaneció así sin apartarse.

Marneus.— No me exijas tanto hoy, Acalima. Me has tenido toda la noche sin dormir usándome como saco de boxeo, me has hecho conducir durante tres horas, correr más de dos kilómetros en esprint para salvarte el pellejo, y otros tres más tirando de ti, y para colmo he tenido que lanzar un golpe con descarga. Yo creo que después de todo eso, el tiempo que he tardado no ha estado tan mal.

Acali.— Pues a mí me ha parecido una eternidad.

Sonreí cansada y dejé que mi mano buscara la piel suave de su nuca. Le tenía tan cerca que si levantaba el cuello tres centímetros más, le podría besar, ¡y por los cuatro dioses juraba que estaba deseando hacerlo! Además, él parecía tan cómodo con nuestra proximidad, que dudaba que me detuviera. No estaba dispuesta a perder la oportunidad que me ofrecía.

Anticipándole mi intención, miré sin disimulo sus jugosos labios, los cuales habían perdido la sonrisa, y me incorporé lo justo para acortar la distancia que nos separaba.

Kevin.— Hala… ¡Mira, mami!

Excursionista 1.— No mires, Kevin.

Marneus alzó la cabeza hacia las voces que nos habían sacado de aquel sensual paréntesis y yo dejé caer al suelo la mía maldiciendo mentalmente al tal Kevin y a su inoportuna interrupción.

Marneus.— Buenas tardes.

Sí, podrían haber sido buenas, pero no.

Mi guapo compañero se puso en pie de un salto y extendiendo la mano, me ayudó a hacerlo a mí también.

Unos diez metros al oeste, había una pareja y un niño, Kevin, acampados. El hombre portaba una caña de pescar y evitaba mirarnos a toda costa. La mujer por su parte, estaba luchando con el niño para taparle los ojos. Qué manera de actuar más rara tenían los humanos.

Marneus.— Estábamos haciendo piragüismo y una repentina corriente nos ha hecho caer. ¿Serían tan amables de indicarnos dónde estamos exactamente?

La pareja se miró durante unos segundos y después, el hombre se metió la mano en uno de los numerosos bolsillos que tenía el pantalón.

Excursionista 2.— ¡Por supuesto! Están en Tenaya Creek, no muy lejos de Mirror Lake. Acérquense, se lo mostraré en el mapa.

Marneus.— Se lo agradezco mucho.

Excursionista 2.— ¿Ustedes también han visto esa gigantesca ola?

Marneus.— Sí, incluso podría decir que la hemos visto desde dentro.

Excursionista 2.— ¡Qué miedo! ¿Qué habrá podido pasar?

Mientras Marneus acudía a la invitación del humano adulto, yo me quedé en mi sitio observando el entorno que nos rodeaba un tanto desorientada. Continuábamos en el valle entre las montañas y seguíamos rodeados de árboles por todos lados, pero excepto por esas dos coincidencias, el resto del paisaje era distinto. Era extraño, mientras había estado bajo el agua, no había tenido la impresión de que nos desplazáramos tanto.

Kevin.— ¡Hola!

Acali.— Hola, Kevin.

El niño tamaño hobbit, se acercó a mí contento dando pequeños saltitos. El pobre no sabía lo que hacía, si no hubiera estado tan cansada, habría hecho una barbacoa con él en ese momento. Una interrupción como la que él había provocado, no era sencilla de pasar por alto.

Kevin.— ¡Hala, cómo mola! ¡Tienes los ojos naranjas!

Marneus me miró de reojo. Seguro que esperaba que calmara los ánimos exaltados del renacuajo.

Acali.— Shhhh… Te contaré un secreto: en realidad son lentes de contacto de color, pero no se lo cuentes a nadie. Si creen que son de verdad, mola más.

Kevin.— ¿Y no se te han caído en el agua? Jope, mi mamá siempre se queja de que se le caen las lentillas.

Acali.— Eso es porque no se las sabe poner bien. ¿Me guardarás el secreto?

El niño me miró indeciso pero después asintió enérgicamente con la cabeza.

Acali.— Bueno, si te preguntan tus padres, te dejo que se lo cuentes, pero a nadie más, ¿de acuerdo?

Kevin.— Vale, vale, guay. Pues me gustan mucho. Son un poco raras pero molan.

Acali.— Gracias, pequeño humano.

Marneus.— ¡Almira, ven!

Acali.— Creo que esa soy yo.

Kevin.— ¿Crees? ¿También le engañas con tu nombre?

Acali.— Uff… Es una larga historia, Kevin. Vayamos a ver qué quiere.

Caminé hacia allí con el niño pisándome los talones. Marneus hablaba despreocupadamente con el hombre y la mujer de la polémica ola que él mismo había creado para no morir aplastados contra el suelo. Parecían preocupados y fascinados al mismo tiempo por haber visto en primera persona tan raro fenómeno natural.

Marneus.— Cariño, me temo que tenemos una larga caminata hasta llegar al lugar donde hemos dejado aparcado el coche.

Acali.— Oh, vamos acumulando calamidades.

Excursionista 2.— Si quieren pueden pasar la noche con nosotros. En la tienda hay dos habitaciones y seguro que a nuestro hijo no le importará compartir nuestra cama.

Marneus.— Muchas gracias, pero mañana tengo que ir a trabajar y no podemos quedarnos.

Excursionista 1.— ¿Está seguro? No queda mucho para que caiga la noche. Se podrían perder y por estos bosques hay coyotes y osos.

Marneus.— No se preocupen, ahora que me han ubicado en el mapa, no me perderé. De pequeño fui boy scout.

Excursionista 2.— Entonces será mejor que salgan ya. Cuanto menos tiempo caminen de noche, mejor.

Marneus.— Sí. Muchas gracias por su ayuda.

Excursionista 1.— No hay de qué.

Kevin.— ¡Adiós, Almira!

Comenzamos a andar hasta meternos dentro de la espesura. No estábamos los dos para mucha caminata y con la suerte que teníamos, seguro que nos encontraríamos con el oso, con el coyote y con murciélagos gigantes australianos.

Marneus.— Acelera el paso. He creado un muro de hielo alrededor de las mujeres Tierra, pero eso no las retendrá eternamente. Tenemos que ponernos en contacto con Enlil o Bóreas, ellos sabrán a quién hay que informar.

Acali.— Me he dejado el teléfono en el coche cargando.

Marneus.— No pasa nada, yo he traído el mío.

Acali.— Habrá muerto. A estos aparatos les pasa como a nosotros; el agua cuanto más lejos, mejor.

Marneus.— Lo dudo mucho, he creado una burbuja a su alrededor.

Al escuchar esa confesión, se me empezó a hinchar la vena de la frente. ¡Menudo sinvergüenza! Y yo que pensaba que se había preocupado por mí.

Acali.— O sea, que casi dejas que me ahogue, pero el móvil lo has metido dentro de una burbuja para que respire a gusto, ¿no?

Marneus.— Soy capaz de crear y manipular el agua, pero no de generar oxígeno. Esa no es mi función. Habría dado lo mismo que te hubiera envuelto a ti en una burbuja, dentro de ella no habrías encontrado nada que pudieras respirar.

Acali.— Ah…

Mi vena se deshinchó de golpe. La próxima vez intentaría pensar antes de abrir la boca.

Marneus.— Vamos a detenernos un minuto para llamar.

Acali.— ¿No sabes llamar y andar al mismo tiempo?

Marneus.— Pues no.

Acali.— Hombres…

Marneus.— Llamaré a mi hermano. Enlil debería de estar con él.

Marneus intentó meter su mano en el bolsillo del vaquero para sacar el teléfono, pero la ropa mojada hacía que fuera más complicado de lo que a priori suele ser. La verdad es que andar vestido de esa guisa resultaba muy incómodo. La ropa se pegada demasiado al cuerpo, pesaba el triple y los pantalones iban arrastrando por el suelo acumulando la hojarasca en nuestros talones, por no hablar del chapoteo incesante del calzado.

Mientras el rubio intentaba entablar la comunicación por segunda vez, me senté sobre una roca y me quité las empapadas zapatillas de deporte. Tal vez calentándolas un poco conseguiría secarlas sin derretirlas. Si tenía que caminar hasta el coche con los pies metidos en esas piscinas, entraría en ignición.

Marneus.— No lo coge… ¿Qué haces?

Acali.— Intento secar las zapatillas, estoy incomodísima andando con el chof, chof, este. Prueba a llamar a Enlil.

Marneus se quitó la camiseta y la lanzó sobre mis rodillas dejando su torso al descubierto. Habría que estar ciego para no darse cuenta de que el azul que teñía su cuerpo se había extendido desde aquel día que le atacaron las chinches, pero seguía siendo un ejemplar masculino perfecto.

Marneus.— ¿Te importaría secarme la camiseta a mí también, por favor?

Acali.— No, por supuesto, y si quieres, el resto de la ropa tampoco.

Marneus.— De momento me basta con la camiseta, gracias. Enlil lo tiene apagado.

Acali.— Entonces llama a mi hermano. Recuerdo el número.

Marneus.— ¿Tu hermano? El macho Fuego que te acompañaba, ¿es tu hermano?

Acali.— Sí, Lasair es mi hermano. El décimo noveno para ser exactos.

La mandíbula de Marneus se tensó de esa forma tan característica suya.

Acali.— ¿Qué te pasa?

Marneus.— Nada.

Acali.— Eso cuéntaselo a otro. ¿Por qué te molesta tanto que Lasair sea mi hermano?

Marneus.— ¿Qué clase de hermano expone a su hermana pequeña a su más letal enemigo y escurre el bulto de la aborrecible manera en la que lo hizo?

Sonreí y bajé la cabeza. Eso mismo había pensado yo cuando estábamos en aquel desierto. Pero por alguna absurda razón, no me gustaba que Marneus tuviera esa opinión del único hermano con el que tenía una buena relación.

Acali.— Me imagino que es porque sabía que en el caso de tener un enfrentamiento directo, yo tendría más posibilidades de salir airosa.

Marneus.— ¿En serio lo crees? Yo no tuve esa impresión, sino una completamente opuesta. Tu hermano fue un cobarde que prefería verte muerta a arriesgar su vida.

Acali.— Eso no es del todo cierto. Tú no eres mi enemigo.

Me levanté descalza de la roca y caminé hacia él. Con la tensión de la situación, mis manos habían sido capaces de secar su camiseta en un tiempo récord. La remangué y se la metí por la cabeza ayudándolo a ponerse las mangas después. Dejé las manos descansar sobre sus pectorales y lo miré a los ojos.

Acali.— Lasair es mi único apoyo en palacio. No sé qué le llevó a tomar la decisión de dejarme trabajar contigo en vez de ponérmelo más fácil con Aire, pero hoy por hoy, agradezco que lo decidiera así, ¿tú no?

Marneus suspiró mientras recorría mis brazos con una dulce caricia hasta llegar a mis manos.

Marneus.— Como se ha desarrollado nuestra relación, no tiene nada que ver con sus actos. Que fuera capaz de exponerte a algo así es deleznable, Acalima.

Finalmente, dio un paso hacia atrás terminando con nuestro contacto.

Marneus.— Deberías ser tú quien estuviera molesta, así que, si a ti te parece bien la decisión que tomó, yo no soy quién para juzgarlo.

Acali.— Marneus…

Marneus.— Es mejor que dejemos la discusión aquí. ¿Quieres ser tú quien hable con él?

Acali.— No, creo que tú tendrás más tacto para dar la mala noticia.

Marneus.— Está bien. Dime el número.

Le dicté las cifras del número telefónico y tras una corta espera, y un saludo cortante presumiblemente a Lasair, Marneus le dio las malas nuevas a nuestro compañero Aire. No le explicó con muchos detalles, se limitó a decirle cómo lo habíamos hallado y le pidió instrucciones. Eso bien podía haberlo hecho yo, pero prefería las cosas como estaban y quitarme la responsabilidad de consolar a alguien. Cuando colgó un par de minutos después, mis zapatillas estaban prácticamente secas.

Acali.— ¿Qué te ha dicho?

Marneus.— Lasair y Bóreas vienen hacia aquí.

Acali.— ¿Aquí, aquí?

Marneus.— Sí. Les voy mandar la ubicación. Crearán un portal, así que no creo que tarden en llegar. Te gustará volver a ver a tu hermano.

Acali.— Supongo que sí.

Apenas me dio tiempo a calzarme cuando la onda expansiva que la puerta provisional que Lasair y Bóreas habían creado para llegar hasta nosotros, convirtió en astillas los árboles que nos rodeaban, formando un caótico desorden de destrucción.

Finalmente, cuando el polvo que su aterrizaje había levantado, se posó y por fin pudimos vernos las caras, me di cuenta de lo equivocada que había estado cuando pensaba que no me tocaría consolar a Bóreas. Aunque no fuera capaz de llorar, la pena se reflejaba en su rostro que se había transformado en una máscara pálida y sin vida. Mi corazón se entristeció al verlo y sentí deseos de abrazarlo para ofrecerle consuelo.

Marneus.— Lamento mucho tu pérdida, Bóreas. Me imagino lo duro que tiene que ser para ti.

Bóreas.— ¿Dónde está? ¿No lo habéis traído con vosotros?

Marneus.— No pudimos. Cuando íbamos a hacerlo, Tierra nos atacó y tuvimos que huir.

Lasair.— Cobardes…

Sujeté la muñeca de Marneus cuando dio el primer paso amenazante hacia mi hermano. Su intención quedaba bien patente con el gesto. Si podía evitar una pelea de la que no conocía el resultado, lo haría.

Acali.— No ha sido una cuestión de cobardía, ha sido sentido común. Eran seis y nosotros sólo dos. No llevamos unos días fáciles, mis fuerzas no están restablecidas del todo y un encontronazo de esas dimensiones habría sido fatal para nosotros.

Lasair.— Puede que tengas razón, pero ¿huir?

Marneus.— Sí. Tú de eso sabes mucho, alimaña.

Lasair.— ¿Cómo me has llamado?

Bóreas.— Calmémonos.

Marneus sacudió bruscamente el brazo haciendo que soltara su muñeca de un tirón y aceptando la sugerencia de Bóreas, se dio la vuelta para serenarse. No entendía su reacción. Era cierto que en nuestro primer encuentro no pareció que ambos se cayeran demasiado bien, sin embargo, en aquel momento, mi compañero había sabido contenerse y no mostrar su disgusto con tanta claridad como lo estaba haciendo ahora.

Acali.— Lo lamento de veras, Bóreas. Podemos indicarte dónde está exactamente el cuerpo para que los tuyos puedan ir a recogerlo cuando pase el peligro. Seguro que querréis oficiar los rituales sagrados.

Bóreas.— Sí, se lo merece.

Acali.— Habrá que esperar un tiempo prudencial hasta que Tierra se disperse de ese punto, pero seguro que podréis recuperarlo.

Bóreas.— La verdad es que no lo entiendo. Nunca hemos tenido problemas con ellas en esta zona. Agua, Tierra y Aire hemos convivido en armonía durante siglos. Me resulta muy extraño que os atacaran.

Las sospechas regresaron a mi mente como un latigazo. ¿Y si Bóreas tenía razón? ¿Y si Tierra no tenía nada que ver con lo que le había pasado a esa pobre criatura?

Lasair.— Puede que su violencia se deba a Acali. Si en este sitio no hay presencia de los de mi especie, pudieron pensar que estaba aquí para causar daño.

Marneus.— Es absurdo. Eso únicamente explicaría su ataque contra nosotros, pero no que asesinaran al embajador.

Acali.— Pues ahora que lo dices, tiene sentido. A lo mejor se vieron amenazadas por mí y al verme junto al cadáver de la criatura de Aire…

Marneus.— ¿De verdad te convence esa explicación, Acalima? Que lo diga ese, puedo entenderlo, pero ¿tú, que estuviste allí conmigo? No puedo concebirlo.

Acali.— Fuiste tú el que examinó el cuerpo y dijo que no había señales de…

Marneus.— Sé lo que dije, pero tiene que haber una explicación que lo relacione con ellas.

Lasair.— Pues cuando la averigües nos la explicas, Agua.

Los puños de Marneus se cerraron con fuerza. Estaba luchando para no golpear a Lasair o para no convertirlo en un polo, no lo tenía muy claro. De cualquier manera, comenzaba a manifestarse ese olor a lluvia tan característico cuando se enfadaba.

Acali.— Seguro que sí la hay. Bueno, ¿qué tal si le indicamos dónde está y volvemos a nuestros quehaceres? Tenemos que dar la vuelta a todo el lago todavía y…

Bóreas.— Después de lo que habéis hecho por los míos, no puedo permitir que vaguéis por el bosque de noche. Los cuatro iremos a la colonia a pernoctar.

Marneus.— No creo que seamos bien recibidos.

Bóreas.— ¡Tonterías! Además, si es cierto que Tierra os va pisando los talones, cruzar campo a través no es lo más prudente. La colonia está protegida para que no se pueda detectar la energía, allí estaréis a salvo.

Acali.— Por eso no os sentíamos.

Bóreas.— Exacto, encantadora Acali.

Lasair.— ¿Y nosotros por qué tenemos que quedarnos también? Que vayan ellos y se las apañen.

Bóreas.— Porque si no van conmigo, jamás la encontrarán.

Marneus.— ¿Te parece bien?

Me giré hacia Marneus para ver si se estaba dirigiendo a mí. La pregunta era toda una sorpresa. Que tuviera la consideración de contar con mi opinión era todo un detalle y muy halagador.

Acali.— Ahora mismo cualquier cosa es mejor que pegarnos una caminata, así que me parece una magnífica idea.

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