Sin ser visto

Como habían predicho los excursionistas y Bóreas, enseguida se hizo de noche, y aunque la luz de la luna ayudaba a que no tropezáramos durante la travesía, lo cierto es que el camino estaba resultando tedioso y tenía muchísimas ganas de llegar a dónde fuera que nos estuviera guiando el compañero Aire.

Mientras caminaba, sin influencia de ninguno de los seres que me acompañaban, en mi propia soledad envuelta en el silencio de la oscuridad, mi cerebro se puso a trabajar de nuevo. ¿Cómo podría explicar mis sospechas a alguien sin riesgo de que se diera la vuelta a la tortilla? Todo lo que estaba pasando en el Edén señalaba directamente hacia las que habíamos venido a investigar: los terremotos, las nuevas fallas, e incluso la actitud de las hembras con las que nos habíamos topado, eran indicios inequívocos de que estaban metidas en el fango hasta el cuello. Pero esa marca que me había parecido apreciar en el cuero cabelludo de aquel ser, me hacía temer por los de mi especie. Si hubiera tenido más tiempo, esa tarde podría haber confirmado mis sospechas, pero ¿cómo meternos en semejante marrón con Aire sin estar segura al cien por cien? Estaba hecha un lío y no sabía cómo actuar, ¿sería conveniente contárselo a Marneus? ¿Y si me había confundido y tan sólo era una cicatriz o algo así?

Me iba a volver loca. No estaba acostumbrada a semejantes quebraderos de cabeza y mucho menos a cargar con la responsabilidad que supondría una confesión de ese tipo. Por un lado, si lo decía y me equivocaba, pondría en entredicho a mi raza, ¿qué clase de criaturas seríamos si no nos fiábamos ni de los nuestros? Y por otro, si lo decía y estaba en lo cierto… No quería ni pensar en lo que podría pasar.

Bóreas.— Ya hemos llegado.

Miré a mi alrededor, pero no vi nada, tan sólo una explanada a la orilla de un lago de aguas cristalinas.

Bóreas.— ¡Buenas noches, hermanos!

Estaba loco. Allí sólo estábamos los cuatro y nadie más. O eso pensaba hasta que di dos pasos más y todo se trasformó en un campamento hecho y derecho al estilo Aire.

Calais.— ¿Bóreas?

Bóreas.— Buenas noches, Calais. ¡Qué alegría veros de nuevo después de tanto tiempo!

Calais.— Alegría mucha, hermano, pero ¿qué estás haciendo aquí con semejante compañía?

El numeroso grupo de Aire nos miraba lleno de sonrisas pero con los ojos cargados de desconfianza. No los culpaba, en ese instante hasta yo misma recelaba.

Enseguida nos encontramos rodeados por los habitantes que nos habían visto llegar. Todos parecían ansiosos por abrazar y besar a Bóreas, que recibía las muestras de afecto encantado y les correspondía de la misma manera. Aquel efusivo recibimiento me parecía raro y lógico a partes iguales. Hacía casi dos décadas que no se veían y tanta alegría por el reencuentro estaba más que justificada, pero yo nunca había visto algo igual y no imaginaba verlo jamás. Cuando Lasair y yo volviéramos con nuestra gente, no esperaba algo más que un: «¿Ya habéis vuelto?». Mis expectativas no llegaban más lejos que eso. Tal vez ni siquiera se hubieran dado cuenta de que nos habíamos ido.

Bóreas.— Es complicado y largo de explicar, Calais, pero era necesario que viniera. Además de extraña compañía, traigo noticias.

Calais.— ¿Por qué no pasáis a ver a Aurea? Seguro que estará encantado de veros y de que le contéis el motivo de vuestra visita. Después celebraremos tu llegada como se merece.

Bóreas.— ¿Aurea está aquí? ¿En Estados Unidos?

Aurea.— Mucha gracias, Calais.

El grupo de Aire volvió la cabeza hacia la choza que estaba en el centro del campamento.

Aunque todos observaban con una sonrisa al nuevo interlocutor, el respeto se traslucía en sus ojos. No sabía de quién se trataba, pero sin duda debía de ser alguien importante para que los seres de Aire respondieran de esa forma.

Bóreas.— Aurea, es todo un honor. No tenía conocimiento de que estuvieras aquí.

Aurea.— Los acontecimientos recientes no me han dejado otra opción, pero más sorprendente que mi presencia aquí, es la tuya.

Bóreas.— También he venido por lo mismo.

Aurea.— ¿Y tus invitados?

Bóreas.— Tienen la misma misión que yo.

Aurea.— Ya veo. ¿Por qué no pasas y me cuentas de qué trata esa misión?

Marneus.— Bóreas…

Bóreas.— Tranquilo, amigo. No hay nada que temer.

Mi compañero torció el gesto dejando patente su desacuerdo en contar cuáles eran nuestras instrucciones a alguien que estaba fuera de la expedición.

Bóreas.— Por supuesto que te lo explicaré, Aurea, aunque me temo que las noticias que traigo no son muy halagüeñas.

Aurea.— Ya me lo temía. Nada bueno ha debido de pasar si te han hecho venir al Edén. Tus invitados pueden acompañarnos también si lo desean.

Caminamos todos hacia la choza excepto Lasair, quien prefería quedarse junto a la hoguera que iluminaba todo el campamento, pero al que Marneus con un: «No es una sugerencia, Fuego», hizo que caminara a regañadientes detrás de toda nuestra pequeña comitiva.

El interior de la barraca nos esperaba acogedor con una lumbre brillando en el centro. Había alfombras y tapices por todos lados fabricados en tejidos vegetales con motivos de los cuatro elementos. Una extraña comunión que no pasó desapercibida para ninguno de los que veníamos de fuera.

Muy amablemente Aurea, nos hizo sentarnos sobre unos cojines un tanto ásperos y nos ofreció un vaso con una bebida caliente de olor dulzón que no rechacé.

Aurea.— Será mejor que me empieces a contar qué hacéis por estos lares, Bóreas.

Bóreas.— Nuestros respectivos reyes nos han mandado. Todos estamos preocupados por lo que está ocurriendo y quieren saber qué está provocando tanto desequilibrio.

Aurea.— Aquí también estamos angustiados por eso, pero lo que más me preocupa es la muerte en masa de los nuestros.

La piel pálida de Aurea se sonrojó visiblemente, lo que hizo que bajara la cabeza para servirse un poco más de la infusión y tratar así de disimularlo.

Aurea.— Lamento mucho ser un poco egoísta por pensar en nosotros.

Marneus.— No hace falta que te disculpes por eso. Es lógico que te sientas así y mucho me temo que nosotros no ayudaremos a aligerar vuestro pesar. El motivo por el que Bóreas nos ha traído hasta el campamento es porque Acali y yo hemos encontrado el cuerpo sin vida de uno de los vuestros.

El color plateado de los ojos de Aurea se volvió plomizo de repente.

Aurea.— ¿De quién se trata?

Marneus.— No sabemos su nombre.

Acali.— Pero tenía el pelo más largo que he visto nunca.

Aurea.— Füjin. Hacía días que no le veíamos. Era tan puro…

Marneus.— Te acompañamos en el sentimiento. Si lo deseas, podemos indicarte dónde se encuentra.

Aurea.— Te lo agradecería mucho. Hay que ir a buscarle y rendirle el tributo que merece. ¿Cómo ha sido esta vez?

Marneus.— No tenemos ni la más remota idea. Aparentemente no tiene señales de violencia, pero sospechamos que Tierra tiene algo que ver.

Aurea.— ¿Tierra? No es posible.

Acali.— Nos vimos sorprendidos por ellas hace unas horas y no dudaron ni un instante en atacarnos ferozmente. Eran seis. Si no hubiéramos huido, nosotros mismos habríamos sido dos más en la lista de desaparecidos.

Aurea.— Con todo lo que está pasando, no es de extrañar que reaccionaran así, bella Acali. Ningún Fuego tiene motivos para pisar estas tierras. Ellas son de actuar primero y preguntar después. Es cierto que no son las vecinas más pacíficas, pero son eficientes y justas protectoras.

Acali.— Déjame que lo dude. A ti no te han atacado para poder hacer semejante afirmación.

Me levanté de mi mullido asiento, salí de aquella tienda y fui directa hacia la orilla del lago bajo la atenta mirada del destacamento de Aire. Necesitaba poner un poco de orden en el caos que había en mi cabeza. Todo era cada vez más confuso.

Lasair.— Me has hecho un favor al salir de ahí. ¿No se cansarán de tantas lamentaciones? Sólo es un insignificante ser. No entiendo a qué viene tanto drama.

La voz de mi hermano me sobresaltó haciendo que diera un pequeño respingo. Desde luego yo le había servido de excusa perfecta para salir de la choza.

Acali.— Tu empatía es pavorosa.

Lasair.— Claro que tengo de eso, pero con los míos. Lamentaría mucho que te matasen a ti, por ejemplo. Mejor ellos que nosotros.

Acali.— No hace falta que mientas, Lasair. Nos conocemos desde hace mucho tiempo.

Lasair.— Eres muy dura conmigo. Claro que te tengo cariño.

Acali.— Seguro.

Mi hermano no tardó ni dos segundos en darse la vuelta para desaparecer de mi presencia. Como al resto de los míos, mi lado más humano le incomodaba mucho, pero me daba lo mismo. Hubo un tiempo en el que intenté ocultar mis flaquezas, pero me di cuenta de que no servía de nada, así que sencillamente dejé de actuar y dejé que mis hermanos apechugaran con mis defectos.

Acali.— ¡Lasair!

Lasair.— ¿Humm…?

Acali.— Hay algo que te quería contar.

Lasair.— Pues suéltalo ya. Quiero buscar a este para volver a África de una vez. Se escaquea cada vez que puede.

Acali.— Cuando encontramos al tal Füjin, me pareció tocar una marca en su cabeza.

Lasair.— Estupendo.

Acali.— Una como la que tengo yo en la coronilla.

Mi hermano sonrió de manera pedante.

Lasair.— Esas cicatrices sólo las deja madre.

Acali.— Lo sé, por eso me extrañó.

Lasair.— De todas formas, si sólo «te pareció», estamos hablando de una suposición, no de un hecho.

Acali.— Sí, lo sé, pero es algo que toco todos los días y que reconozco bastante bien.

Lasair.— ¿Y qué pasa si es cierto y tiene esa cicatriz? Nada.

Acali.— ¿Nada? Lasair, ese tipo está muerto.

Lasair.— ¿Y? Que yo sepa tú tienes la marca y aún respiras.

Acali.— Sí, pero yo no soy Aire. No es fácil matarme con fuego.

Lasair.— Mira, Acali. Una señal así se la ha podido hacer por muchas causas. Los escarceos de madre con Aire no son ningún secreto para nadie. Igual fue mal amante y decidió castigarle marcándolo, o puede que fuera muy bueno y se emocionara en exceso. Te recuerdo que no eres tú la única que luce su marca, y algunos de ellos la portan con orgullo.

Acali.— Es posible.

Lasair.— Pero si te soy sincero, lo que en realidad pienso es que no hay señal alguna. Seguramente tocaste otra cosa. Tú misma has dicho que el insecto ese tenía mucho pelo.

Acali.— Quizás estés en lo cierto.

Lasair.— Siempre lo estoy. Bueno, hermanita, como este no parece tener mucha prisa, voy a entretenerme un rato para hacer tiempo. En este campamento hay mucha hembra desatendida, ¿te apetece acompañarme?

Acali.— Quizás en otra ocasión.

Lasair.— Tú te lo pierdes, hay una que ha puesto ojitos cuando te ha visto.

Acali.— Entonces, seguro que estará encantada de hacerte el favor a ti. Yo apenas los distingo, seguro que a ellos les ocurre lo mismo con nosotros.

Lasair.— A más ver, desteñida.

Mi hermano caminó hacia el centro del campamento donde la chica Aire a la que se había referido anteriormente nos observaba ensimismada.

Lasair había hablado con conocimiento. Era poco probable que mi percepción de un segundo fuera acertada. Me estaba comiendo la cabeza inútilmente y eso no era para nada de mi estilo. ¿Qué demonios iba a hacer mi madre en el Edén? Desde luego, de venir, nunca lo haría por alguien que no tenía ninguna clase de valor ni para ella, ni para el resto de nuestra raza.

Marneus.— ¿Está todo bien?

¡Por los cuatro dioses! ¿Por qué no dejaban de asustarme de una vez? ¿Tenía pinta de que me gustara que lo hicieran? Con el corazón en un puño, miré a Marneus, quien se había parado a mi lado.

Acali.— Lo estaría si no insistierais todos en matarme de un susto.

Marneus.— Es raro no percibir la energía que desprenden los de tu alrededor, ¿verdad?

Acali.— ¡Mucho! Así que llama a la puerta antes de entrar.

Marneus me miró como si estuviera loca, pero al acompañarlo con una sonrisa de medio lado, no me terminó de sentar mal.

Acali.— Me refiero a que me avises antes de aparecer de la nada.

Marneus.— Las criaturas Aire tienen la capacidad de sentir y camuflar sus auras y las de los que están alrededor, por eso no les percibimos, pero ellos no pueden influir en tu oído. Deberías revisártelos.

Acali.— A lo mejor debería porque tú de silencioso tienes poco. Tiene que ser muy grave mi afección para no oírte llegar.

Marneus.— Eso, o puede que estés tan en tu mundo que no te hayas enterado. ¿Qué te ocurre? Desde que nos despedimos de los excursionistas estás muy callada.

Acali.— ¿Yo? ¡Qué va! Estoy ahorrando saliva para darte la brasa cuando emprendamos el viaje de nuevo, nada más.

Marneus.— Lo que sea por molestarme, ¿no?

Acali.— Exactamente.

Marneus.— Puedes contarme lo que sea, Acalima. No creo que lo que te pase por la cabeza pueda sorprenderme a estas alturas.

Acali.— Oye, no subestimes mi capacidad para sorprenderte, si no, esta experiencia se va hacer aburridísima.

Marneus.— Lo dudo. ¿Qué te pasa?

Acali.— No me gusta lo que está pasando. Son buena gente, no merecen todo lo que les está ocurriendo. Me entristece.

Marneus.— Tenías razón, es una sorpresa que pienses así. Te tenía por un ser más egoísta.

Acali.— Pues ya ves, eso te pasa por preguntar.

Marneus.— Me temo que esto no va a ser un caso aislado. Empiezo a pensar que las bajas de Aire, Fuego y Agua son las que están ocasionando los desajustes.

Acali.— ¿Estás insinuando que es probable que nos topemos con más cuerpos?

Marneus.— No exactamente. A Füjin lo encontramos por pura casualidad. Seguimos algunos indicios y apareció. Puede que ya no volvamos a hallar una prueba tan contundente, pero seguramente no andemos demasiado lejos de otro desastre parecido. Tienes que aprender a desvincular las emociones, ser más fría, de lo contrario lo vas a pasar muy mal.

Ahora me sentía culpable por mentirle. Era cierto que no me gustaba que atacaran a esa gente de forma gratuita, pero mi malestar tenía más que ver con mis dudas e indecisión que con Aire. Al parecer me había calado bien: era una egoísta patológica.

Decidí cambiar mi actitud para disimular y que no siguiera indagando más. Viendo el historial que tenía desde que estaba con él, seguro que si continuaba preguntándome, me haría cantar como a una gallina.

Me crucé de brazos, me arrimé un poco más a él y le di un golpecito juguetón con la cadera.

Acali.— Bueno, si nos encontramos con alguien de Agua, seguro que no sufriré mucho. Así compensamos.

Calais.— ¡Hola!

Esta vez nos tocó sorprendernos a los dos. Dudaba mucho eso de que no fueran capaces de manipular el oído. Pillarme con la guardia baja tres veces en pocos minutos no era ni medio normal, pero me divertía descubrir que a Marneus también le había ocurrido. A lo mejor los dos deberíamos ir al mismo curandero.

La chica con mirada dulce que nos había dado la bienvenida se acercó con un cuenco de comida en cada mano y una sonrisa triste.

Calais.— Estáis cansados.

Pues sí que se les daba bien eso de leer auras.

Calais.— Nuestro hermano Bóreas nos ha dicho que pasaréis la noche en el campamento con nosotros, así que se me ha ocurrido que antes de ir a dormir, quizás os apetezca comer algo.

Era muy conmovedor que después del mazazo que les habíamos dado con la noticia del fallecimiento de un compañero, tuvieran la amabilidad de atendernos. Aquella gente era única.

Marneus sonrió y se dispuso a coger el tazón que le ofrecía, pero tras un casi imperceptible gesto de desagrado, lo empujó con delicadeza de nuevo hacia ella.

Marneus.— Te estoy profundamente agradecido, pero la verdad es que todo lo que ha pasado me ha quitado el apetito.

Me había salido de estómago delicado. Yo por otro lado, estaba muy hambrienta.

Le dediqué una sonrisa llena de dientes como respuesta, pero justo antes de que mis brazos se decidieran a tomar lo que me ofrecía, me percaté de que lo que había dentro del cuenco eran un montón de insectos asados. ¡Bichos! ¡Quería que comiera bichos! Antes de poner el grito en el cielo, observé a mi alrededor y me di cuenta de que el resto del asentamiento estaba comiendo el mismo menú. ¡Aquello era repugnante! Contuve una arcada y negué con la cabeza para darme algo de tiempo a recomponerme.

Acali.— Muchas gracias. En realidad tengo más sueño que hambre.

Calais.— En ese caso puedo acompañaros a la habitación.

Marneus.— No te preocupes. Nos adaptaremos a vuestras costumbres.

«A cualquier costumbre menos a la de comer grillos salteados con saltamontes», tendría que haber añadido.

Calais.— Nosotros no tardaremos en ir a dormir también. Podemos ir adelantándonos para que os diga cuáles serán vuestros lechos.

Marneus.— Te estaríamos muy agradecidos.

Calais.— Acompañadme, entonces.

La mujer me agarró de la mano y nos guio hacia un barracón que se encontraba un poco más allá de la choza donde habíamos tenido la incómoda reunión con el jefe Aire. Una vez dentro, nos topamos, como cabía esperar, con una enorme sala minimalista que se integraba a la perfección con la naturaleza sin alterarla. Los árboles atravesaban el techo, había algunos catres formados con hojas en el suelo cubiertos por sábanas y numerosas hamacas que pendulaban silenciosas entre los troncos. No había muebles, ni alfombras o tapices, sólo lo básico para dormir.

Calais.— Me imagino que ninguno de los dos está acostumbrado a dormir en el suelo.

Acali.— Bueno, no creas. Mi compañero a veces prefiere dormir sobre moquetas infestas antes que en una cama, pero no es lo habitual, por la mañana se despierta con picores y no hay quién le aguante.

Calais.— Serían chinches.

Acali.— Eso mismo dije yo. No le gustó mucho la experiencia.

Calais.— Me lo imagino. A veces pueden llegar a ser un poco molestas.

Marneus.— Y que lo digas.

Calais.— Podemos ofreceros entonces una hamaca. Son más frías que las hojas, pero no os encontraréis bichitos.

Marneus.— Acali se puede calentar sola, y yo me llevo bien con el frío, no hay problema.

Calais.— Me alegro, si es así, os gustará. Mirad, la del fondo ya no la ocupará nadie y la de al lado es la mía. Puedo cedérosla por esta noche.

Marneus.— No es necesario, dormiré en el suelo si es preciso. No queremos importunaros.

Calais.— No es molestia. Dormiré con alguno de mis hermanos. No os preocupéis. Os dejo para que os acomodéis.

Acali.— Muchas gracias.

Tras darme un cariñoso abrazo, que se me antojó de lo más extraño, la amable mujer salió del barracón dejándonos solos.

Marneus.— Esta gente es extraordinaria, aunque un poco efusivos.

Acali.— Son encantadores, sí. ¿Sabes una cosa?

Marneus.— Qué.

Acali.— Por un momento pensé que le ibas a decir que los dos dormiríamos en la única hamaca que quedaba libre. Creo que empiezas a cogerle el gustillo a dormir conmigo.

Marneus me dedicó una de esas sonrisas pícaras que conseguían fundirme para después encaminarse hacia el lecho oscilante que estaba junto a la pared. Por lo visto le tocaba elegir.

Marneus.— A mí me parece más bien que es al contrario. Eres tú la que ha cambiado de opinión con respecto a lo de compartir cama.

Acali.— No eres mal compañero. No me quitas la almohada y no te quejas cuando yo me quedo con la sábana.

Marneus.— Pero eso no quiere decir que me guste.

Acali.— Ya, ya, seguro que esta noche me echas de menos.

Marneus.— ¿De verdad lo crees? Yo estoy más que dispuesto a comprobarlo.

Acali.— Muy bien, pero si lo haces, si me echas de menos, no te vayas a colar a hurtadillas en mi sábana colgante. Primero me despiertas, tendré que cobrarte en carnes semejante favor.

Marneus se carcajeó a la vez que se acomodaba en la hamaca poniendo las manos detrás de la cabeza.

Marneus.— Resistiré la tentación. Descansa, pelirroja.

En una cosa tenía razón, había sido yo la que había cogido la afición de dormir con él y más aún de usarle como almohada.

Poco a poco el resto de las camas se fueron llenando. Podía oír cómo cada integrante de Aire ocupaba su sitio y ralentizaban su respiración hasta sumergirse en un profundo sueño. No podía adivinar a qué cama había ido a parar mi hermano porque me era imposible sentirle, pero lo que sí sabía es que, si estaba allí, estaba sin compañía, ya que unos minutos después de que el último habitante se acostara, sólo se podía oír la brisa que mecían las copas de los árboles y el canto de los grillos. Demasiado silencio como para no escuchar a una pareja de amantes. Esta vez no se le había dado bien el cortejo.

Cerré los ojos e intenté dormir, pero me resultaba imposible. No sé si era por la brisa, por toda aquella compañía, por el miedo a caerme si me movía demasiado, o si de verdad era porque me había acostumbrado a la compañía de Marneus, pero por más que lo intentaba, no había manera y era angustioso. No hay nada más desesperante que querer dormir y no conseguirlo, cada minuto se convierte en una eternidad. Miré hacia la hamaca de mi compañero, apenas podía vislumbrar su bonito rostro oculto tras la tela, así que me incorporé un poco para conseguirlo. Él no aparentaba que le importase un comino todas las circunstancias que a mí me mantenían en vela, pero tampoco parecía muy contento, ya que una arruga entre sus cejas le delataba.

Acali.— Marneus, ¿estás dormido?

Marneus.— Sí.

Acali.— Entonces, ¿por qué contestas?

Marneus.— Porque me has preguntado. Duérmete.

Acali.— Claro.

Saqué un pie de la hamaca, lo apoyé en la suya a la altura del gemelo y comencé a balancearle con suavidad para conseguir así mecer la mía. A lo mejor con ese vaivén conseguía conciliar el sueño.

Marneus.— Acalima…

Acali.— ¿Qué?

Marneus.— Para y duérmete.

Acali.— Que sí, que sí.

Esperé un par de minutos y volví a comenzar con la maniobra. El caso era moverme un poco, y ya que no me podía girar, bueno era mecerme.

Marneus.— Acalima.

Acali.— No me puedo creer que te moleste tanto, sólo te estoy meciendo un poco. Imagina que estás en una cuna.

Marneus.— Resulta que no soy un bebé. Estate quietecita y duérmete.

Volví a meter la pierna en su sitio e intenté balacearme yo sola sin la ayuda de un punto de apoyo. La rama de la que estaba atada la manta crujía sutilmente avisándome de la probabilidad de terminar dándome un costalazo contra el suelo, pero merecía la pena intentarlo. Cualquier cosa era buena si me entretenía lo suficiente.

La mano de Marneus sujetó la mía y tiró en su dirección.

Marneus.— Al final te vas a caer y despertarás a todo el mundo. Relájate.

Acali.— Lo intento, pero no puedo.

Marneus.— Claro que puedes.

Las yemas de sus dedos comenzaron a recorrer mi antebrazo con suavidad formando espirales y ondas similares a las delicadas líneas azules que recorrían su torso y su espalda. Era relajante y me llamaban a la calma, a la paz. Así, casi sin darme cuenta, me quedé dormida.

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