El último ritual

Cuando abrí los ojos, el cielo había comenzado a clarear pero el sol todavía seguía oculto tras los picos de la montaña. Ahora que Marneus definitivamente dormía, sabía que no volvería a pegar ojo. Ya no había ni mimos ni caricias que me adormecieran lo suficiente para dar una cabezada.

Haciendo equilibrios, me incorporé hasta quedarme sentada con el culo hundido en la hamaca. Necesitaba ver cómo estaba el panorama para salir de allí. La noche anterior tuve que pisar varias camas para poder llegar hasta mi catre, así que no esperaba que ahora, con toda aquella gente durmiendo sobre ellas fuera más sencillo. Y no, no lo era. Sería imposible llegar hasta la puerta con todos esos cuerpos entremedias. Me volví a acomodar maldiciendo mi mala suerte cuando vi el pequeño hueco que quedaba alrededor del tejado y el tronco del árbol en el que estaba amarrada mi cama. Sin duda, el agujero estaba pensado para que no obstaculizara su crecimiento. Era estrecho y me tocaría hacer un poco de contorsionismo, pero estaba casi convencida de que podría colarme a través de él. Con mucho cuidado de no caerme, me sujeté al tronco y fui escalando por él hasta llegar al anillo de mi libertad. No me había equivocado, si mi piel hubiera sido más frágil me hubiera llevado unos cuantos raspones, pero finalmente conseguí quedar bajo el cielo raso.

El campamento estaba completamente sumido en los sueños. No había ni un alma en pie: nadie que montara guardia para prevenir ataques, nadie que mantuviera el fuego encendido (imagino que en Aire necesitarían un individuo que lo hiciera), nadie que se hubiera desvelado, nadie. Así pues, decidí aprovechar la situación y me comencé a desnudar. Aquel lago cristalino me atraía como la polilla es atraída por la luz, y al no haber nadie, no habría preguntas incómodas de contestar del tipo: ¿qué hace una mujer Fuego metida en remojo? ¿No va eso contra natura? Con suerte tendría unos cuantos minutos para asearme, y al estar desnuda, podría secarme con rapidez sin miedo a prender fuego a mi ropa. Prefería ir en cueros por el bosque a tener que ponerme uno de esos sacos sin forma que usaban las mujeres Aire. Sólo imaginarme de esa guisa me daba repelús

El agua estaba helada, más o menos como lo estaba la del río al que me obligaron a saltar el día anterior, pero al menos ahora yo estaba en condiciones mentales de pensar en buscar un remedio. Acuclillada para no tener que meterme más adentro, me fui a una zona resguardada por rocas y comencé a calentar el agua hasta que salió vapor. Aquello sí que estaba bien. Apoyé la espalda sobre una de las piedras que cercaban mi pequeño lago y me permití relajarme en esa agua termal de fabricación propia. Era sorprendente la capacidad que tenía el agua para arrastrar consigo toda la tensión, las preocupaciones y las horas de insomnio. Era el paraíso.

Marneus.— ¿Relajada?

De nuevo estaba tan en mi mundo que no le sentí llegar, pero esa vez estaba tranquila y no me sobresaltó. Suspiré de satisfacción y abrí los ojos para mirarlo.

Acali.— Mucho.

Marneus.— Voy a tener que pedirle a los humanos que te hagan un estudio genético para ver qué clase de criatura eres.

Reí. La verdad es que mi afición al agua era de lo más extraña. Tenía que aprovechar mientras pudiera.

Acali.— No hacen falta estudios, te lo puedo decir yo: mi madre es la reina Fuego y mi padre un tritón.

Marneus.— Te pega.

Acali.— Únicamente me falta la cola, pero esa ya la pones tú por mí.

Tardó unos segundos en entender a qué me refería pero finalmente al comprenderlo, rio. Tenía mejor sentido del humor del que a primera vista aparentaba.

Marneus.— Siempre estás pensando en lo mismo.

Acali.— Nah, qué va. Es culpa de ese cuerpo tuyo: me hace tener pensamientos obscenos y divertidos.

Marneus.— ¿Soy un pecado?

Acali.— ¿Un pescado? ¡No, por los dioses! ¡Creía que lo habías entendido!

Marneus.— ¡Pecado! No pescado.

Acali.— ¡Ah! ¡Pecado! No sé qué es eso, pero vale. ¿Te metes un poco conmigo? Así, si viene alguien y me pilla, puedo decirle que me has obligado a meterme.

Marneus.— Creo que no.

Acali.— Vamos, anímate, está calentita. Te ayudo con la ropa si hace falta.

Marneus.— Ya veo que está calentita, pero sólo he venido a buscarte. Te has salido de los límites de la cúpula de protección y no queremos que Tierra nos detecte antes de que llegue la hora de partir. Tener unos kilómetros de ventaja sería bueno, a no ser que prefieras darte otra carrera.

Volví la vista hacia el campamento, pero había desaparecido. Debí de haberme metido en el agua muy cerca de la frontera porque realmente no me había alejado tanto.

Acali.— ¿Nos pueden ver desde dentro?

Marneus.— Sí. Yo te he visto gracias al vapor, pero tranquila, tu secreto sigue a salvo de momento. Soy el único que está despierto si no contamos con la expedición que salió anoche en busca de Füjin.

Acali.— Entonces será mejor que salga antes de que eso cambie. ¿Puedo preguntar cómo has salido sin despertarlos? Yo he

Marneus.— Sé por dónde has salido, me han despertado tus pataleos.

Acali.— ¿Pataleos? Perdona, me he escapado de aquel infierno de horas infinitas de forma muy elegante. No sé de qué pataleos hablas, pero lo que sí sé, es que tú ni con pataleos habrás sido capaz de salir por ese agujero.

Marneus.— Salí por la puerta. Sólo era cuestión de tener cuidado para no pisar a nadie.

Acali.— ¿Y por qué no me has avisado?

Mi compañero rio. Sin duda alguna, estaba imaginándose la cómica escena.

Marneus.— ¿Y perdérmelo? Ni hablar.

Me levanté refunfuñando y comencé a caminar hacia la orilla bajo la atenta mirada de Marneus que no se giró hasta pasados unos instantes. El muy truhan iba aprendiendo. Me escurrí el pelo provocativa sin ocultar nada, dedicándole una sonrisa a su bien formada y ancha espalda.

Acali.— ¿Ahora también te gusta lo que ves?

Marneus.— He traído tu ropa, la has dejado abandonada al otro lado de la cúpula.

Acali.— Sí, lo de venirme al refugio de las rocas ha sido una decisión de última hora. No tuve en cuenta que luego tendría que recorrer el mismo camino sin algo para cubrirme, aunque donde nos encontramos tampoco es algo grave. Creo que aquí al único que le escuecen los ojos al ver un cuerpo desnudo es a ti.

Marneus.— Exageras. Tu cuerpo no me provoca daño, sólo me incomoda.

Acali.— Entonces me alegra que lo vayas superando.

Cerré los ojos para concentrarme y comencé a evaporar el agua que mojaba mi piel hasta quedarme completamente seca. Antes de que pudiera pedirle ayuda, me ofreció mis vaqueros, la camiseta y mi ropa interior. Era una verdadera lástima que fuera tan hermético en lo que al sexo se refería, si no lo fuera, hubiéramos hecho que el bosque ardiera.

Caminamos hacia el campamento a tiempo de ver cómo los miembros de Aire salían del barracón y se acercaban a las ascuas, que habían sobrevivido a la noche, para entrar en calor y prepararse el desayuno. No quería ni pensar en lo que habría en el interior de los nuevos cuencos.

Marneus.— ¿Desayunamos?

Acali.— ¡No, por los dioses! ¡Ni lo menciones!

El primero en vernos fue Aurea. Se acercó a nosotros envuelto en ese aire místico que le caracterizaba.

Aurea.— Sois muy madrugadores.

Marneus.— Sí, a Acali le gusta hacer ejercicio antes de que salga el sol y hoy, aprovechando este maravilloso entorno, ha decidido empezar haciendo un poco de escalada. Aunque si lo pienso bien, creo que cuando madruga siempre se decanta por trepar algo: árboles, coches…

Aurea.— ¿De verdad?

Golpeé con el dorso de la mano las costillas de Marneus mientras le dedicaba una sonrisa apretada a Aurea. No sabía con quién estaba jugando el muy bellaco.

Acali.— De alguna manera hay que mantenerse en forma. Pero creo que debería adoptar las costumbres de mi nuevo compañero: él se masturba tooodas las mañanas. Es lo primero que hace nada más empezar el día. Estarás de acuerdo conmigo en que Marneus se lo monta mejor que yo con la escalada.

No sé si Aurea se rio de mis palabras o de la cara de estupefacción de mi compañero, pero cualquiera de las dos opciones me valía.

Marneus.— Eso no es cierto.

Acali.— Claro, claro, Marneus. Tú no haces esas cosas tan sucias y pervertidas.

Dije, mientras pícara, le guiñaba un ojo a Aurea. Ahora sí que estaba segura de que se estaba creyendo a pies juntillas lo que estaba diciendo, ¡y eso que no había mencionado que el pobre tenía treinta y dos años y no lo había catado! Yo personalmente estaba convencidísima de que en realidad sí se tocaba. Era imposible sobrevivir tantos años sin saber lo que era un orgasmo, ya habría muerto. Bueno, quizás estaba exagerando un poco, pero poco. A lo mejor no estaría muerto del todo, pero sí medio moribundo.

Marneus.— Acalima…

Aurea.— No te enfades, Marneus. Tanto la escalada como la masturbación son ideas muy buenas para dar la bienvenida al día con alegría y energía. Estoy de acuerdo contigo, bella Acali. Siempre está bien adoptar las buenas costumbres de otras culturas. Tendré en cuenta la sugerencia y tal vez la lleve a la práctica.

Acali.— Pues ya somos dos. Igual de esa manera soy capaz de controlar mi mal humor mañanero.

El tendón de la mandíbula de Marneus vibraba con tanta velocidad que me sorprendía no estar flotando bocabajo en el lago o convertida en una uva pasa.

Aurea.— ¿Nos acompañáis a desayunar?

Marneus y Acali.— No.

Aurea.— ¿No? Tenéis que estar hambrientos. Calais me dijo anoche que no quisisteis cenar nada.

Marneus.— Gracias pero tenemos que regresar a nuestra ruta cuanto antes.

Aurea.— Permitidme que insista. Seguro que las bayas os sentarían muy bien.

Marneus.— Bueno, si lo crees así, no vamos a ser desconsiderados.

Vale, las bayas no eran insectos, pero no me terminaban de convencer.

Aurea.— Cuando os saciéis, uno de mis hermanos os acompañará a vuestro medio de transporte. De esta manera podréis sortear a Tierra y evitar más confrontaciones. Tenéis una misión muy importante por delante.

Acali.— Entonces: comemos, nos despedimos de Lasair y Bóreas y nos vamos.

Aurea.— Creí que se habían despedido de vosotros. Partieron ayer. Tu hermano Fuego tenía prisa por irse y no permitió al mío quedarse a agasajar a Füjin. Me llenó de tristeza su decisión pero tengo que respetarla.

Marneus.— ¿Agasajar?

Aurea.— Sí. Sé que para vosotros, los seres de Agua, la muerte es algo triste y os llena de pesar, pero nosotros lo sentimos diferente, somos capaces de ver más allá de la pena. Claro que la pérdida del ser querido es algo amargo para los que nos quedamos en este plano sin su compañía, pero somos conscientes de que en realidad, el fin de la vida que conocemos no es el desenlace de la misma. La muerte sólo es un paso más que inevitablemente todos damos en el camino de nuestra existencia, pero no es el último, sino el primero de muchos más. Nosotros rendimos tributo a nuestros difuntos y a su nueva forma, al igual que damos la bienvenida a un nuevo ser a nuestra comunidad. Reímos, bailamos, comemos y bebemos durante diez días hasta que su cuerpo, al fin, asciende al cielo en forma de argón.

Marneus.— Sinceramente, si es cierto que pensáis de ese modo, os envidio.

Acali.— ¿Os han dicho alguna vez que sois muy raritos?

Aurea.— No. ¿Crees que somos raros?

Acali.— Sí. Yo no conozco otra vida diferente a esta, pensar que hay más, me resulta inimaginable.

Aurea.— ¿Y qué hacéis en Fuego para homenajear a vuestros muertos? Vuestra comunidad es todo un misterio en este asunto.

Acali.— Tal vez sea porque no hacemos nada especial. Somos muchos y muere gente todos los días. Los incineramos y poco más.

Aurea.— Para ser el elemento más cálido, sois un poco fríos.

Acali.— Es posible, pero tenemos nuestras razones.

Marneus.— Al final va a resultar que los raros sois vosotros.

Acali.— No compares. A vosotros a raros no os gana nadie, admítelo. No me hagas enumerar todo porque nos tenemos que ir.

Era cierto que las gentes de Agua tenían unas costumbres un tanto peculiares, pero por otro lado, ¿qué tipo de hermano se va durante un tiempo indeterminado y no se despide de una hermana a la que puede alcanzar alargando sólo un poco el brazo? La noche anterior me había dicho que me tenía cariño, pero supongo que esa palabra queda un poco grande en su boca, quizás debería haber elegido algo como: «aprecio» o «tolero». Marcharse sin decir adiós era feo incluso para uno de los míos, pero no entendía por qué me sorprendía, sólo tenía que echar la vista atrás en mi vida para darme cuenta de que era algo normal. ¿Cómo podían pensar que nosotros íbamos a hacer funerales de diez días con toda la pompa si ni siquiera éramos capaces de decirnos un: «Hasta la vista, cuídate»? Así que, o bien se me estaba acentuando la sensiblería de mi odiosa rama humana o Marneus tenía razón y los excéntricos éramos nosotros.

Sin mucha ceremonia, desayunamos unos pequeños frutos que no estaban mal del todo, y partimos acompañados por Calais antes de que llegara la expedición que había salido en busca del cuerpo de Füjin.

El camino fue más corto y más accidentado de lo que había esperado, pero muy divertido. Viajar con una criatura de Aire y otra de Agua tenía numerosas ventajas, pero me hacían sentir un poco inútil. Viajar conmigo tenía pocos beneficios si no contamos con las buenas vistas que ofrezco. Sin embargo, su compañía lo hacía todo más sencillo. Gracias a Calais no tuvimos ningún encuentro indeseado con las amazonas Tierra, cosa que era de agradecer después de tener dos encontronazos fortuitos con ellas. Pero la de Marneus era épica y la disfruté tanto que me dolía la tripa de tanto reír. A su entender, era absurdo que rodeáramos el lago a pie si los únicos impedimentos que existían eran unos pocos cientos de miles de litros de agua, cuando lo más simple era atravesarlos. El problema residía en que la mujer Aire no sabía nadar y yo no estaba por la labor de sumergirme más allá de mis rodillas otra vez. Ni siquiera me planteaba que no saber nadar fuera un impedimento más razonable que mi falta de ganas, no pensaba pasar por lo de la tarde anterior en el río aunque me fuera la vida en ello.

Como solución a todas nuestras trabas, Marneus, sin darle más vueltas al asunto, colocó las dos manos sobre la superficie del agua y fue enfriándola hasta construir un puente de hielo entre las dos orillas. Hasta aquí todo parecía perfecto, era cierto que era agua, pero de la que se puede pisar y eso, en cierta medida, me daba seguridad. Un minuto más tarde descubrí que el hielo era muy resbaladizo haciendo que la situación ya no fuera tan idílica. Mientras que Marneus paseaba con total tranquilidad por la superficie, Calais y yo no parábamos de resbalarnos y caernos. A veces de culo, otras con los dientes por delante y otras tantas de rodillas quedando a cuatro patas como las bestias. Lo más divertido: intentar levantarse. En las primeras caídas lo hacíamos con la mayor dignidad que era posible, que no era mucha si contábamos con que lo hacíamos espatarradas, pero después de las diez primeras, nos agarrábamos la una a la otra desternilladas, mientras la más ágil conseguía volver a colocarse en posición vertical. Lo que iba a ser una caminata seca de unas horas, pasó a convertirse en media hora bastante húmeda llena de ejercicio, y aunque finalmente le sumamos otras dos de bosque a través para llegar hasta el coche, cumplimos la misión en menos tiempo.

Calais.— Ha sido un placer conoceros.

Marneus.— El placer ha sido nuestro. Nunca podremos agradeceros lo que habéis hecho por nosotros.

Acali.— ¡Y tanto! Marneus, creo que deberíamos secuestrar a Calais. Así me divertiría más y la podríamos usar de camuflaje energético.

Calais.— Me encantaría ir con vosotros pero aquí tengo trabajo que hacer, y más con la baja de Füjin. No os preocupéis, mientras que vayáis en el coche no tendréis problemas.

Acali.— No te creas, por lo que he podido ver y sentir, seguro que esas hembras son capaces de partir uno de estos por la mitad sin dificultad.

Calais.— Eso seguro. Estos autos son sólo unos pocos pedazos de metal ensamblados, no tienen ni una oportunidad contra ellas, pero tienen la ventaja que tienen, y para Agua y Fuego os pueden ser de gran utilidad.

Marneus.— ¿De qué ventaja estás hablando?

Calais.— Pues del camuflaje del que estáis hablando, por supuesto.

Marneus y yo la miramos como si le hubiera salido una segunda cabeza. No teníamos ni remota idea de lo que estaba hablando. ¿Cómo un vehículo tan grande podía servir para que no nos vieran? Jamás un objeto tan voluminoso como era aquel coche podría pasar más inadvertido que un único individuo. Nada de aquello tenía sentido ni lógica.

Calais.— Ya veo que no sabéis de lo que hablo. La carrocería y el caucho de los que están fabricados estos chismes, hacen que nuestras auras se sientan más atenuadas. En realidad, si no se está atento, pasan prácticamente inadvertidas, excepto para los míos, por supuesto.

Marneus.— ¿Actúan con nuestra energía como lo hacen con los rayos?

Calais.— Es algo similar, sí. Nos aísla.

Eso explicaba por qué apenas habíamos sentido a las mujeres Tierra cuando habíamos llegado a Yosemite y por qué ellas no nos habían encontrado antes. La verdad es que despejaba bastantes incógnitas y era una gran ventaja conocer este dato para futuras ocasiones.

Calais.— Si tenéis que esconderos, un coche es el mejor lugar. Eso sí, agacharos, que aunque no sientan vuestras auras, la vista la tienen tan fina como cualquier semidiós.

Marneus.— Muchas gracias, Calais. Vuestra ayuda ha sido inestimable.

Calais.— Gracias a vosotros por hacer esto. Espero de todo corazón que encontréis la causa que está generando este desbarajuste.

Sin pensarlo dos veces, le di un fuerte abrazo. Era muy sencillo encariñarse con esas pacíficas criaturas. En algo más de dos horas, había conseguido que me sintiera más unida a ella que a la mayoría de mis hermanos, ¡y eso que prácticamente habíamos compartido resbalones!

Finalmente, Marneus y yo nos metimos en el coche y nos alejamos dejando allí a Calais mientras nos decía adiós con la mano.

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