Un hilo de pensamiento

Todavía seguían dentro del parque cuando decidió detener el Maserati en el poco arcén que tenía el estrecho camino asfaltado. En el poco tiempo que había estado conduciendo, tan sólo se habían cruzado con un sedán y una furgoneta un tanto anticuada por lo que concluyó que había llegado el momento. Sabía que no era lo más prudente, ni tal vez lo más sabio, pero quizás alguna vez podrían verse en la necesidad de usar aquel adiestramiento y prefería que estuvieran preparados antes que llevarse una sorpresa. En el peor de los casos, lo que les podría pasar es que tuvieran que darse la caminata de sus vidas, porque de un accidente de tráfico no podían morir.

Acali.— ¿Ocurre algo?

Marneus.— ¿Te apetece conducir?

Acali.— ¿A mí? ¿Por qué me iba a apetecer? ¿Estás cansado o te duele algo?

Marneus.— No, estoy bien, pero agradezco tu preocupación.

Acali.— Entonces arranca.

Marneus.— Es que he pensado que igual querrías conducir tú un rato.

La cara de Acali se sonrojó ligeramente pero rápidamente lo disimuló tras una máscara de indiferencia. No obstante, él no era estúpido y sabía con exactitud lo que esas dos cosas juntas significaban. A decir verdad, no lo sorprendía en absoluto que su adiestramiento no hubiera incluido un simulador que le enseñara a manejar un coche. Como Acali le había contado, su educación había sido lamentable.

Marneus.— No te alarmes, yo te enseñaré.

Acali.— ¿Quién ha dicho que no sepa conducir?

Marneus.— Tu cara. Cuando se te conoce un poco no es tan complicada de leer.

Acali.— Me parece que te pasas de listo.

Marneus.— ¿Me equivoco?

Acali.— No, pero odio que no lo hagas.

Marneus sonrió y se desabrochó el cinturón.

Marneus.— Pues venga, ha llegado el momento de que aprendas. Puede que en algún momento necesitemos que conduzcas tú y yo no me encuentre en condiciones de enseñarte.

Acali.— Puede que tengas razón, pero ¿es necesario que lo haga ahora mismo?

Marneus.— ¿Por qué no? Circulamos por una carretera tranquila sin apenas tránsito. Es mejor para los humanos que empieces aquí en lugar de en una autopista atestada. A nosotros no nos va a pasar nada, pero ellos son muy frágiles. Será divertido, ya lo verás.

Acali.— Yo no lo clasificaría de divertido precisamente.

Marneus.— Venga, en cuanto salgamos del parque volveré a ponerme al mando del volante.

Acali.— Eres un jodido caprichoso, ¿lo sabías?

Acali se desabrochó el cinturón con brusquedad. Aquella idea no le agradaba en absoluto, pero ya que la obligaba, estaba dispuesta a sacar el máximo partido posible. Sin pensarlo dos veces, salvó con agilidad la parte que separaba el asiento del copiloto de la del piloto quedándose sentada a horcajadas sobre las piernas de Marneus. En su opinión, un poco de roce no hacía mal a nadie, además, ver la cara de Marneus podría ser la parte divertida que le había mencionado.

Marneus.— ¿Qué haces?

Acali.— ¿Cómo que qué hago? Se conduce desde este asiento, ¿no? Espero que no creyeras que iba a conducir con telequinesis porque ese no es mi fuerte.

Marneus.— Por supuesto que no pensaba que lo fueras a mover con la mente pero ¿era realmente necesario que te sentaras encima de mí?

Acali.— Mientras estemos en este parque natural no pienso poner un pie fuera del coche. ¿No recuerdas lo que nos ha contado Calais sobre el camuflaje y cuántas eran las mujeres Tierra? No sé cómo lo verás, pero no soy ninguna suicida.

Marneus.— Me parece bien, pero podrías haberme avisado. Este coche tiene cinco plazas, hubiera sido más fácil haberme ido a los asientos traseros para dejarte espacio sin la necesidad de este contacto.

Acali apoyó los antebrazos sobre los hombros de Marneus y con sus manos se puso a juguetear con los pelos de la nuca.

Acali.— No mojo, ¿sabes?

Marneus.— Será que no quemas, no que no mojas.

Acali.— Lo de quemar para mí no es un problema.

Marneus.— Eres de lo que no hay.

Acali.— Lo sé y me gusta que sea así.

Marneus sujetó las muñecas de la mujer Fuego y las colocó entre ellos a la altura de su tórax dejando escapar un suspiro.

Marneus.— Lo que me haces no está bien.

Acali.— No sé de qué me hablas.

Marneus.— Claro que lo sabes, Acalima. Cada vez que me tocas, deshonro a mi raza.

Acali.— No te lo tomes como algo personal, soy una sobona. Yo disfruto y en cuanto a ti… bueno, destaca lo necesitado que estás de que te acaricien un poco. Además, creo que es hora de que os modernicéis un poco, eso de que no os toquéis entre vosotros es un poco retrógrado.

Marneus.— Puede que te lo parezca y también puede que lleves algo de razón, pero no voy a ser yo quien cambie la tradición y menos con una pelirroja como tú.

Acali.— Cuánta discriminación. Bueno, ¿me vas a enseñar a conducir o no?

Marneus.— Está bien. Lo primero es conseguir que mires a la carretera en vez de hacia mi cara.

Acali.— Vale. Tú no te muevas.

Acali accionó un botón que hizo que el respaldo del asiento comenzara a bajar hasta dejar a su compañero prácticamente en posición horizontal. El paisaje que ofrecía ese hombre desde aquella posición, despertaba en ella el deseo que llevaba reprimiendo durante demasiado tiempo. Movida por un instinto primitivo, apoyó las manos sobre los pectorales de Marneus y frotó con sutileza su pelvis contra el bulto que cada vez se hacía más notorio bajo su peso, haciendo que él cerrara los ojos con el ceño fruncido y se le tensara la mandíbula.

Acali.— ¿Estás seguro de que no quieres algo más?

Marneus.— Acalima… para, por favor.

Acali.— Muy bien. Un día dejaré de darte oportunidades y entonces, seguro que te entrarán las ganas.

Marneus.— ¿Y no te mata la curiosidad? Hagamos la prueba. Deja de dármelas a ver qué es lo que ocurre.

Sin decir ni una palabra más, la mujer Fuego se dio la vuelta y, sujetándose al volante, permitió que Marneus saliera del asiento del piloto para acomodarse en el de al lado. Después, volvió a colocar el asiento a la altura adecuada a su estatura y giró el rostro hacia su compañero para recibir instrucciones.

Marneus.— ¿Empezamos?

Acali.— Si no hay otro remedio…

Marneus.— Estupendo. En tus pies tienes dos pedales. El de la izquierda es el freno y el de la derecha el acelerador. Si pisas el freno y colocas la palanca de cambios en la letra D irá hacia delante, si la pones en la R, irá hacia atrás.

Acali.— ¿Y el resto de las letras para qué sirven?

Marneus.— La P se usa cuando estás parado y la N es el neutro, pero de momento céntrate en las otras. Ahora coloca la palanca en la D y pisa el acelerador suavemente.

Acali hizo lo que le dijo. El coche avanzó unos metros y después fue desacelerando poco a poco hasta ir con la velocidad mínima que le exigía la marcha.

Marneus.— ¿Qué haces?

Acali.— Pues lo que me has dicho que haga. Para una vez que te hago caso, no te vayas a quejar. Me has dicho que pise el pedal suavemente y es lo que he hecho.

Marneus.— Vale, pero tienes que seguir pisándolo hasta que alcances la velocidad que quieres y mantener el pie ahí.

Acali.— Podrías explicármelo todo de una sola vez, ¿sabes? No hace falta que vayas por partes.

Marneus.— Es más sencillo así.

Acali.— Pues hazme un favor y pónmelo difícil.

Marneus le dio una clase teórica acelerada antes de volver a poner el motor en marcha, después de esta, todo fue coser y cantar. Acali tenía la capacidad de aprender muy rápido, pero siendo una clase de conducción, lo de rápido no siempre se puede decir que sea bueno. Tuvieron varios sustos en algunas curvas peligrosas que la mujer Fuego resolvió asombrosamente bien. Había pillado el tranquillo a conducir y se desenvolvía prácticamente como una piloto profesional, pero ello no implicaba que supiera circular y por eso Marneus, un tanto nervioso tras el paseo, la hizo detenerse cuando llegaron a los límites del parque y retomó el camino que les faltaba hasta Santa Rosa él mismo. Las quejas por su resolución no se hicieron esperar pero no hicieron tambalear su decisión: era preferible unos minutos escuchándola que tener que estar buscando otro coche para desplazarse. Afortunadamente, no fueron muchos los lamentos y enseguida se pusieron a debatir sobre la estrategia a seguir una vez que llegaran a su destino.

Acali.— Según la topografía de la zona, calculo que la colonia de Tierra debería estar cerca de Point Reyes.

Marneus.— ¿Point Reyes? No puede ser, sigue buscando.

Acali.— ¿Por qué no puede ser? La falla atraviesa esa zona y está muy cerca de Santa Rosa.

Marneus.— Hazme caso. Tiene que estar en otro sitio, no puede estar precisamente en Point Reyes.

Acali.— Pues a mí me parece el sitio perfecto.

Marneus.— Lo es, para una colonia de Agua.

Acali.— ¡Oh, vaya! ¿Hay una colonia de Agua allí?

Marneus.— Sí. Tiene que haber colonias de Tierra, Fuego y Agua por esa zona, pero precisamente en el punto que estás señalando con el dedo está la de mi elemento, las del resto no lo sé con exactitud.

Acali.— La colonia de Fuego está más al norte, en Lassen Peak.

Marneus.— Entonces deberíamos mirar puntos intermedios entre las dos.

Acali.— Muy bien. Comencemos por Bodega Bay.

Marneus.— Poco probable. En Bodega Bay hay demasiada costa.

Acali.— ¡Pues nos quedamos sin falla! El resto de los puntos también están demasiado cerca de la costa. O Point Reyes o Bodega Bay, elige.

Marneus.— Muy bien. Pues empecemos por Bodega Bay.

Acali.— Gracias a los dioses. ¿Nos alojaremos en Santa Rosa?

Marneus.— No me parece lo más prudente. Si los cálculos que hice antes de venir al Edén no han fallado del todo, es posible que vayan a aprovisionarse a esa ciudad. A no ser que quieras que durmamos en el coche, habría que alejarse un poco para evitar ser detectados.

Acali.— Tiene sentido. ¿Qué te parece si cogemos algo por detrás de la línea de tu colonia? Así al menos, tú no quedarás expuesto.

Marneus.— ¿Y tú?, ¿no te preocupa tu seguridad?

Acali.— No. A esa distancia, mi mayor peligro son las criaturas de Agua de Point Reyes y en el caso de que sientan curiosidad y quieran acercarse a echar una ojeada, no creo que me hagan daño si voy acompañada por su principito. Además, si lo hacemos al contrario y nos vamos detrás de Lassen Peak, tendremos que hacer un largo camino para llegar cada día y no puedo asegurar tu protección, en eso nos parecemos a Tierra: pegamos primero y preguntamos después.

Marneus.— Entonces me parece bien.

Acali.— ¿Qué tal San Francisco?

Marneus.— Demasiada humanidad. Si tenemos un enfrentamiento abierto, habrá muchos ojos que podrían verlo y más posibilidades de daños colaterales, eso sin contar que tiene fama de un tráfico tortuoso.

Acali.— Vale, San Francisco, no. Quizás algo más cerca de Point Reyes.

Marneus.— Eso tampoco. Seguro que no te harían nada, pero no quiero tener que dar explicaciones. Exceptuando la colonia de Aire de Yosemite, nadie sabe que estamos aquí y cuantos menos se enteren, mejor.

Acali.— ¡Mira que eres picajoso! ¿Sausalito?

Marneus.— Es la zona adinerada de San Francisco. Los daños económicos…

Acali.— ¡Uy, qué bonito!

Marneus.— Sí pero, en caso de un encuentro…

Acali.— A ver, se supone que la que tendría que poner pegas soy yo. Esto está pegado al océano y eso no mola nada. ¡Es una ubicación perfecta! No está excesivamente poblada, está por detrás de la línea de la colonia de Agua, tiene una carretera que va directa hacia el norte, hacia Bodega Bay, y otra hacia Santa Rosa, tiene salida hacia el sur con San Francisco, y aunque me pese, está rodeada de agua, lo que es un punto ofensivo y defensivo a nuestro favor. Además, por las fotos se ve que es muy bonito. Estaría bien por una vez pernoctar en un sitio así de chulo sin tener que dormir colgados de los árboles.

Marneus.— Todo eso es verdad, pero…

Acali.— Si sólo vamos a estar allí de noche. Ya sería tener mucha mala suerte.

Marneus.— La buena suerte huye de nosotros últimamente.

Acali.— Según cómo lo mires. También podríamos considerar buena suerte habernos topado en dos ocasiones con las amazonas y haber salido casi ilesos. Los otros dos grupos aún no han encontrado ni rastro.

Marneus.— Eso no lo sabemos.

Acali.— Si lo hubieran hecho, habrían avisado. Entonces, ¿busco habitación?

Marneus.— Sí, búscala, anda. Pero que sea algo sencillo, no vamos de vacaciones.

Acali.— Claro, claro, eso por descontado.

Al llegar a Oakland se dieron cuenta de que la fama del tráfico de la ciudad de San Francisco no estaba infundada. Tardaron en atravesar el puente más de hora y media y otro tanto en atravesar la ciudad para cruzar por el Golden Gate hacia Sausalito. La ciudad estaba mejor de lo que esperaban encontrar teniendo en cuenta que había sido víctima de un importante seísmo. Se habían encontrado una obra y algunas casas victorianas con solera medio derruidas, pero sospechaban que su estado se debía a la falta de medios económicos de sus propietarios para restaurarlas, ya que las que se encontraban a los alrededores estaban en buen estado. Por lo demás, la ciudad bullía de vida a esa hora de la tarde, los humanos se comportaban con total normalidad y el tráfico en el centro era muy intenso e incómodo.

Les sorprendió que con lo sucedido y lo que tenían a las puertas de sus tierras, pudieran estar tan relajados y distendidos. Mientras circulaban por aquellas calles de asfalto novísimo, Acalima miraba por la ventanilla eufórica: el centro de la ciudad era similar a lo que había imaginado cuando vio la película de El hombre de acero, con aquellos monstruos de hormigón y cristal, algunos de ellos con formas extravagantes y otros de líneas sobrias pero igual de magníficos. Pero una vez cruzado el siguiente puente de su itinerario, las cosas eran mucho más tranquilas y estaban en mejor estado de conservación. Apenas se podía notar que las cosas en algún momento se habían puesto feas de verdad y sin duda alguna lo habían hecho.

Acalima fue dando instrucciones a Marneus hasta llegar al hotel donde había reservado minutos antes por internet. Cuando llegaron, detuvieron el coche en un aparcamiento cercano y se quedaron unos segundos contemplando la belleza que les rodeaba y la magnificencia del hotel que los estaba esperando. Se trataba de un grupo de edificios de estilos diferentes. Por un lado, estaba el bloque principal, una construcción rectangular de color arena sin mucha floritura en cuya fachada se podían observar numerosos balcones. Por otro lado, adjunto a él, en una de las paredes laterales, había un conjunto de casas victorianas pintadas en color blanco y de un celeste muy claro, que bajaban en cascada por la ladera de la colina y que resultaban una delicia para la vista.

Marneus.— Creía que habíamos quedado en coger algo sencillo.

Acali.— No había mucha oferta donde escoger. No te preocupes, te invito yo.

Marneus.— Sabes que no digo eso por el dinero. Un sitio así es excesivo para usarlo sólo para dormir.

Acali.— Mejor que los cuchitriles donde me has metido tú sí es.

Marneus.— ¿El hotel de Reno era un cuchitril?

Acali.— Bueno, ese no, pero el primer sitio valió por cien. ¿Recuerdas a tus amigas las chinches?

Marneus.— Eso sí que fue por falta de oferta.

Acali.— Entonces estamos de acuerdo. Venga, entremos. Estoy deseando ver la habitación.

Salieron del coche, cargaron con su equipaje y se encaminaron hacia la puerta del edificio cuadrado. Acali marchaba entusiasmada dirigiendo su mirada hacia las coquetas casitas sin prestar atención a la mirada divertida que su compañero le dedicaba. A Marneus le recordaba a un niño de su raza el día en el que le colocaban la banda que significaba el paso de la pubertad a la madurez. Tan feliz, tan inocente, tan cargado de ilusiones que emitía una energía diferente que trasmitía alegría con tan sólo sentirle cerca.

Acali.— Vamos, tortuguita, date prisa.

Marneus.— Ve tú. Ahora te alcanzo.

Acali.— ¿No entras?

Marneus alzó una mano con su teléfono en ella. En él se podía ver una llamada entrante con el nombre de su hermano.

Acali.— ¡Qué inoportuno!

Marneus.— Ve entrando y rellenando la burocracia, ahora entro yo. No quemes nada.

Acali.— Lo intentaré. No tardes.

Marneus se giró para cambiar la dirección y volver hacia el aparcamiento donde habían dejado el coche. Justo enfrente, había un club náutico que de cierta manera le recordaba un poco a su hogar y pensó que sería un buen lugar para poner al corriente a su hermano de sus últimos avances.

Marneus.— Buenas tardes.

Erie.— Buenas noches para ti también.

Marneus.— ¿Cómo va todo?

Erie.— Sin novedad por ahora, sin embargo, creemos haber localizado una colonia a unos treinta kilómetros al norte de donde estamos ahora mismo. Nos pondremos en camino antes de que las calles se empiecen a atestar y comience a apretar el calor. Si tenemos un poco de suerte, mañana te llamaré para darte buenas noticias.

Marneus.— Me alegra que empecéis a hacer progresos.

Erie.— Seguro que no más de lo que me alegro yo. Estoy deseando volver a casa, este país debe de ser el más parecido a Fuego de los que hay en el Edén.

Marneus.— Tampoco hace falta exagerar, hermano.

Erie.— Hay que estar aquí para creerlo, así que no es de extrañar que pienses de esa manera.

Marneus.— Bueno, yo sí te puedo contar algunas novedades. Hemos vuelto a tener un encuentro con Tierra.

Erie.— ¿Otro? ¿Os han seguido?

Marneus.— No. Acali encontró algo en la prensa que resultaba llamativo, así que decidimos ir a investigar y en un descuido nos atacaron.

Erie.— Esa hembra es como un imán para la desgracias. Me pregunto si no tendrá algo que ver con el problema.

Marneus.— Siendo objetivos, hasta ahora, ella es la que se ha llevado la peor parte. Si yo no me hubiera dado cuenta de lo que pasaba, seguramente estaría muerta.

Erie.— Entonces procura estar algo más despistado en la próxima ocasión.

Marneus.— No sé por qué dices algo así. La verdad es que a pesar de ser tan alocada, es muy inteligente cuando centra su atención en lo que debe. Tiene un instinto envidiable. Si hubiera sido adiestrada como debiera, sería un enemigo a tener en cuenta, y en general, está resultando una aliada muy útil para mí.

Erie.— Demasiadas alabanzas para la criatura que es.

Marneus.— No son alabanzas, son hechos.

Erie.— Tenemos diferentes puntos de vista, por lo visto.

Marneus.— ¿Quieres que siga contándote lo que hemos hecho, o prefieres continuar denigrando a Acali un rato más? No tengo prisa.

Erie.— No, no merece la pena. Continúa, por favor.

Marneus.— Está bien. Antes de ser atacados por Tierra, descubrimos un cadáver de Aire medio oculto en la maleza, lo que moralmente nos obligó a informar a Bóreas ya que tú no cogías el teléfono y tu compañero lo tenía apagado.

Erie.— ¿Cómo murió?

Marneus.— Esa es una buena pregunta. No tenía evidencias de castigo físico.

Erie.— ¿Quemaduras?

Marneus.— No, nada. Era como si hubiera fallecido por muerte natural. Su cuerpo estaba inmaculado.

Erie.— La muerte natural no es una conclusión aceptable. Si dejamos a parte a la guardia real, los embajadores son los seres más fuertes y poderosos de cada elemento, además, se envían jóvenes para evitar esta clase de situaciones.

Marneus.— Todo eso lo sé, Erie. Pero no existía nada que me hiciera crear una hipótesis distinta, ojalá hubiera algún otro indicio que poder investigar, pero no lo había.

Erie.— No queda otro remedio que esperar a ver si aparece otra víctima.

Marneus.— Aparecerá, estoy convencido. Cuando estuvimos en la colonia nos enteramos de…

Erie.— ¿Qué? Espera, espera, ¿habéis estado en una colonia? ¿Qué colonia?

Marneus.— En la colonia de Aire de Yosemite. No tuvimos más opción. El grupo de Tierra sabía que estábamos allí y nos estaban buscando. Escapamos por los pelos gracias al río que pasaba por allí que nos sirvió de barrera. Cuando Bóreas acudió a nuestra llamada, nos sugirió pasar allí la noche a su amparo. Fue una decisión acertada.

Erie.— ¿Entonces ya saben que estamos aquí?

Marneus.— Sí, pero no debes preocuparte por eso, no dirán nada. Además, fue allí donde nos contaron que esa muerte no ha sido aislada. Los están exterminando poco a poco y me temo que no está ocurriendo únicamente con los de su raza. Te confieso que he sentido tentaciones de ir a visitar a los nuestros para conocer su situación allí, pero las controlé porque sé que cuantos menos sepan que estamos aquí, menos riesgo habrá de que se entere quien no debe.

Erie.— Quizás padre esté informado.

Marneus.— Tal vez, aunque imagino que nos lo habría contado.

Erie.— A lo mejor no lo ha considerado oportuno.

Marneus.— Tal vez. Esta mañana nos ha acompañado una mujer de la colonia al coche para evitar que nos detectaran y ahora acabamos de llegar a Sausalito.

Erie.— ¿Y qué hacéis allí?

Marneus.— Acali ha pensado que sería conveniente hospedarnos por detrás de la colonia de Point Reyes para evitar ser detectados. Además, tiene camino directo a Santa Rosa y a Bodega Bay, que es donde ella calcula que está la colonia de Tierra de la zona y la verdad es que no es mal punto de partida. Acali ha estudiado la zona y realmente, con el Pacífico tan cerca, esto es como una fortaleza.

Erie.— ¿De verdad no te parece raro que precisamente un ser de Fuego escoja un sitio tan desventajoso para él? Sinceramente, a mí me preocupa. No deberías estar tan relajado, tendrías que estar vigilando tu espalda.

Marneus.— Mi espalda está bien. Lo que a mí me preocupa es que pienses que soy tan estúpido como para no saber con quién estoy tratando. Sé cómo es Fuego tan bien como tú, la diferencia es que llevo varios días compartiendo veinticuatro horas con una mujer de ese elemento y creo poder decir con mayor certeza que tú, si ella en concreto es de fiar o no. Creemos saber cómo son, pero la realidad es que cada individuo tiene sus peculiaridades.

Erie.— ¿Te estás oyendo, Marneus?

Marneus.— Sé de lo que estoy hablando. A pesar de lo que pienses, Acali tiene un lado tierno, incluso un poco infantil. Nunca me haría daño.

Erie.— Te recuerdo que Fuego es capaz de seducir a cualquiera con una sonrisa. ¿Te sonríe muy a menudo?

Marneus.— Eso son mitos. No seas absurdo, Erie.

Erie.— Bueno, yo sólo te pido que seas prudente y tengas cuidado. Puede que el enemigo esté más cerca de lo que piensas.

Marneus.— Lo tendré en cuenta, puedes quedarte tranquilo.

Erie.— Nos mantendremos en contacto.

Marneus.— Bien, pero procura coger el teléfono la próxima vez.

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