La búsqueda

Tras acomodar nuestro equipaje, comer algo rápido en el hotel, armarnos debidamente y abrigarnos otro tanto (esa ciudad parecía estar en un universo paralelo en el que hacía un frío del carajo), nos pusimos rumbo a Bodega Bay. La verdad es que me sorprendía mucho que Marneus hubiera aceptado mi sugerencia sin apenas plantear dudas u otras alternativas. El chico, además de estar tremendamente bueno, era un encanto cuando no estaba gruñendo por el número de camas o por el poco tiempo que me tiraba en la ducha. Y a decir verdad, si dejaba a un lado la paliza que me había propinado la amazona Tierra en el centro comercial, estaba disfrutando mucho del tiempo que estábamos pasando juntos. Cuando me tocara volver a mi hogar, estaba convencida de que me supondría un disgusto. Tendría que estudiar la posibilidad de esconderme en su petate para que me llevara con él, total, ya sabía que el agua no estaba tan mal, así que no sería mucho sacrificio.

Marneus.— Bienvenida a Bodega Bay. ¿Por dónde sugieres empezar?

Acali.— Continúa hacia el norte, dirección Salmon Creek. Tenemos que dejar a la izquierda el parque Doran.

Marneus.— Muy bien. ¿No te parece raro que esté todo tan en orden?

Acali.— ¿A qué te refieres?

Marneus.— Muy fácil. Desde que salimos de Sausalito no ha sido complicado seguir la falla, una falla que antes no estaba aquí, o más bien que apenas se apreciaba, pero ahora… Mírala. Sin embargo, los humanos actúan como si nada hubiera ocurrido. De una ciudad tan grande como San Francisco podría esperarlo, pero esta es una zona rural, y excepto por algunos tramos de asfalto que siguen deteriorados, es como si nunca hubiera ocurrido nada.

Acali.— ¿Ves? Eso es lo malo de estar muy versado en el Edén, que esperas cosas que después resulta que no son. La verdad es que mi idea de San Francisco era similar a Reno así que aunque es cierto que imaginaba que reinaría más el caos, no esperaba nada especial.

Marneus.— ¿No te sorprende que los humanos actúen como si nada?

Acali.— Déjame que disfrute de este momento.

Marneus.— ¿De qué momento?

Acali.— Del momento en el que yo sé algo que tú desconoces. Mmmm… Es tan placentero como un día de sexo.

Marneus.— Acalima…

Acali.— Dame un minuto más, ¡qué gustazo!

Marneus.— ¿Sabes algo que yo no sé?

Acali.— Por lo visto sí.

Marneus.— Entonces empieza a hablar.

Acali.— ¿Te he dicho alguna vez que eres un aguafiestas o lo había pensado sólo para mí?

Marneus.— Ya me lo habías dicho. ¿Me lo cuentas de una vez?

Acali.— Está bien. El terremoto por el cual estamos ahora mismo en California, sucedió hace diez años para nosotros. Para los humanos, eso son cincuenta años, que es tiempo más que suficiente para reconstruir y devolver su rutina a la normalidad. Recuerda que su concepto del tiempo es diferente al nuestro, mientras nuestros años duran sesenta meses, los suyos tan sólo doce. Deberías haberte dado cuenta de este detalle. Si no hubieras estado enganchado tanto tiempo al teléfono, tú también podrías haberle hecho el tercer grado al recepcionista.

Marneus.— Creo que nuestros informes no están tan actualizados como deberían.

Acali.— Quizás cuando seas rey podrías cambiar eso y proponer el cambio de embajadores cada menos tiempo. Así se evitarían estos saltos temporales en la información.

Marneus.— Si no hubiera alguien alterando todo el orden natural del Edén, el margen de tiempo en el cambio no estaría mal.

Acali.— Ya, pero lo hay y la falta de actualizaciones es una mierda. No eres amigo de los cambios, ¿verdad?

Marneus.— En Agua respetamos las tradiciones.

Acali.— Y en Fuego, y en Aire, y en Tierra, pero las tradiciones no siempre son la mejor opción. Vas a tener en tus manos la posibilidad de mejorar las cosas, deberías aprovecharlo.

Marneus.— Prefiero no pensar en ello todavía. Espero que para eso quede mucho tiempo.

Acali.— Te preocupa la muerte de tu padre.

Marneus.— Enormemente.

Acali.— Pues deberías relajarte. Eres muy cabal, seguro que lo harás bien, y si me haces caso y das un pasito evolutivo, mejor todavía.

Marneus.— Llevan preparándome para gobernar desde que aprendí a andar, Acalima. Lo que no quiero es sufrir la devastación emocional que va a conllevar la muerte de mi padre.

Acali.— ¿Devastación emocional?

Marneus.— Tal vez tu desarraigo familiar haga que no lo entiendas. ¿A ti no te dolería que falleciera tu madre?

Acali.— No creo que demasiado.

Marneus.— Eres más sentimental de lo que crees, Acalima. Te subestimas.

Acali.— No lo hago. Es difícil coger cariño a alguien al que apenas ves. No es desarraigo, es sentido común. He compartido más tiempo contigo en seis días que con ella en toda mi vida, y la mayor parte de ese tiempo no lo podría clasificar como agradable.

Marneus.— Supongo que tener el título de madre no tiene por qué hacerla buena.

Acali.— Ninguna lo es en realidad.

Marneus.— Eso es un completo error. Si pudieras venir a Agua te darías cuenta de lo equivocada que estás al afirmar semejante cosa.

Acali.— ¡¿Yo en Agua?! ¡Uy, no, por los dioses! ¿Sabes lo malo que debe de ser tanta humedad para mi pelo?

Marneus rio mientras cogía las puntas de un mechón de mi cabello y comenzaba a enrollarlo alrededor de su dedo índice y lo llevaba hasta su nariz. No era la primera vez que le veía hacer aquello, pero no por eso dejaba de asombrarme.

Me preguntada si en realidad era consciente de lo que hacía o era algo así como una costumbre que traía ya de su hogar. Lo que tenía claro es que cada vez que me dedicaba ese delicado gesto, sentía como si cientos de burbujitas me hicieran cosquillas en el estómago, provocando que aguantara la respiración y me ardieran las manos por no poder devolverle la caricia.

Si todos los hombres Agua eran como Marneus, no me salía otra cosa que envidiar a sus parejas. Y así, casi sin darme cuenta, estaba cogiendo manía a su dichosa Nana.

Marneus.— Tal vez algún día, podrías venir y hacer una visita rápida. Creo que tu cabello sobrevivirá a eso.

Acali.— No sé yo, allí sois muy grandes y no me gustaría salir con complejo de tapón.

Marneus.— No te inquietes por eso, te buscaremos unos zancos.

Acali.— Míralo qué graciosillo.

Unos minutos más tarde, llegamos a la zona en la que sospechaba que podría estar la colonia de Tierra. Recorrimos muy despacio toda su longitud sin apenas pestañear en busca de algún indicio que nos pudiera indicar el sitio correcto, pero no había ni rastro. ¿Cómo se podía ocultar tan bien un grupo de mujeres de dos metros? Era exasperante.

Marneus giró el volante con brusquedad para hacer un cambio de sentido, frenó el coche en seco, golpeó el volante con ambas manos y después se cubrió la cara con ellas por la frustración.

Marneus.— Tienen que estar por aquí, pero ¿dónde?

Acali.— A lo mejor podría bajarme y hacer el camino de vuelta andando hasta Doran. Es más fácil sentir algo de esa manera que yendo en coche y tampoco es demasiada distancia.

Marneus.— No vas a poner un pie fuera de este coche aquí, Acalima. Casi te matan dos veces y no estoy por la labor de que haya una tercera, ¿lo has entendido? Yo lo haré.

Acali.— Aquí entre tú y yo, en petit comité, yo tengo más desarrollado ese sentido que tú, lo más apropiado es que a la que le toque dar el paseo sea a mí.

Marneus.— He dicho que no voy a dejar que te expongas otra vez.

Acali.— No sé si tomarme eso como un halago o como un insulto, pero no me convences. Además, he venido al Edén para esto. Si te vas a poner de morros, luego te permito que me des un masajito en los pies. Después de la caminata seguro que me viene de perlas.

Marneus.— ¿Que me vas a dejar hacer qué?

Acali.— Vamos, no te hagas el remolón, sé que lo estás deseando.

Marneus resopló resignado. Si la idea de darme un masaje en los pies lo empujaba a permitirme hacer mi trabajo, había dado en el blanco.

Marneus.— En cuanto salga por una puerta, tú saldrás por la otra, ¿no?

Acali.— Exacto.

Agarré mis sai por si las moscas, y abrí la puerta para salir dedicando a mi compañero un guiño.

Marneus.— Espera.

Acali.— Nada de lo que me digas hará que cambie de opinión, tempanito.

Marneus.— No es eso. Mira.

Había que agudizar mucho la vista, pero en la lejanía aprecié un coche inmenso de color amarillo que paraba en la cuneta y después se perdía entre la maleza que se encontraba al otro lado de la carretera, al lado opuesto de la falla.

Acali.— ¿Crees que son ellas?

Marneus.— Sí, lo creo. Pondría la mano en el fuego.

Acali.— ¿De verdad? ¿En qué parte exactamente?

Marneus.— ¿Es que sólo puedes pensar en eso?

Acali.— ¿Contigo al lado dices? ¿Es una pregunta trampa?

Marneus me miró con los ojos entornados y después apartó el coche hacia el mismo lado que lo habían hecho las amazonas para ocultarlo tras los árboles. Un par de minutos después, aparecieron dos seres cruzando la carretera en dirección a la falla, se dejaron caer en el interior de la grieta y desaparecieron.

Marneus.— ¡Las tenemos! Te has ahorrado una caminata.

Acali.— Genial, aun así te dejo que me des el masaje si te apetece.

Marneus.— Dejémoslo para otra ocasión.

Acali.— Vas a ser rey, así que tu palabra es ley, recuérdalo.

Marneus.— Cuando anochezca, nos acercaremos un poco más.

Un poco más en realidad fue dejar el coche a cinco metros de un montículo de tierra que por sus dimensiones debía de tratarse del escondite del enorme vehículo amarillo que usaban.

Sin dar aviso alguno, Marneus salió de nuestro coche y caminó medio agazapado hacia el pequeño altozano espada en mano. Aunque era divertido verle excavar con una mano, decidí salir tras él. Quedarme al margen de cualquier cosa nunca me había gustado y mucho menos si era en tan buena compañía. Imitándole, caminé agachada con la vista fija en el punto donde habían desaparecido las hembras Tierra. Lo último que quería era que nos pillaran de nuevo y esta vez, con las manos en la masa.

Marneus.— Acalima, vuelve al coche.

Aproveché que me hablaba en susurros para hacerme la loca e ignorarle, pero cuando se puso a hacer aspavientos acuclillado junto al montículo, no me quedó otro remedio que preguntarle qué quería, por muy evidente que me resultara que señalara directamente hacia nuestro vehículo.

Marneus.— Vete, espera dentro.

Acali.— Será mejor que te calmes o empezarán a caer chuzos de punta.

Marneus.— Para ser de la guardia real eres indisciplinada en demasía.

Acali.— Acostúmbrate. Por lo menos me podrías explicar qué pretendes hacer.

Marneus.— Hay que asegurarse de que aquí debajo está su medio de transporte.

Acali.— ¿Lo vas a desenterrar?

Marneus.— Sólo lo necesario. En el coche guardo algunos localizadores, si lo es, colocaré uno para poder seguir sus movimientos. ¿Ya estás satisfecha?

Acali.— Más o menos.

Marneus.— Pues entonces vuelve a ponerte a cubierto de una puñetera vez. Con uno que esté expuesto es suficiente para hacer esto.

Acali.— Vale, Tsu’tey, ya te dejo tranquilo.

Marneus.— ¿Qué me has llamado?

Acali.— Tsu’tey.

Marneus.— ¿Qué significa eso?

Acali.— Qué, no. Más bien quién. Es el novio celoso de la de Avatar, ¿no te acuerdas?

Marneus.— Yo no soy celoso y tampoco tu novio.

Acali.— Lo sé, pero sí que eres igual de gruñón y tocapelotas.

Le oí refunfuñar algo mientras yo volvía al coche con la vista clavada en la falla. Si el tempanito se creía que me iba a quedar quieta de brazos cruzados esperando pacientemente en el coche a que él hiciera todo el trabajo, es que se había vuelto loco.

Sigilosa y rápida como un gato, crucé la carretera hacia el borde de la grieta y me escondí tras unos matorrales para hacer un examen visual de ese sector.

Algo se nos había tenido que escapar para no haberlo visto cuando habíamos pasado antes. Aparentemente no había nada, pero su irradiación energética llegaba con tanta fuerza como nunca antes la había sentido. Debía de haber docenas muy cerquita de mi ubicación pero no se veía nada de nada.

Me puse a repasar mentalmente lo que había aprendido de Tierra durante mi vida de «estudiante», pero no recordaba (y si no lo recordaba es que no la había) ninguna cualidad que las hiciera invisibles como en el caso de Aire, al contrario, Tierra no destacaba por ser discreta precisamente. Debían de estar utilizando una técnica similar a la que usaban con el coche, la colonia debía de ser subterránea. ¡Qué horror! Con sólo imaginar vivir así, me agobiaba.

Lo que tenía claro es que, si seguía allí agachada, lo único que conseguiría es que me entraran ganas de hacer pis y ninguna información. Tenía que bajar al fondo de la grieta y seguir buscado pistas desde allí. ¡Lo bien que me vendría Calais en este momento!

Sin pararme a pensar cómo lo iba a hacer, salí de mi vegetal escondrijo y salté. Desde allí el paisaje resultaba más amenazador que desde arriba y las paredes mucho más altas, aunque en caso de necesidad, sabía que no me costaría escalarlas. Cosa que casi compruebo antes de tiempo al escuchar el golpe sordo de los pies de Marneus al dejarse caer detrás de mí.

Marneus.— Te pedí que me esperaras en el coche.

Acali.— ¡Joder, Marneus! ¿Quieres matarme de un susto?

Marneus.— Para eso ya te bastas tú solita. Quería ponerte a salvo y cuando me doy la vuelta resulta que te has metido en la boca del lobo.

Acali.— Si te parece, podemos discutirlo luego.

Marneus.— Ya lo creo que lo haremos.

Acali.— Genial, ahora vamos a localizarlas.

Apenas había acabado de decir la frase cuando una gigantesca roca que estaba junto a nosotros se comenzó a mover por arte de magia tal y como creía que se imaginarían los humanos cristianos la sepultura de su mesías. Lo único que nos dio tiempo a hacer fue a agacharnos detrás de unos rastrojos lo suficientemente altos y frondosos como para ocultarnos a la vista.

Del agujero que se formó en la pared, salió una de ellas. Iba ataviada con una vestimenta más propia de humanos que de su raza, pero sin lugar a dudas era una de ellas: dos metros de estatura, piel achocolatada, rasgos caucásicos y unos brillantes ojos verdes; no dejaban lugar para la equivocación. Apenas nos separaban un par de metros. Si se giraba, se paseaba, o bajaba la vista para revisar sus zapatos, estaríamos expuestos, y eso sería catastrófico.

Casi podía ver lo que ocurriría como si fuera la escena de una película: ella nos ve, lanza un grito de guerra, unos segundos después el suelo tiembla y del agujero comienzan a salir cientos de ellas a la vez, cargadas con sus varas como si fueran gigantescas hormigas armadas y sedientas de sangre saliendo de un hormiguero. Era espeluznante y terrorífico a la vez.

De un bolsillo de la chaqueta elegante y funcional que llevaba puesta, sacó una pequeña cajita que no conseguí identificar y de esta, a su vez, un cilindro de papel que se llevó a los labios y encendió tras echar una rápida mirada hacia el interior de la cueva.

Hubiera sido tan sencillo dejarla sin cejas en ese momento, que tuve que hacer un esfuerzo para aguantar las ganas. Con tan sólo concentrarme un poco, la dejaría perfectamente depilada, sin un pelito por el que pudiera reclamar, pero no podía borrar de mi cabeza la secuencia del hormiguero así que me limité a mantenerme quieta y a sonreír, que era más prudente y silencioso.

No tardó demasiado en consumir aquel cilindro maloliente y humeante para volver a meterse dentro y cerrar la gran roca-puerta.

No me explicaba cómo era posible que no nos hubiera detectado. Tal vez el residuo energético del asentamiento era tan intenso que nuestra energía quedaba disipada entre tanta onda, o puede que se sintieran tan protegidas en su guarida que ni siquiera prestaran atención a su entorno, o quizás no tuvieran tan desarrollada la percepción de los efluvios como el resto de los elementos. De cualquier manera, ya habría tiempo para pensarlo, ahora lo más urgente era escapar de aquella trampa mortal.

Con un poco de carrerilla conseguimos salir de allí de un salto. Lo que no esperaba es que, antes de que me diera tiempo a echar a correr hacia el coche, Marneus me cargara sobre su hombro y me diera un fuerte y sonoro azote en el culo. ¡A la mierda el sigilo!

Acali.— ¡Ay!

Marneus.— Baja el tono, Acalima. Todavía conseguirás que nos maten.

Acali.— ¡Si querías manosearme el trasero podrías haberlo hecho con un poco más de cariño!

Marneus.— Lo que me gustaría es… Te ahogaría ahora mismo. Te pedí específicamente que te quedaras en el coche y tú vas corriendo a llamar a la puerta del enemigo, literalmente. ¿Es que no tienes ni una pizca de sentido común, mujer?

Acali.— Creo que lo que deberías hacer es darme las gracias. Las he encontrado, ¿no?

Marneus.— ¿Pero a qué precio? ¿Eres consciente del lío en el que te podrías haber metido? Tienes que pararte a pensar un poco antes de hacer cualquier cosa. Ser tan impulsiva es contraproducente.

Aquella postura era muy incómoda, pero tenía unas vistas inmejorables de su trasero, así que me abstuve de mencionar que en cualquier momento se me escaparía el estómago por la boca. Con semejante paisaje, ¿quién necesitaba el estómago?

Acali.— ¿Cómo me voy a quedar en el coche, melocotoncito? ¿Se puede saber para qué he venido entonces?

Marneus.— Pues parece que nada más que para darme guerra.

Acali.— Ya quisiera yo darte guerra.

En cuatro zancadas más estuvimos frente al coche. Abrió la puerta del copiloto, me dejó sentada en el asiento como si hubiera cargado con algo con el peso de una pluma y no volvió a abrir la boca. Creo que no está de más que mencione que la vuelta a Sausalito fue muy húmeda, no dejó de llover durante todo el trayecto.

La situación cuando llegamos a la magnífica habitación del hotel no había cambiado. A decir verdad, el silencio, la expresión y el tendón de su mandíbula me decían que, si era lista, no intentara hacer nada por remediarlo, pero encender la luz y ver cómo se quitaba la camiseta mojada que llevaba puesta y la arrojaba al lavabo, era demasiada incitación para estar callada durante más tiempo.

Acali.— Si sigue así, a este paso va a ser verdad que te vas a parecer más a los omaticaya que a los de tu raza.

Marneus.— No estoy para bromas ahora mismo, Acalima.

Acali.— No estoy bromeando. Los dibujos han crecido mucho desde que los vi la última vez.

Marneus se hizo una inspección rápida y después cogió una toalla para quitarse la humedad del pelo.

Marneus.— Supongo que es normal.

Acali.— ¿Tú crees? A ver si va a ser malo, Marneus. ¿No podrías hacer que te lo vieran?

Marneus.— ¿Estás preocupada por mí?

Acali.— Pues un poco sí. En pocos días se ha extendido hasta los brazos. Cualquier día de estos te voy a encontrar hecho un charco en el suelo. No quiero quedarme sin compañero.

Muy a su pesar, rio.

Marneus.— No voy a convertirme en agua, tranquila. Por lo menos no de momento, no tengo intención de morir tan pronto. Seré de carne y hueso, como tú, un tiempo más.

Acali.— ¿No existe un ungüento o alguna cataplasma que puedas darte para detener su avance?

Se quedó mirándome con una sonrisa dibujada en los labios y finalmente volvió a reír por lo bajo mientras continuaba secándose la cabeza. Este chico era tonto.

Marneus.— Sí, claro que lo hay, pero aún no ha llegado el momento.

Acali.— ¡Joder con vosotros! ¡Cómo sois! Para todo tenéis el momento. Con tanto esperar, al final te va a llegar hasta la cara. El reloj que usáis está jodidísimo o se ha debido de quedar sin pilas hace mucho. ¿Por qué no me dices lo que necesitas y voy a buscarlo de una puñetera vez, cabezota?

Marneus.— ¿Tanto te molestan unos cuantos tribales? ¿De verdad son tan desagradables?

Acali.— No, son bonitos, pero…

Marneus.— Entonces cálmate. Desaparecerán cuando me una a mi pareja.

Acali.— No, no me calmo. Hay que… Espera, ¿cómo has dicho?

Marneus.— Has oído perfectamente. Son unas señales que nos salen para indicarnos que estamos preparados para… ya sabes.

Acali.— ¿En serio?

Marneus.— Sí, en serio. Ahora comprenderás por qué me urge tanto acabar rápido con esta misión.

Mi cabeza iba a mil por hora. Tenía tantas preguntas que no sabía por dónde empezar. Sin embargo, cerré la boca tan rápido que me castañearon los dientes. Ahora sentía unas ganas locas de golpear a Nana por tenerle así. Marneus me la había descrito como un ser dulce como la miel, pero estaba equivocado. Si esa estúpida había tolerado que llegara a ese punto, más que dulce era cruel. Había que ser muy tonto.

Si yo estuviera en su pellejo, aquellos dibujos azules habrían desaparecido hace mucho tiempo. ¿Quién en su sano juicio no querría estar con semejante varón? A mí me hacía arder en llamas cada vez que sonreía.

Absteniéndome de darle mi opinión, caminé hacía el armario para sacar algo que me sirviera de pijama mientras le escuchaba decir que aquella noche dormiría en el sofá que se encontraba en la habitación.

Comencé a dar vueltas en la cama sin encontrar la postura. Últimamente el insomnio no me dejaba en paz, pero esa vez sabía perfectamente a qué se debía. ¿Cómo podía la naturaleza ser tan cruel de marcar a una especie entera de aquella manera? Sabiendo esto, no me extrañaba que para ellos fuera tan importante el tema de la pareja y sus uniones fueran tan esenciales.

Acali.— Marneus, ¿estás dormido?

Marneus.— No.

Acali.— Hipnos te elude como a mí.

Marneus.— Eso parece.

Acali.— Oye, ¿crees que al final terminarás azul entero de verdad, rostro y todo?

Marneus.— No, ni cara, ni manos, ni pies. Y como sé lo que se te está pasando por la cabeza, te diré que los genitales tampoco.

Acali.— Qué mal pensado. ¿A vuestras mujeres también les salen?

Marneus.— Sí, a todos. Pero no duele, tranquila. A veces hormiguea un poco pero no es molesto.

Acali.— ¿Y qué les pasaría si os acostarais con una mujer que no es la adecuada?

Marneus tardó unos segundos en contestar. Ya estaba pensando que se había quedado dormido y que me había dejado con la palabra en la boca.

Marneus.— No desaparecerían, pero eso nunca ha pasado. Es un paso importante, así que cuando lo damos es porque estamos seguros.

Acali.— Entonces, de hacerlo, nadie se enteraría.

Marneus.— Quítate esa idea de la cabeza, Acali, no va a pasar.

Acali.— Mira que eres bobo. No estoy insinuando nada, es pura curiosidad.

Marneus.— Pues no lo sé. Lo sabría cada uno, que ya es suficiente castigo.

Acali.— A lo mejor se os quedan fijas, como prueba del delito, o a lo mejor cambian de color.

Marneus.— Es una posibilidad, una muy desalmada, pero posibilidad al fin y al cabo. Intenta dormir, Acalima. Puede que en cualquier momento nos toque salir corriendo y hay que estar descansados.

Acali.— Sí, claro.

Claro lo tenía, pero no.

Cien vueltas y una cama completamente revuelta más tarde…

Acali.— Marneus.

Marneus.— Qué.

Acali.— ¿Vienes tú o voy yo y nos apretamos un poco en el sofá? No puedo dormir, me siento un poco sola, al final me va a gustar eso de compartir almohada.

Marneus.— Pelirroja, me vas a volver loco.

Loco o no, lo de compartir cama fue mano de santo. No recuerdo ni un sólo pensamiento más después de que él se metiera debajo de las sábanas.

error: Contenido protegido. Los textos e imágenes tienen derechos de autor.